Antonio Pereira

De migraciones, que nadie nos dé lecciones

Hay que juzgar la inmigración real, con lo bueno y lo malo que trae

De migraciones, que nadie nos dé lecciones
Antonio Pereira
23 de julio del 2026

 

Escribo desde Galicia, de donde ya en la Edad Media salieron millones de personas a repoblar el territorio que se iba ganando a los moros. En los siglos XIX y XX salieron muchos millones a América. Después, a Francia, Suiza y Alemania. Y el flujo continúa. Por tanto, al discutir la actual inmigración, aquí, sabemos de lo que hablamos. 

Migraciones, siempre ha habido, pero las actuales han roto toda proporción. Ya no se va sólo a países muy ricos; hoy en Lima hay muchos venezolanos; también en Chile.

En algún momento, fue como si algún poder mundial diera una nueva consigna: «¡Emigrad cuanto queráis y a donde queráis!». Un derecho ilimitado, con razones o sin ellas, a ir a donde uno quiera, arrojando la correspondiente obligación de acogida sobre el receptor. 

Como dije, sabemos mucho sobre la emigración en este país. ¿La realidad? En conjunto (estos juicios tienen que ser de conjunto), una desgracia; una sangría; un desgarramiento que producía viudas de vivos; nada para fomentar sino para combatir en la raíz, para que no haga falta emigrar; una desgracia para los países que pierden sus jóvenes, una fuente de rupturas familiares, un generador de desarraigados y —a estas alturas, inútil negarlo— también de inseguridad ciudadana, salvo que los inmigrantes se integren. Pero, ojo, porque si se integran, pierden sus raíces. 

También hizo salir a muchos de la miseria, pero en cuanto el emigrar se convirtió en actitud general, emigraba gente incluso instruida (dos tías mías maestras, por ejemplo). Tenemos experiencia de sobra: en casi todas las familias hubo emigración: mi padre y cuatro hermanos; yo mismo; un tío político, un vecino, otra vecina, uno nada pobre pero mal estudiante, otros muy pobres, incapaces de dar de comer a su familias, otro, un aventurero... Y como aquí sabemos de lo que hablamos, que no nos impongan dogmas los teóricos de la UE o la ONU. Principio de subsidiariedad (hacer uno ciertas cosas por sí mismo, aunque las haga mal, como decía Chesterton).

Emigrábamos mucho, y sin tener, como ahora, el status jurídico-fáctico de «víctimas con derecho a todo». Los segadores gallegos que iban a Castilla eran maltratados. Cerca de Madrid aún existe Matagallegos, una zona que casi suena a plantación de algodón sureña. Cuando comenzó la emigración a Alemania, en los 60, algunos iban a trabajar durante 3 o 5 años. A algunos, al llegar, los desinfectaban. Vivían casi con más austeridad que lo que dejaban atrás. Trabajaban bien, ganaban dinero, rarísimamente causaban problemas y, al terminar el tiempo previsto, regresaban. Nadie planteaba la posibilidad de quedarse contra la voluntad de Alemania: tener que volver por haber cumplido lo pactado, no era ninguna injusticia. 

En la actual locura global, en la que todas las causas, incluso buenas, acaban politizadas, desquiciadas y desproporcionadas, existe una combinación letal que se da en Galicia y en muchos sitios: baja natalidad, emigración e inmigración (ya el 7% de la población es inmigrante). No hay niños. Nuestros pocos jóvenes se marchan a miles cada año; ahora es casi en un principio moral para ellos. El centralismo fáctico hace que casi no haya oportunidades más que en Madrid, que crece a razón de unos 100,000 habitantes al año. 

