Hugo Neira

Perú: La Ilustración insuficiente

Una Ilustración que brilló entre élites, pero no transformó al Perú

Perú: La Ilustración insuficiente
Hugo Neira
24 de agosto del 2026

 

¿La Ilustración impregnó a la sociedad colonial? Hay que preguntarse, en primer lugar, de qué tipo de ilustración se trata, si de la versión francesa o de las corrientes ilustradas y cristianas que circularon en España. Si bien es cierto que la variable francesa de las Luces había llegado a América por la vía de los viajeros y sociedades y expediciones científicas, no deja también de ser verdad la influencia de ilustrados españoles como Jovellanos y Feijoo. “La enseñanza de conocimientos útiles”, idea de Feijoo, se halla tras las posturas del quiteño Francisco Javier Eugenio de la Cruz y Espejo (1747-1796). Y en el Perú, de Cosme Bueno y de Peralta, criollo, no peninsular. Pero tanto en las posesiones de Indias como en la misma España, las filosofías modernas no llegaron al pueblo. Es más, Stoetzer recuerda, en el caso español, la resistencia popular a los “afrancesados” y a Napoleón en 1808-1812. En definitiva, una y otra Ilustración, cristiana o materialista, fue limitada. Un ejemplo de ello es el tema de la difusión del Mercurio Peruano.

Estudios prosaicos y recientes nos hablan de su circulación, asunto decisivo, al fin de cuentas era un órgano de prensa. Fue muy escasa. Una sola librería de Lima se ocupaba del Mercurio Peruano, cuando por esos días, el Diario de México era vendido en 21 puestos de tabaco, y en cuanto a las suscripciones, modalidad a la que acudieron los diarios ingleses, el órgano de los ilustrados peruanos llegó a unos 517 abonados, lo que para la época parece notable. De estos suscriptores “mercuristas”, sabemos que eran mayoritariamente limeños, aunque los había en provincias y también en otros Virreinatos, en España y en el extranjero. Clasísticamente, un 46,3% pertenecía a la burguesía, un 35,1% a la aristocracia y un 16% al clero. Profesionalmente predominaban los empleados, los intelectuales, los eclesiásticos, aunque había entre ellos “mineros y chacareros”.

Las Luces eran difíciles de introducir en una sociedad como la virreinal si los “mercuristas” no hubieran sido parte del privilegio. Ellos mismos se presentan así: “Jóvenes todos, empleados en el servicio del Rey, otros graduados en los diversos ejercicios de la Universidad, otros ministros del Altar, hemos abrazado unánimes y gustosamente una nueva senda, que nos conduzca al término feliz de ser útiles a la Patria” (José Rossi y Rubi, “Introducción” al tomo VII. Mercurio Peruano, n[209] p. 6). Una élite, sin duda alguna, sobre el fondo de la inmensa ignorancia popular que, por otra parte, no era una característica peruana sino universal: hacia 1785 había en Francia un 63% de analfabetos. Jean Sarrailh señala que la situación no era mejor en España, mientras el historiador Konetzke no considera a los criollos necesariamente por debajo de los peninsulares.

Las Luces apenas rozaron el crepuscular Perú colonial. Hay que decir, sin complejo alguno, que la situación no era mejor en la propia Península. En los días todavía felices y optimistas de Campomanes y Floridablanca, de Cabarrús y de Aranda, ministros ilustrados de Carlos III, la Ilustración, “Les Lumières”, el “Aufklärung”, fueron la pasión de unos cuantos, con temáticas que en la situación española resultaban subversivas, tales como la reforma educacional, la lucha contra la ignorancia, la aplicación de las ciencias prácticas, el intervencionismo del Estado en beneficio de la nación, todo lo cual desaparecería, en tanto que preocupación gubernamental en la Península, desde el establecimiento del Absolutismo en 1814, mientras se atenúa en la Lima de Abascal, bastión fuerte de la guerra contra los insurgentes rioplatenses.

