Hugo Neira

Hugo Neira

¿El virrey? No todo eran fiestas

¿El virrey? No todo eran fiestas
Hugo Neira
21 de agosto del 2017

A diferencia de los presidentes, el virrey tenía límites

Una leyenda dorada, que resulta negra, flota cual halo de disipación sobre los virreyes. En gran parte tiene la culpa Ricardo Palma. Quiso hacernos sonreír sobre el pasado vergonzante, y nos contó chismes de virreyes mujeriegos que se trepaban a los balcones para llegar a los aposentos de damas ligeras de cascos. Sin duda eso ocurrió. Pero no tanto como el machismo contemporáneo lo desea. Palma era un liberal de esos tiempos o sea, un rojo. Necesitaba desacreditar el pasado. Por algo lo deporta Castilla a Chile.

Los criollos del XIX, que servían inevitablemente a los turbulentos caudillos, no son los únicos en ese ensayo de desmemorización. Los franceses hicieron añicos el Ancien Régime. Pero desde Tocqueville se sabe que los republicanos heredaron una administración real que había enseñado a soportar censos, impuestos, respetar leyes y tener funcionarios. Cuando Bolívar en Lima pregunta cuántas personas sabían administración y hacienda, le dijeron que cuatro. Uno de ellos era Unanue, que trabajó para los últimos virreyes. Cuando Bonaparte preguntó lo mismo, le trajeron una lista de 900 «pares del reino». No necesito explicar por qué Francia pudo montar un Estado moderno y nosotros no.

¿A qué viene todo esto? PPK acaba de decir «el presidente es una mezcla de gerente, administrador y virrey» (Caretas n°2500, 10.08.17). Y añade: «el virrey asiste a los desfiles, ceremonias y misas». Flota la idea de que era una suerte de gobernante frívolo. Por mi parte, me he ocupado del «hombre festivo» (en Hacia la tercera mitad, 1996). Pero trataba del criollo y su conducta y mentalidad, y no de los peninsulares. Es cierto que hubo procesiones, fiestas y saraos, pero la leyenda dorada nos distrae y oculta la poderosa estructura de poder que duró tres siglos. Con todos mis respetos, señor presidente, el virrey chambeaba.

Capitán general, presidente de la Real Audiencia, gobernador general de la Flota o Armada. Un virrey era alguien muy ocupado. En Perú, como en Nueva España (México) sus atribuciones eran variadas y extensas. Eran militares y judiciales. Los Austria hispánicos enviaban como alto funcionario a un noble, o sea, un hombre de armas. En cuanto a lo jurídico, la Audiencia era el poder legal integrado al sistema, no separado. Terreno de abogados, pleitos y fallos dictados contra corregidores y autoridades civiles, pero por su potestad, intervenía el Virrey. Esa fusión de poder y leyes (hoy, abominable) se llamaba Consejo Consultivo.

Lo que acabo de describir son funciones seculares. Además tenía las religiosas. La Iglesia era poderosa, pero el virrey también. Había una silla permanente para tan alto funcionario en cada oficio eclesiástico. «Cuando llegaba, cuatro o seis prebendados salían a la puerta a recibirlo» (Eugenio Alarco). El Virrey pasaba de unas funciones a otras, movilizándose en su calesa con seis mulas, con cocheros y el palio, y con oidores de la Real Audiencia en la proa.

¿Y qué eran los oidores? Además de recibir apelaciones en la Audiencia —el poder judicial— debían averiguar cómo estaban las cosas a lo largo del territorio virreinal. Cada oidor tenía un lugar determinado. En términos de nuestros días, eran inspectores de funcionarios locales. Los mercaderes les temían. También las instituciones, cada una tenía su oidor (la Flota, la Real Hacienda). Prácticamente, la organización político-administrativa. La acusación de un oidor deshacía el honor del más alto caballero. Y el virrey los escuchaba. En los inicios coloniales, eran solo españoles peninsulares. Al final, la mayoría eran criollos. O sea, es un cuento que no tenían poder. ¿Y ahora? Como siempre cerca del trono, solo que se dicen de izquierda.

El virrey escribía sus Memorias. ¿A propósito, dónde están las de Manuel Prado, Odría? ¿Lo ven a Toledo redactando las suyas en Punta Sal?

El virrey, a diferencia de los presidentes, tenía límites. Además de la prohibición de casarse en la jurisdicción, o hacer negocios, estaba la obligación del Juicio de Residencia. La consideró Víctor Andrés Belaunde, en 1910, en célebre ensayo. El virrey tenía que esperar un año antes de partir. Se acondicionaba un local en la Plaza de Armas, a la que accedía cualquiera para presentar sus quejas. Seis virreyes pasaron los mares cargados de cadenas.

Pero lo peor es que era más autónomo que nuestros presidentes. Si le llegaba una ley (una cédula real) un tanto indigesta, bastaba ponerla en la cabeza y pronunciar «se acata pero no se cumple». Imaginen que un presidente de este siglo se ponga sobre la cabeza las reglas del Consenso de Washington y acto seguido posterga, por ejemplo, el pago de la deuda externa. Le caería encima el Fondo Monetario. ¿«Somos libres, seámoslo siempre»?

El lector se preguntará por qué se oculta la información de ese aparato de poder virreinal. Ocurre que no nos conviene comparar nuestras instituciones con las de ese pasado, porque saldríamos perdiendo. Llegaron a pactos con los sometidos, en una escala jerárquica que por supuesto repudiamos, pero que vertical y eficazmente incluía oidor limeño, corregidor, curaca local y a los indígenas mismos. Con los virreyes hubo indios de nobleza, cuyos títulos desaparecen en la República. No solo les quitaron tierras, sino también rango social. Después del virrey vinieron casonas y caudillos, luego plutocracias, oligarquías, autocracias y últimamente cleptocracias.

Hugo Neira

Hugo Neira
21 de agosto del 2017

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