Francisco Swett
La economía: entre la ética y el activismo
Ser “bueno” no asegura la felicidad y la prosperidad

La filosofía del activismo económico concibe a la banca central y al fisco como talleres de mecánica en donde toda máquina es susceptible de ser reparada: es cuestión de tener la herramienta adecuada, el repuesto requerido y el conocimiento de cómo hacer la reparación. En la economía, las crisis (esto es, el desperfecto de la máquina) se originan en el fisco o en el sistema financiero. Si en el fisco, la causa es el exceso de gasto o, más generalmente, el desequilibrio entre ingresos y gastos; si en el sistema financiero, el origen se lo halla en las burbujas crediticias. En ambas situaciones la autoridad económica normalmente se percata de la situación cuando el daño está hecho y, adoptando la postura activista, pone en práctica el menú de medidas de política de la misma manera que lo hace el mecánico que enfrenta el problema de la máquina que debe reparar.
Pero el activismo económico no es una solución sin efectos colaterales. Para sostener el gasto público se suben los impuestos, con el consecuente efecto recesivo. Se torna entonces necesario estimular el gasto público mediante el endeudamiento interno o externo, lo que conlleva a presiones sobre la demanda agregada y, por lo tanto, sobre la tasa de interés. La subida de las tasas de interés tiene un efecto recesivo; pero en una economía abierta provoca la afluencia de capitales, lo que tiende a inflar los mercados de valores o la cotización de la moneda, afectando la competitividad externa. Todo lo antes descrito incide sobre el empleo, pues cuando las empresas perciben que la demanda de sus bienes y servicios se altera, proceden a revisar su programa de inversiones. Las restricciones a la inversión golpean la generación de valor agregado por la afectación de los sueldos y salarios que golpea la capacidad de consumo, la demanda de los hogares y las ventas de las empresas. Se generan así los ciclos de expansión o recesión.
La percepción ética de la economía presupone que esta “siempre pasa la cuenta”, asimilándose a un sistema moral que, como tal, premia la virtud y castiga los excesos. El ahorro, la frugalidad, el trabajo febril y productivo, la honestidad, la innovación, la autodisciplina y la creatividad están las más de las veces asociados con el éxito económico. Entretanto, la pereza, la vanidad, la avaricia, la ambición desmedida, la extravagancia, la envidia, la mentira, el hurto, la estupidez, y el abuso de los demás producen los desequilibrios, la desigualdad y la descomposición del buen vivir económico.
Todo dinero “falso” –que no nace del trabajo real, de la productividad y del buen uso del tiempo y de los medios de quienes producen riqueza con su trabajo, capital o ingenio– distorsiona la utilización de los recursos. El activismo, en consecuencia, es antiético porque mediante sus artificios y acomodos puede promover un sistema que destierre el mérito y se sustente en una política pública que entronice el mínimo esfuerzo creativo sin superar las causas de los problemas económicos. La creación alegre de dinero, o la distorsión del valor de la moneda siempre favorece a quienes poseen capital, y actúa contra las mayorías, cuyo bienestar disminuye por causa de la inflación (que es un impuesto regresivo), el desempleo y la degeneración social.
Un sistema moral, finalmente, no es lo mismo que una colectividad de ilusos que ponen toda su fe en milagros. Ser “bueno” no asegura la felicidad y la prosperidad, y ser “malo” puede, en muchos casos, redundar en poder y bonanza económica a nivel individual. La apuesta a la buena economía es asimétrica en el plano colectivo; pese a ello, el libertinaje tiene costos y la virtud conlleva, en el tiempo, sus propias recompensas.
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