Hugo Neira

El liberalismo de Raúl Porras

Sobre su labor como guía de un grupo de jóvenes intelectuales

El liberalismo de Raúl Porras
Hugo Neira
07 de septiembre del 2026

 

Una aureola de sabio, de erudito y de generoso maestro, amigo de sus discípulos, nimba el nombre de Raúl Porras (23/03/1897 - 27/09/1960) y lo distingue entre los grandes del Perú. Hace cuarenta años que el anfiteatro general de San Marcos no escucha sus lecciones ni su figura atraviesa los patios de Torre Tagle. Sin embargo, lo sigue acompañando la gratitud de alumnos y colaboradores como si fuera el día de ayer. Prueba de ello estas líneas. Una reflexión sobre la tenaz memoria que ha dejado Porras en quienes lo conocieron. 

A la casona de la calle Colina en Miraflores, hoy Instituto Raúl Porras Barrenechea, llegamos muchos y en épocas diferentes. Me referiré escuetamente a la guardia juvenil que Porras había reunido en su contorno entre los años cincuenta y sesenta, para ayudarlo a trabajar en la historia del Perú que preparaba; una precisión, sin duda, que evitará la entera mención de los que me precedieron que, como se comprenderá, fueron numerosos. De mis días retengo la memoria de Carlos Araníbar, que ya hurgaba las crónicas de las que ha llegado a ser conocedor impar. Pablo Macera, con el brillo que siempre tuvo, y en las proximidades tomaba notas, como todos, para una historia que no llegó a concluir don Raúl, Mario Vargas Llosa. Ya estaban caminando en la enseñanza Jorge Puccinelli y, por la vía doble del maestro, en la docencia y en el servicio diplomático, Félix Álvarez Brun. Era la nuestra, la de los menores, una tarea de aprendiz, en todo el sentido gremial y noble del término. Creo que permanecí en el embeleso de esa biblioteca, de ese trabajo y ese maestro como tres o cuatro años de mi vida, no lo recuerdo con precisión. Suficientes, sin embargo, para cambiar todo el rumbo de mi vida, como creo, la de todos.

La casa de Colina fue centro de trabajo, taller y posada. No puedo generalizar, pero imagino que en grado semejante, lo que me ocurrió también acaeció a otros. Fui al taller de Porras con la idea que era un lugar en donde se me ofrecía un puesto sin par de trabajo, sin imaginar que ahí iba a aprender las pericias del quehacer intelectual, de las más sencillas a las más complejas, un cúmulo de destrezas que ninguna otra enseñanza, incluida la universidad de esos días, ningún otro maestro, alcanzaba a transmitir. Debo contar, sucintamente, quién era y en qué me transformé. Acaso de los discípulos que tuvo Porras, era yo del origen social menos encumbrado, para decir las cosas suavemente. Había hecho estudios en colegios estatales, vivido en un barrio limeño al límite de la marginalidad y por igual poblado de obreros y por hampones, salía de una familia dislocada por el divorcio. A estos agravantes se sumaba el hecho que, para entrar a San Marcos, creo que con una de las mejores notas del examen de ingreso, tuve que romper con mi padre, no contaba con ayuda alguna de mi familia materna, y para decir las cosas enteramente, no era sólo un estudiante pobre de San Marcos sino uno de los raros que entonces trabajaba para poder sobrevivir y estudiar. Me es difícil pensar en mí mismo ahora en que escribo estas líneas y tengo la misma edad que tuvo Porras al morir. Creo que era entonces un joven enfebrecido por el doble acoso de la necesidad y el deseo de acceder al más exigente conocimiento. Algunos profesores, a los que llamaba la atención el brillo de mis intervenciones, comenzaron a interesarse en mi caso, acaso por piedad paternal. Jorge Puccinelli vino a verme. Porras necesitaba un secretario para que le hiciera fichas, un proyecto de historia del Perú que financiaba —Dios lo tenga en la gloria— Juan Mejía Baca. Me había defendido hasta el momento como podía, dando clases en infames colegios particulares, de obrero en una fábrica, de guardián nocturno en unas residencias, para lo cual me dejé crecer un impresionante bigote. 

