Julios Puescas
Nueva Derecha Peruana: por una política del espíritu nacional
Nuestro país es el crisol del que emergió un pueblo singular
¿Por qué decimos que somos de la "Nueva Derecha"? Porque el nombre cumple una función práctica: permite que el ciudadano ubique rápidamente nuestras ideas en el mapa político. Pero lo nuevo aquí no es cosmético, es sustancial. Somos una reconceptualización de la derecha peruana, la cual históricamente —salvo excepciones de nombres propios—, se dedicó a ser servil, al igual que la izquierda, a los enemigos de la nación: aquellas élites que convirtieron el poder político en instrumento de privilegio, y se plegaron a un orden y premisas importadas no por convicción patriótica y humana, sino por conveniencia. Frente a esa tradición de servidumbre, proponemos una derecha que no sirva al capital transnacional ni a la casta, sino al peruano.
Esto es así puesto que tampoco somos herederos de un racionalismo ilustrado que pretende diseñar la sociedad desde un escritorio, tal como lo haría un “demócrata” de Washington o Bruselas. Lo que defendemos es algo más profundo: la convicción de que cada nación posee un espíritu propio, un carácter forjado por su historia, su tierra y su gente, irreductible a modelos importados y capaz de revelar, desde su propia experiencia, los fundamentos de una doctrina política auténtica; la cual atesora los únicos insumos que permiten que un país pueda desarrollar su máximo potencial. En el caso del Perú, ese espíritu está vivo en la sangre mestiza que corre por las venas de todos los peruanos, en nuestra memoria provinciana y en el esfuerzo cotidiano de millones que hacen patria sin que nadie les pida permiso. De esta forma, nuestra tarea es darle forma política a eso que ya existe.
Así pues, en el centro de esta doctrina colocamos al peruano como subjectum: no como abstracción filosófica, sino como persona concreta cuya dignidad es el valor supremo del ordenamiento político; es decir, la nueva derecha tiene al peruano como el centro y el fin de su propuesta. De ahí nace lo que llamamos un humanismo situacional: no un humanismo de laboratorio europeo, sino uno arraigado en la realidad peruana, que reconoce al compatriota como hermano antes que como competidor. Es por esto también que no somos de izquierda, pues ahí donde esta propone la lucha de clases como motor de la historia, nosotros postulamos la Ley de la Hermandad: solidaridad indistinta entre peruanos, subsidiariedad hacia el más necesitado, y una conciencia social que no es marxista ni oligarca, sino reformista, orientada a que cada peruano pueda desarrollar plenamente sus capacidades dentro de un orden justo y equitativo; y que reconoce las desigualdades para superarlas, no para eternizarlas ni para instrumentalizarlas.
En este sentido, reiteramos que nuestra inspiración no viene de afuera, viene de adentro: el Tahuantinsuyo, con su sistema de reciprocidad y redistribución, demostró que es posible organizar una sociedad extensa sobre principios de cooperación y deber cívico, donde cada familia aportaba al conjunto y el conjunto le devolvía lo necesario para su sustento. Posteriormente, en la época colonial, lejos de la leyenda negra simplificadora, se produjo un equilibrio complejo entre clases sociales y entre lo hispano y lo indígena, lo cual dio origen a nuestra verdadera identidad cultural: lo mestizo. Estas dos experiencias históricas, previas a la imposición del modelo racionalista y “libertador” conocido como República, no son nostalgia: son las raíces desde donde buscaremos construir nuestra propia forma de gobierno, adaptada a las necesidades del hoy.
Por esto es que rechazamos la lectura que reduce nuestra historia a una sucesión de opresiones; la asumimos, en cambio, como el crisol del que emergió un pueblo singular. Un pueblo que, a su vez, está en el deber de cuestionar el dogma democrático liberal que hoy se presenta como único horizonte posible. Y es que si bien no negamos la democracia en su totalidad —por ciertos postulados necesarios para nuestros tiempos—; sí sostenemos que la queremos más auténtica, dado que la que tenemos en el presente no responde a la evolución orgánica de la nación peruana. En este sentido, concluimos que la democracia peruana y sus instituciones necesitan reinterpretarse a la luz de lo que históricamente trajo luces a este país.
De no hacerlo, continuaremos asentados sobre las bases estructurales de un modelo de Estado y gobierno que se arrodilla ante élites globales que, silenciosamente, manipulan a la sociedad moderna al punto de reducir al ser humano a objeto de consumo: una lógica donde todo se compra y todo se descarta, y donde el valor de lo humano radica en la capacidad adquisitiva que individualmente poseen. Frente a esa degradación, afirmamos con claridad que defendemos la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la familia como núcleo fundamental de la sociedad y una economía orientada al desarrollo nacional antes que a la especulación global y el interés de religiones seculares cargadas de un profundo antihumanismo, que, desde cúpulas de poder, buscan subordinar a las distintas naciones del mundo.
Esta es, en definitiva, la única posición que puede representar al peruano y lo peruano y que puede hacer frente a la crisis tripartita que aqueja nuestro país —soberanía, cohesión social y de sentido—, pues no somos un partido de cúpulas ni de caudillos, sino un movimiento que nace del Perú real: del peruano de clase media que sostiene el país con su trabajo, la del provinciano que migró a la ciudad para construir un futuro con esfuerzo propio, la del emprendedor que levanta su negocio sin privilegios, y la del joven que exige que el Perú esté a la altura de su talento y de su sacrificio. Esa es la Nueva Derecha Peruana: no una copia, sino una creación. No un eslogan, sino una convicción. Porque el Perú posee todo lo necesario para ser una nación grande: una historia profunda, una cultura viva, una geografía privilegiada y un pueblo que ha demostrado, una y otra vez, su capacidad de salir adelante incluso en las circunstancias más adversas. Sólo necesita una política y políticos que estén a la altura de su espíritu.
















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