Pedro Corzo
Más de 24,000 días de tiranía
La dictadura cubana ya lleva 67 años en el poder
Disculpen lo personal de esta columna, pero mi país, la patria de Jose Martí, acaba de cumplir 67 años bajo un sistema de oprobio que solo ha traído desgracias y pesares para los cubanos. Y también para pueblos como los de Venezuela, Nicaragua y Bolivia que, igualmente, han sido sometidos por el odio y la envidia, encubiertos en un discurso de justicia y pan. Y sin olvidar que otros muchos como Colombia, Uruguay y Argentina padecieron la subversión castrista en su máxima crueldad.
El castrismo ha sido particularmente nefasto para los cubanos, pero diversas partes del mundo padecen sus infames marcas. Varios países africanos sufrieron la ocupación militar castristas y todos los estados latinoamericanos en alguna medida, han resistido el terrorismo y narcotráfico, inspirados en la quimera del totalitarismo insular.
A pesar de esa amarga verdad me siento muy orgulloso de haber nacido en Cuba, y haber combatido al sistema castrista prácticamente desde que tomaron el poder, sin embargo, no puedo dejar de sentirme avergonzado que la tiranía haya sometido al pueblo cubano por tanto años a pesar de los fusilados, muertos en combates, desaparecidos y encarcelados.
Mas de seis décadas despues de inaugurarse la tiranía, sigo convencido, opuesto a lo que piensan algunos compatriotas, que nosotros mismos construimos el sepulcro en el que nos encontramos, cierto que muchos han combatido el oprobio, pero tampoco han faltado cómplices de la ignominia que por míseras ventajas siguen actuando como victimarios y abusadores de profesión, sujetos miserables que se prestan a servir de verdugos en las cárceles o de jueces en los espurios tribunales de la dictadura.
El pesar de hoy no es nuevo, se remonta al aciago 1959, cuando un número importante de cubanos pecaron de ingenuos al creer todas las promesas de un pandillero universitario, con más de un asesinato a su haber y asociado a más de un gánster, que, como colofón, nunca había trabajado en su vida. Un vago consuetudinario que después tuvo el descaro de dictar una Ley contra la Vagancia en la República que destruyó.
El país se escindió. El odio hizo presa de mucha gente. El sectarismo y la discriminación crecieron, la perversidad y la delación fueron cosechas abundantes. El amor familiar cedió en muchos hogares sus prerrogativas y fue sustituido por un rencor desconocido.
Un amplio sector de la población fue encantado por un discurso repetitivo que les hacía creer que solo ellos tomaban las decisiones, que Castro, a quien llamaban Fidel, era un amigo incapaz de cometer una maldad.
Mientras, otro grupo, menos numeroso, pero más sagaz, con conocimientos y valores morales, aceptaron responsabilidades a las que renunciaron poco tiempo después cuando apreciaron que no había buenas intenciones en aquel camino al infierno, sin que faltaran terceros, faltos de escrúpulos morales, intoxicado de ambiciones y con pleno conocimiento de la realidad nacional que aceptaron las nuevas reglas dispuesta por la cofradía del Moncada.
Fidel y Raúl Castro tomaron el poder basado en mentiras y manipulación. Ellos prometieron pan y libertad, justicia y soberanía popular, hasta hicieron que sus huestes se encubrieran como creyentes, para apagar el escándalo de los paredones y así, difundir la creencia que las pasadas iniquidades podían ser compensadas con nuevas injusticias.
La opresión padecida por los cubanos no tiene paralelos en este hemisferio. Las seis décadas y siete años de la autocracia castrista estuvo sostenida 49 años en el decano de los dictadores del mundo, Fidel Castro, que simultáneo su poder con la instauración de una casta familiar que controla la vida y hacienda de todos los isleños, hoy, manejada por Raúl Castro y Miguel Diaz-Canel, un sujeto increíblemente más inepto e incapaz que los funestos hermanos.
Siempre habrá que decirlo, nunca han faltado cubanos en el combate a la tiranía, ciudadanos dispuestos a dar su vida por recobrar la libertad aun sin haberla disfrutado nunca, como les sucede a esos centenares de jóvenes encarcelados por reclamar sus derechos y que nacieron décadas después que la familia Castro tomó el poder.
Mi generación está convencida que el totalitarismo llega a su final, tenemos una gran confianza en quienes nunca han dejado de luchar por la libertad y los derechos ciudadanos, sin embargo, muchos no estamos seguros de que podremos ver la belleza de las playas del destierro al decirles ¡adiós!
















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