El otro día, en una antigua aldea, antes marinera y ahora pretendidamente turística porque la UE ha puesto la pesca bajo mínimos, más de la mitad de la gente en las calles era de fuera. Los del lugar, empobrecidos, subvencionados y envejecidos. Actividad económica, mínima, excepto en la temporada turística. En una calle, tocaban unos gaiteiros de unos 60 años de edad. Los autóctonos, menos de 2,000, casi todos ancianos sin sus hijos y con pensiones modestas, sentados en la plaza o paseando. Los inmigrantes, con o sin trabajo, eran predominantemente jóvenes; con cobertura económica y sanitaria. Una chica joven, indocumentada, daba por sentada su regularización. “¿Tenías trabajo en tu país?”. “Sí, estudié XYZ, pero prefiero quedarme aquí”. Lo único gallego que quedará en ese pueblo dentro de 25 años será el nombre, pero un nombre vacío, porque los inmigrantes también se irán a Madrid. 

En otra aldea, ésta del interior, la plaza pública estaba llena de “menas” (menores extranjeros no acompañados). Como es lógico, son jóvenes y ruidosos. Una anciana dijo que ya casi nunca sale de casa. 

«Mirar con los ojos de las víctimas», desde luego, pero ¿quién es más víctima, los inmigrantes o los cuatro ancianos del lugar? En estos ejemplos, tan reales, ¿a quién tienen las autoridades mayor obligación de proteger? ¿Quién está más cerca de la extinción? ¿No existe la obligación de proteger la supervivencia de nuestra sociedad, nuestra forma de vida, nuestra seguridad y hasta nuestra gastronomía? 

Todo lo descontrolado es malo; nada en exceso, decían los griegos. Hay mucho más derecho a vivir en mi país que a disfrutar las prestaciones sociales de otro. A las prestaciones de otro, salvo previo contrato, nadie tiene derecho. Una vez cruzado cierto ecuador, en este caso hace ya mucho, la inmigración afectará, directa o indirectamente, a la gente, la sociedad, la cultura, la cohesión social. No puede ser de otra manera; tenemos experiencias cercanas bien visibles.

En los años sesenta y setenta en España se fomentaba (no sé si lo suficiente) la formación profesional para reducir la emigración. ¡Qué abismo mental respecto a hoy! Aquello —ayudar a no emigrar—, era lo correcto; esto es insensatez, y no exenta de injusticia. Ciertamente, los defensores de la inmigración irrestricta tienen las mejores intenciones, pero no parecen parar mientes en el daño a los países que pierden su mejor gente. Sólo el Cardenal Sarah, guineano, insiste en eso. 

¿Quién convirtió la migración global en un dogma? No lo había sido nunca hasta hace bien poco. Cuando se concedió la nacionalidad española a los sefardíes, en 2015, se tomaban precauciones para que no viniera una avalancha de, pongamos, 100.000 judíos; lo que hoy nos daría risa. Después de 1945, el Plan Marshall dijo a los europeos: «Reconstruid vuestros países». No dijo «Venid todos a USA, que hay mucho territorio». ¿Quién hizo creer al planeta entero que no hay otra opción que las migraciones incontroladas, que son tan naturales como la lluvia, y que es incluso inmoral sostener lo contrario? ¿Quién convirtió un hecho lamentable en un derecho que se debe promover? Alguien tiene que haber en el mundo capaz de estandarizar la opinión pública, como sucedió con la COVID-19.

Como dijimos, dan lástima los países que sufren semejante sangría, pero poco se oye contra eso en un mundo globalizado y de fronteras abiertas. Los países pobres entregan sus mejores personas a la insaciable devoradora migratoria, consentida, o tal vez promovida, por los poderes mundiales. Peter Sutherland dijo a la UE que pusiera fin a la  (supuesta) homogeneidad demográfica interna de los estados europeos (ver pregunta parlamentaria del eurodiputado Auke Zijlstra en Internet, 5-9-2012). Y es improbable que Sutherland estuviera solo.

 

Para concluir:

La inmigración no es un axioma ni un dogma; es un problema sociopolítico que requiere soluciones prudenciales.

La gran batalla no es la inmigración; es hacer innecesaria (en lo posible) la emigración.

Yo no tengo un auténtico derecho, exigible, a emigrar a donde desee. Todos tenemos derecho a no emigrar.

Es particularmente criticable la inmigración fomentada sólo por razones económicas: necesitamos X millones de inmigrantes para tal año, como si fueran tornillos. Esto se oye en España con frecuencia pero es contrario a la dignidad humana de los inmigrantes.

