Carlos Rivera

La soledad del historiador

Un retrato de Eusebio Quiroz Paz Soldán

La soledad del historiador
Carlos Rivera
05 de mayo del 2023


El refugio 

Guardo en mi mente aquella primera vez en la que visité la casa del historiador arequipeño, Eusebio Quiroz Paz Soldán (1940-2023) encontrándome con todos esos anaqueles repletos de libros, revistas, folletos y compendios; depositarios de muchos saberes y desde luego, de inesperadas evocaciones de su aprendizaje registrado en cada pedazo de papel latiendo como queriéndome contar el porqué de su existencia en esa laberíntica biblioteca. 

Un escritorio, una silla amplia y firme para que el historiador repose su cuerpo en ella y escudriñe, con ojo vigilante, su guarida. Otra silla para el circunstancial invitado. Papeles apilados en la mesa: cartas pendientes, recortes de artículos periodísticos, proyectos de prólogos, invitaciones a montón de todas las instituciones que uno pueda imaginar. 

Libros y libros, en las cuatro paredes; cajas y cajas repletas en el piso. Y una ventana rectangular por donde entra la luz, fulminando hasta el último rincón de la habitación. Uno quiere quedarse en ese lugar y no salir nunca de allí. ¿Qué decía Borges de la biblioteca? 

 

Alguien lo visita 

El historiador mira, escucha con cuidado, no interrumpe, deja que la persona se disponga con su consulta. Lo envuelve con su paternal mirada: la bonachona gracia de su nobleza, que se trasluce en su plácida contemplación. Ojos oblicuos y vivaces, párpados caídos, lentes grandes como lupas, rugosidades descansando en los contornos de su cara dibujando las toponimias del tiempo y la experiencia. Acabada la presentación del visitante, el historiador procede respetuosamente a desglosar sus pareceres y uno cree que lo está maltratando por el temperamento de su hablar. Advierte —acomodándose los lentes y reafirmándose en su sitio— que debes hacer tal o cual cosa, revisar alguna pendiente bibliografía, conocer primero algunos conceptos. Y cuando uno piensa y cree sentirse acorralado o vejado, el historiador se disculpa por su tono, excusa sus formas y tal vez las acritudes en las que pudo incurrir. Reafirma sus concepciones citando un sinfín de libros, parte de lo esencial a lo específico, de lo práctico a lo complejo, sabe desarrollar solventemente un esquema investigativo, evoca maestros, autores; Es elocuente y erudito, te guía sin miedos y se ofrece para que lo “fastidies” y tengas un pretexto para visitarlo posteriormente. 

Habla de las tradiciones arequipeñas con una pasión que lo desborda, tiene en su cerebro el registro genealógico minucioso de las principales familias arequipeñas; diserta sobre Francisco Mostajo con ilustrada emoción , enternece su palabra cuando menciona el nombre de Jorge Basadre, el gran maestro a quien tuvo la oportunidad de leerle el discurso que le encomendaron cuando la Universidad Nacional de San Agustín , condecoró al gran historiador de la República, con el grado de Doctor Honoris Causa en su casa de la ciudad de Lima, al lado de hombres como José Luis Bustamante y Rivero, Luis E. Valcárcel entre otros y en presencia de las principales autoridades agustinas. Aquel 12 de junio de 1980 se realizó ese impresionante acontecimiento que un cronista —con mayor oficio que el suscrito— escribirá algún día con más dignidad y elegancia. 

 

El hombre, el padre y el abuelo Ebo

Cuando uno lo visita no puede dejar de oír los diálogos con su adorable esposa, Lucy Pacheco Cárdenas con quien lleva casado 46 años y tienen 4 hijos: Cecilia, Gonzalo, Claudia y Patricia. 

Ella es quien ordena la casa y la vida del historiador, agenda sus compromisos o le recuerda los pendientes. Ofrece los tecitos con alfajorcitos rellenos de ricos manjares para el visitante quien es complacido con la atención de la hermosa familia. Porque en este hogar no solo se respira aroma de libros sino la deliciosa fragancia del amor, ese amor triunfante a pesar de años y adversidades. 

Si uno está sentado en la sala, en amena plática con el Dr. Quiroz, es inevitable no ver cuando llegan los nietos y la ternura con la que los apapacha y los chochea. Les pregunta por sus travesuras, hace una pausa a su exposición que tal vez fuera de mucha importancia para nosotros, pero se queda secuestrado por oírlos, abrazarlos, saber de ellos o recibirlos a su llegada del colegio. 

 

Aquella soledad que nos gusta tanto 

Eusebio Quiroz Paz Soldán no ama la soledad, pero la vive en especial comunión, sortea sus resquemores nostálgicos o recodos virulentos donde el hombre o se deja aplastar por la melancolía o transita con cautela esos solitarios atardeceres, parafraseando al buen Basadre, y los resuelve con impetuosa dignidad. 

A estos años de nobleza y enseñanza moral ha llegado con virtudes y obra excelsa que muestran su laboriosidad, quizás superando sus dolencias propias a un ser humano, las fatigas de la ingratitud, o algunos proyectos inconclusos. Ha llegado a ser apóstol antes que mesías, a ser compañero de ruta de jóvenes, quienes lo han seguido —para aprender de sus libros o refutarlos si es que así lo consideran— con mística y hambre de conocimiento. 

Una vida llevada a su esplendor trae consigo muchas gratitudes, elogios y desde luego algunas tristezas. Uno vuelve a su cubículo, hojea sus libros, aprecia el tiempo, las figuras de las cosas, los aromas del pasado, pervive en esa otoñal costumbre una solitaria paz que lo exhorta a esperar con felicidad los designios del destino y la eternidad. Así empieza la poesía del hombre. 


*Publicado en el libro Eusebio Quiroz Paz Soldán: entre Arequipa y la historia (2da. La Ciudad, 2019. Carlos Rivera, Editor y compilador).

Carlos Rivera
05 de mayo del 2023

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