Javier Agreda
Morir en la arena: crónica de una derrota
Reseña crítica de la más reciente novela de Leonardo Padura
Leonardo Padura (La Habana, 1955) es, desde hace décadas, el narrador más importante de la literatura cubana contemporánea. Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2015, conocido internacionalmente por su serie de novelas protagonizadas por el detective Mario Conde, Padura ha construido una obra que es también un amplio y sostenido retrato de la sociedad cubana, desde el punto de vista de su propia generación. Morir en la arena (Tusquets, 2026), su decimoquinta novela, es tal vez la más personal y descarnada de todas. El título lo anuncia: es la historia de quienes nacieron poco antes del triunfo de la revolución, crecieron con sus promesas, vivieron sus fracasos y llegan a la vejez como el nadador que agota sus fuerzas sin alcanzar la orilla, y muere en la arena.
La novela se inicia con la noticia de que Eugenio (Geni) Bermúdez, quien asesinó brutalmente a su propio padre treinta años atrás, sale de prisión porque tiene una enfermedad terminal, y anuncia que quiere regresar a la casa familiar. La noticia sacude la vida de Rodolfo, su hermano, y de Nora, quien fue esposa de Geni y el gran amor frustrado de Rodolfo. La historia transcurre en un barrio periférico de La Habana, en una vivienda que se cae a pedazos, como casi todo en el país, y su motor no son tanto las peripecias externas como los recuerdos que los personajes cargan: las familias rotas, las decisiones que no pudieron tomarse, las esperanzas que fueron muriendo una por una.
Rodolfo y Nora son el eje humano de la novela, y Padura los construye con verdadera empatía y sin concesiones. Él se acaba de jubilar con una pensión de menos de diez dólares mensuales, tras treinta y cinco años de trabajo, y carga además con el trauma de la Guerra de Angola, de la que regresó al borde de la locura. Ella fue expulsada de la universidad en su juventud por atreverse a criticar una propuesta oficial, y desde entonces vivió empujada a los márgenes, llegando incluso a intentar abandonar la isla en el éxodo del Mariel. Sus trayectorias frente a la revolución han sido distintas, pero ambos arriban a la vejez en las mismas condiciones de pobreza y abandono. Solo sus hijas, Aitana y Violeta, emigradas a España y a Estados Unidos, logran escapar de ese destino.
Partiendo siempre de las historias individuales, la novela reconstruye medio siglo de historia cubana: la guerra de Angola, el juicio y fusilamiento del general Ochoa, las grandes expectativas de los años setenta, el éxodo del Mariel. Estos episodios no funcionan como telón de fondo sino como fuerzas que moldean y, con frecuencia, destruyen vidas concretas. No obstante, el mayor énfasis recae sobre la crisis más reciente: los apagones cada vez más prolongados, la escasez de alimentos y medicinas, la pobreza generalizada y, sobre todo, el agotamiento de la fe y la imposibilidad de imaginar un futuro distinto.
La escritura es sobria y precisa, sin concesiones retóricas. Padura construye el relato con dos voces narrativas: un narrador omnisciente que registra con detalle los pensamientos, recuerdos y silencios de los personajes; y el novelista Raymundo Fumero, amigo entrañable de Geni, que funciona como testigo y conciencia moral de la historia. La estructura no sigue una cronología rígida: el presente de la espera se interrumpe constantemente con memorias que regresan en capas, acumulando densidad emocional. El espacio urbano aparece descrito con gran precisión: el calor, las casas en ruinas, los olores persistentes. Esta novela se aleja de la arquitectura policial que caracteriza la serie de Mario Conde y se aproxima al aliento histórico y reflexivo de El hombre que amaba a los perros (2009), aunque con una mirada más íntima y más dolorosa.
Lo que convierte a Morir en la arena en una obra singular no es solo el retrato de la precariedad material, sino la hondura con que examina la crisis cubana. Padura no escribe una denuncia directa ni un alegato político; la crítica emerge de la experiencia concreta: de cada humillación asumida como inevitable, del silencio cómplice para no perder lo poco que se tiene, de la destrucción espiritual de quienes obedecieron toda una vida y llegaron al final con las manos vacías. Es un ejercicio de honestidad moral al que muy pocos escritores cubanos se han atrevido.
Al final, Rodolfo y Nora logran algo parecido al perdón, y el amor y la amistad reaparecen como los únicos refugios posibles en medio del naufragio general. Pero Padura es demasiado honesto para ofrecer una redención plena: la luz que queda es pequeña y frágil, apenas suficiente para no morir del todo en la arena. Morir en la arena es, probablemente, el libro más valiente de su autor, y una de las lecturas más necesarias en nuestro tan polarizado contexto político actual.
















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