Todos debemos ayudarnos, pero la inmigración debería ser la última solución. Compete a cada estado decidir cómo lo hace.

Todos debemos ayudarnos, pero nadie está obligado a acoger a todos los desafortunados del mundo (“ad impossibilia nemo tenetur”, decimos los juristas). Ahora bien, a aquellos a los que uno ya haya acogido, no los puede ahora expulsar (salvo delincuentes).

Todos debemos ayudarnos, pero, por el ordo amoris agustiniano, primero son los del país. Todo gobierno tiene una obligación, incluso moral, con su gente antes que nada (los clásicos lo veían así: “salus populi suprema lex esto”). El ordo amoris, antes muy aceptado, ha sido criticado últimamente. Pero tiene hondas raíces clásicas y cristianas, pues ya Pablo de Tarso decía: “Si alguien no cuida de los suyos [su familia] ha negado la fe y es peor que un infiel” (a Timoteo, 5,8).

A partir de un cierto porcentaje de inmigrantes (¿5, 10, 15, 20 por ciento?), seguir con la política de open borders es, a la larga, suicida para el país que recibe y vaciadora para el que pierde a su gente. Si ya los países con pueblos originarios tienen dificultades por falta de cohesión y de «amistad social», ¿no los tendrán los que han recibido grandes masas de inmigrantes? ¿No los tienen, y muy serios, Francia, Félgica o el Reino Unido?

Como los inmigrantes no son un bloque homogéneo, si hubiera una sustitución de la población no resultaría una sociedad nueva, mejor o peor pero reconocible y cohesionada, sino tres, cuatro o cinco grupos sociales diferentes, tal vez opuestos y con escaso acuerdo fundamental socialmente compartido.

Los inmigrantes no son un bloque homogéneo; unos son buenos, otros malos y otros regulares, como todo el mundo; unos culturalmente próximos; otros, no; unos tienen causas serias, otros, no; con unos tenemos una deuda, con otros, no; etc. Hay que juzgar la inmigración real de cada caso, con lo bueno que aporta y con la delincuencia que trae, pues de todo hay. No existe otra inmigración; la inmigración abstracta y angelical, enjuiciable con un único juicio, no existe; tampoco nosotros somos angelicales.

Huyamos de los juicios universales y sin matices, tanto sobre los inmigrantes, muy heterogéneos, como sobre los países de acogida. Incluso en el mismo país, no puede ver la inmigración igual una ciudad grande y próspera que una aldea remota y envejecida. Incluso en el mismo país, el tiempo puede hacer cambiar las cosas y desaconsejar hoy lo que fue aconsejable ayer, o al revés.

El juicio sobre la inmigración es prudencial: si va bien, adelante; si va mal, alto. Atentos siempre a la realidad, que puede ser cambiante. No puede haber una decisión que sea inmutable aunque muden las circunstancias; no es lo mismo que vengan unos pocos, y asimilables, que que vengan millones y millones, y difícilmente asimilables.

En virtud del principio de subsidiariedad, la última decisión debe ser nuestra, de la gente de los países afectados, sobre todo, si, como es nuestro caso, sabemos de lo que hablamos.

Antonio Pereira
23 de julio del 2026

NOTICIAS RELACIONADAS >

“El Buen Samaritano” visto por un extraterrestre con sentido común

Columnas

“El Buen Samaritano” visto por un extraterrestre con sentido común

  El Buen Samaritano está de moda. Ya lo sabemos. Los Eva...

02 de julio
Los mínimos previos del cristianismo en riesgo: La libertad

Columnas

Los mínimos previos del cristianismo en riesgo: La libertad

  “La libertad, Sancho es uno de los más preciosos ...

28 de noviembre
¿Debe la Iglesia seguir tanto al Estado?

Columnas

¿Debe la Iglesia seguir tanto al Estado?

¿Debe Dios seguir al César? No conozco a nadie que diga ...

08 de septiembre

COMENTARIOS