Hugo Neira

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¿Adónde va Cataluña? Opiniones de un charnego

¿Adónde va Cataluña? Opiniones de un charnego
Hugo Neira
08 de octubre del 2017

No estamos ante un proceso para formar una nueva nación

 

Me puse a examinar el tema de Cataluña. Y puedo decirles que es uno de los lugares más tensos del planeta entero. No tienen los misiles del coreano del norte, sino algo más vasto. Geopolíticamente —es decir, a escala global— es lo más serio que está pasando.

Cataluña, PBI US$ 211 billones. No está mal, pero España entera es US$ 1,381 billones en 2014 (Images Économiques du Monde, 2017). Una de las autonomías más ricas. Pero no exageremos. Haga números lector, aportan más, pero el resto de españoles no es una gavilla de perezosos que viven de Barcelona. Cataluña, 32113 km2. Un poco menos que Cajamarca. Unos 7.4 millones de habitantes. Bastante menos que el departamento de Lima. ¿Qué tiene de importante? El Mediterráneo. Es decir, si los secesionistas se salen con la suya, un nuevo Estado en el riñón de Europa deja de ser un asunto estrictamente español. Es la geopolítica global la que se altera.

El lector se preguntará qué es un charnego. Según el Institut d'Estudis Catalans, el término corresponde a un “inmigrante castellanohablante residente en Cataluña, dicho despectivamente”. ¿Solo al que habla castellano? Seamos sinceros, el insulto para los pobres de toda España que por razones de trabajo habrían inmigrado. El término es más fuerte que «cholo». Un sentido racial y no solo social habita en esa categoría. Entonces, voy a pensar este tema como un charnego. ¡Por solidaridad proletaria!

La cosa ha ido rápidamente. El violento 1° de octubre fue de incidentes tanto de manifestantes que provocaban como de la policía nacional que vino del «extranjero». Perdón, de España. La sorpresa fue que los policías locales, llamados mossos —ni me pregunte el lector, cosas de la lengua catalana que no conozco ni pienso conocer— se pusieron del lado de este inicio de golpe de Estado. El poder legítimo del presidente Rajoy pudo ser tildado de «represor». La sedición catalana había ganado esa batalla. Rajoy igual Franco. El jueves 5 de octubre, «los separatistas catalanes pusieron fecha y hora a la consumación de su desafío» (El País). Fue el gran momento de Puigdemont: «No nos moveremos».

Sin embargo, la crisis catalana había comenzado a barrer los valores en la bolsa mundial, y no solo de españoles sino de catalanes. Y entonces ocurren tres cosas que probablemente han sorprendido. La primera, la enérgica intervención del Rey. Luego, la fuga masiva de empresas catalanas. Y por último, el gran miedo que ha invadido Cataluña.

Lo del Rey. «Estamos viviendo momentos muy graves para nuestra vida democrática». Desde la primera frase, destruye la seudolegalidad que se habían inventado en la Asamblea catalana. Un 45% habían aprobado declarar lo más pronto posible la independencia. ¡No era una mayoría! El Rey, en su discurso, descalifica a las autoridades de Cataluña por quebrar la ley, el Estado de derecho. Y no hay una línea de reproche para Rajoy. ¿Qué quiere decir eso? Aprueba que la España constitucional y democrática pueda acudir a lo que es propio del Estado. «El monopolio legítimo de la violencia» (Max Weber). En fin, la gente de Podemos, que está en la movida catalana, descubren que el hijo de Juan Carlos I tiene carácter. Al menos, eso ha quedado claro.

El segundo cambio en la correlación de fuerzas. Algo que es incalculable para la economía de los catalanes. Grandes bancos, como CaixaBank, Sabadell, han trasladado su sede, en horas, a Alicante. El Gas Natural se ha ido a Madrid. Y centenares de medianas y pequeñas empresas se van, anónimamente. O sea, ¡se están empobreciendo!

El tercero es el miedo de los mismos catalanes. Llovieron cartas de desesperación por toda España. Uno de ellos dice: «estoy paralizado, vuelve lo más oscuro y siniestro de nuestra historia». Lo de Antonio Machado, «españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón».

¿Qué produjo esa ola de temor? La fuerza política que ha tomado Cataluña. Se la llama CUP, Candidatura de Unidad Popular. La forman diversas ultraizquierdas que le están declarando una guerra abierta al «Estado opresor». (Una posverdad, fabricada con ayuda de Assange, el enemigo de todo lo que sea nación.) En realidad, el 90% del tributo catalán se invierte en la misma Cataluña. Han sido ricos porque estaban en España y en la Unión Europea.

Lo que ha creado realmente una inmensa inquietud es que se haya sabido qué es lo que haría el gobierno CUP al día siguiente. Uno, echar a los soldados españoles. (¿Y si los del Estado islámico?) Dos, cerrar fronteras y aduanas. Tres, adiós separación de poderes. «Un modelo que no corresponde a ninguno de los países europeos». Cuatro, legislación delegada, o sea, chau parlamento. Quinto, inmunidad para los «consejeros». ¡Cómo se nota que Pablo Iglesias hizo su educación política con Chávez! No lo quise decir desde la primera línea, porque el lector no iba a creerme. ¡A su plan Puigdemont lo llama «bolivariano»! Entonces, no estamos ante un proceso para formar una nueva nación —eso sí sería justo con los kurdos— sino en un proceso de desnacionalización. Lo explico la próxima semana. Además los grandes escándalos de corrupción en el gobierno de Rajoy, lo cual lo debilita.

Hugo Neira

Hugo Neira
08 de octubre del 2017

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