Alicia Barco

Cuando el machismo tiene rostro de madre

El machismo de una madre es síntoma de un problema sistémico

Cuando el machismo tiene rostro de madre
Alicia Barco
06 de enero del 2026

 

El machismo suele imaginarse como una figura masculina impositiva, pero existe una versión mucho más insidiosa y devastadora: el machismo materno. Es esa fuerza invisible que, dentro del hogar, opera para que el hijo varón sea el eterno privilegiado y la hija mujer la eterna postergada. En la mesa de la cocina y en las salas de los clubes más exclusivos, es la madre quien, a menudo, actúa como la guardiana más feroz de una estructura que sacrifica a sus hijas en el altar de la ambición de sus hijos.

¿De dónde viene esta lealtad ciega que lleva a una madre a traicionar su propio instinto maternal? Viene de una educación donde el hijo varón es el "trofeo" y el "seguro de vida". Para la madre machista, el éxito del hijo —aunque se construya sobre el fraude— es su propio éxito. En esa lógica distorsionada, la hija que exige su derecho no es una mujer buscando justicia, sino una amenaza para la estabilidad de un sistema que ella ha jurado proteger. 

En la arquitectura de las familias machistas, existe una ley no escrita que es más implacable que cualquier código civil: la palabra de la hija no tiene legitimidad. En este sistema, la voz de la mujer nace despojada de autoridad, mientras que el discurso del hijo varón —el "heredero", el profesional, el estratega— es aceptado como una verdad absoluta, incluso cuando esa verdad está construida sobre el fraude.

Surge entonces la figura de la madre machista, quien actúa como el filtro que anula la voz de su propia hija. Para esta madre, los reclamos de la mujer de la casa son "emocionales", "exagerados" o producto de la "ambición", mientras que las maniobras del hijo son "decisiones técnicas" que no se cuestionan.

Esta falta de legitimidad es la herramienta más eficaz para el despojo. La estructura familiar se cierra para proteger al varón, utilizando el silencio o el descrédito como armas de coacción. El hijo se refugia en su prestigio social y en sus membresías en clubes exclusivos, sabiendo que, en el tribunal de su casa, su madre ya ha dictado sentencia: la hija no tiene razón porque, simplemente, es la hija.

Es una forma de violencia psicológica que busca la rendición por agotamiento. Se espera que la mujer acepte las migajas o el olvido con gratitud, mientras el varón administra el patrimonio y el apellido con la venia de una madre que ha decidido que solo su hijo es digno de confianza y poder. En estos círculos, la honorabilidad se mide por las apariencias externas, pero se ignora que la mayor deshonra es la anulación sistemática de la propia sangre por una cuestión de género.

Sin embargo, la legitimidad no es algo que la familia otorga; es algo que se toma. Romper el ciclo significa entender que la voz que ha sido ignorada en la sala de la casa tiene todo el peso de la ley en los tribunales de justicia y en los comités de ética, si es que se ha cometido faltas legales. El machismo materno intenta convencernos de que nuestro silencio es el precio de la paz familiar. Pero hoy sabemos que una paz que requiere la anulación de nuestra voz no es paz, es complicidad con el abuso. Al final, la verdad no depende de quién la dice, sino de su propia contundencia; y la voz de una mujer que decide defender su dignidad termina siendo más fuerte que todo el sistema que intentó silenciarla.

Este machismo materno utiliza el “gaslighting” como herramienta principal. Es una forma de violencia económica y psicológica que busca la muerte civil de la hija dentro de su propio clan, obligándola a elegir entre su dignidad o la pertenencia a una familia basada en la mentira.

Pero hoy, las reglas han cambiado. Entender que el machismo de una madre no es falta de amor, sino el síntoma de un sistema podrido, es el primer paso hacia la liberación. La lealtad familiar no puede ser un cheque en blanco para el abuso, ni el apellido un escudo para el fraude procesal. 

Romper con este linaje de injusticia es el acto más profundo de soberanía que una mujer puede ejercer. No se trata solo de metros cuadrados o cuentas bancarias; se trata de negarse a ser el daño colateral de una preferencia de género obsoleta. Al final, la verdadera honorabilidad no se hereda ni se compra con una membresía; se construye teniendo el valor de decir "basta", incluso cuando el enemigo duerme en la habitación de al lado y quien le abre la puerta es quien te dio la vida.

Alicia Barco
06 de enero del 2026

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