Porras se acordaba. Alumno suyo en el curso de fuentes históricas, apreció mis intervenciones, y al final de ese curso, al distribuir tareas para una investigación personal, me atribuyó el estudio del primer Congreso Independiente, el de 1822. Fui a su casa por vez primera para trabajar directamente en el diario de ese Congreso y sus debates. Lo extraordinario, y vale la pena contarlo, son las conclusiones que saqué, contrarias por completo a su propia lectura y, en especial, hostiles a las del gran Riva Agüero sobre el mismo asunto. Lo cual prueba, como se verá, el liberalismo de Porras, su tolerancia con la insolencia de los jóvenes. Ya en el oral, me despaché con un atrevimiento que ahora admiro, y defendí mi propia investigación no sólo en contra de los historiadores sino de los mismos primeros y sagrados congresistas republicanos, a los que traté de pusilánimes y poco dotados para la acción política, traidores como Vidaurre y envidiosos como Luna Pizarro (sigo pensando que no me equivocaba), banda de disparatados en suma que no tuvieron otro camino que llamar a Bolívar, sobre todo después del desastre de la campaña de intermedios. Porras me escuchaba entre sonriente e intrigado. Aquel era un examen oral. Sorprendentemente se puso de pie y salió a buscar a otros profesores para que integrasen el jurado, en el cual ya estaba Carlos Araníbar, asistente en la cátedra. Luego de la incorporación un poco asombrada de otros docentes, el oral prosiguió. Fue un raro y sonado “veinte” en la historia de su docencia. De eso se acordaba Porras cuando Puccinelli le recordó que el mismo muchacho que tanta independencia de criterio había mostrado en su curso, igual se moría de hambre y corría el riesgo de enfermarse o dejar para siempre estudios imposibles para su condición social. Porras me tomó inmediatamente. Cabe decir para trascender la anécdota personal, no por mi sumisión al criterio de autoridad sino, justamente, por lo contrario. Maestro de inconformidad, se rodeó de inconformes.

Años después, varias universidades peruanas integraron el hábito de los talleres, la formación práctica de investigadores, pero en el desierto que entonces era la docencia superior, los profesores transmitían conocimientos sin detenerse demasiado en la manera de adquirirlos. A mi avidez por el saber, una cabeza despejada y un rápido enjuiciamiento de lo que percibía, no aportaba gran cosa cuando llegué a la casa de Colina. Sabía cosas, pero no sabía cómo se llega a saber. Recuerdo que Porras me puso frente a mi primera tarea, la obra del historiador argentino Bartolomé Mitre, y me mandó encontrar el pasaje o párrafos en los que aquel se ocupa de la estadía peruana de José de San Martín. No he vuelto a ver el libraco aquel, pero tenía como quinientas páginas. Obviamente, me puse a leerlas una a una. Unas horas más tarde, con el sombrero puesto y el coche encendido, pasó rápidamente a verme. ¿Qué hace usted? Pues reviso a Mitre, le contesté. Y le señalé el pasaje central de Mitre que ya había hallado. Porras, casi con irritación, tornó el libro sobre la mesa. “Los libros se leen por el índice, jovencito”. Eso nadie me lo había dicho. Días más tarde, se sentó a mi lado y me explicó, con santa paciencia, cómo se hace una ficha: nombre del autor, título de la obra, fecha de la publicación (la primera) y si es un periódico, del cotidiano. Luego el texto, y lo decisivo, el resumen o sumilla en la parte superior, que permite la filiación con otros temas o ideas. Una ficha es un paratexto, sin lo cual no hay organización mental. Vargas Llosa menciona una experiencia similar en uno de sus libros autográficos.

En Colina aprendimos las técnicas de la cultura, casi sin darnos cuenta, en un ambiente de taller, sin lecciones teóricas sino prácticas. La muy particular mampostería de las ideas bien trabajadas. Porras a menudo nos solicitaba un trabajo adicional. Como lo cuenta con mucha gracia Luis Loayza en el prólogo de su antología (La marca del escritor, 1994), nuestro maestro esperaba hasta la hora undécima la redacción de un texto de conferencia, para acabarlo, dice Loayza, “a vuelapluma con letra redonda, clara y menuda, rematando con últimas frases unas horas o minutos antes de subir a la tribuna”. Conviene ampliar esa versión. Porras trabajaba, es cierto, pasando la pluma a sus textos, pero después de dictarlos a una velocidad pasmosa a unos abnegados secretarios que se turnaban cuando los dedos andaban ya agarrotados. Luego, el maestro pasaba el peine fino por esos mismos textos. Participé en varias de esas jornadas maratonescas, extrayendo de ellas mi propia miel. La primera y espontánea lección que nos daba consistía en verlo trabajar, la manera como manejaba la extensa documentación que convocaba para cada asunto, generalmente extendida bajo la forma de libros abiertos de par en par, innumerables, entre los cuales circulaba Porras para cotejar, enfrentar, comparar, aprobar o contradecir. Un simple esquema hecho a mano, en donde estaban los temas comunes, le permitía solicitar uno y otro texto, en la medida en que éstos entraban en convergencia o en oposición. [Continúa la próxima quincena]

 

Escrito en 1997 para la revista Socialismo y Participación n°78. Reeditado en Del pensar mestizo (2006).

Hugo Neira
07 de septiembre del 2026

NOTICIAS RELACIONADAS >

Perú: La Ilustración insuficiente

Columnas

Perú: La Ilustración insuficiente

  ¿La Ilustración impregnó a la sociedad co...

24 de agosto
Fiesta y civilización

Columnas

Fiesta y civilización

  Las interpretaciones del pasado colonial no ignoran la abundan...

10 de agosto
India y Perú: el principio jerárquico

Columnas

India y Perú: el principio jerárquico

  La representación de las castas en la India contempor&a...

27 de julio