Ciertamente, en la biblioteca privada de un ilustrado cristiano como el sabio criollo Unanue se hallaban las obras completas de Condillac, el célebre Traité des Sensations, que aún se reedita (Ed. Georges le Roy, PUF, 1947). Pero las disertaciones de Etienne Bonnot de Condillac sobre la sensación como fuente de la reflexión, sus alabanzas del sentido del olfato, en poco podían alarmar a las autoridades académicas, ancladas en la repetición de Aristóteles, más allá de lo cual tenue huella dejaron en los usos del razonar de unas clases propietarias sumisas ante una Iglesia católica ultramontana. Parecido y frustrante destino hubieron de seguir las enseñanzas de Leibniz y de Emmanuel Kant, que son de época, y las discusiones de Berkeley y de Descartes. La Ilustración peruana fracasa porque no se continúa en ciencia criolla en el siglo XIX. Fue el preámbulo a una modernidad de los espíritus que no termina de cuajar. Como el Renacimiento, fue una aventura intelectual que nos llegó sesgada y atenuada.

Nuestras Luces brillaron y se esfumaron. Una de las razones profundas de su limitación no radica en la ausencia de una ruptura inmediata con España, sino con la Iglesia de Indias. No es política sino filosófica. Las formas de razonar que puso en marcha “Les Lumières” en el país que tocase, se enfrentaron al oscurantismo, tarea esencial que permaneció, para nosotros, inacabada. Hay que considerar el papel de los jesuitas, que difundieron las ciencias, y es conocido su interés por la astronomía, la química y la física experimental, pero la enseñanza jesuítica no sólo transmitió sino que filtró la ilustración europea. Los ilustrados criollos, acaso por eso fueron “deístas”, y la ruptura con la metafísica no se consiguió del todo. No hubo en Perú, ni entonces ni más tarde,la apasionante arremetida de los liberales contra los bienes eclesiásticos, manos muertas y amortizaciones, como en el México de Benito Juárez. En los dominios espirituales y de mentalidad, nadie podrá decir que en el siglo XIX peruano el optimismo racionalista desplazó a la fe religiosa, que vivimos una revolución mental y moral, que se impuso una mirada laica sobre las cosas, el hombre y el mundo. Cómo pudieron los peruanos coloniales asimilar las más avanzadas posturas revolucionarias, incluyendo las del jacobinismo francés, sin romper con el dogma católico, sin duda es un enigma filosófico, y la demostración del arte criollo de la conciliación de lo inconciliable. Fue, en algunos casos, un drama con acentos de desgarro personal, cuya expresión más alta es la aventura existencial de don Pablo de Olavide, racionalista y creyente. [...]

¿Es imprescindible un conflicto entre la razón experimental y la fe religiosa? ¿Se puede ser moderno y creyente? No sabría decirlo. En todo caso, entre nosotros el dilema se pospuso. Y no sólo en el Perú, sino en otros casos de cultura nacional en los países de América Latina. François Chevalier, historiador francés, pero hay que decirlo, profundamente católico, no ha dejado de observar en la mentalidad latinoamericana la supervivencia del tomismo y del aristotelismo tradicional, sugiriendo que doctrinas en apariencia modernas como el marxismo, se instalan sobre ese fondo intocable de dogmatismo y rigidez mental. De esa prioridad del concepto sobre la experiencia provendría nuestro acendrado doctrinarismo. No hubo ruptura racionalista en el pasado. La pregunta que surge es en qué puede esto involucrarnos. La respuesta estriba en que la separación de lo sagrado y lo temporal se halla en los fundamentos del Estado moderno, del nacimiento de la ciudadanía y de los derechos humanos. Y sin darle una pretensión de universalidad a ese modelo político (que sin embargo, no deja de extenderse en el mundo extraoccidental) es evidente que un integrismo, el que sea, resulta incompatible con un régimen democrático, porque éste implica la tolerancia y el arrinconamiento de la pasión religiosa al ámbito de lo privado y familiar. ¿Qué se puede inferir de sociedades en donde el pluriconfesionalismo no ha concluido de instalarse? El Perú, no más que otros países de la América Latina, no ha resuelto esta tensión entre el régimen político adoptado de factura occidental y el “substratum” cultural todavía en gran parte comunalista y holístico pese a los avances de la escolarización y la vida urbana. En otras palabras, lucimos formalmente regímenes laicos y secularizados, sobre sociedades que ignoran una y otra actitud. A nadie asombre que lo cultural, cuya dinámica es propia e imprevisible, a veces tome su revancha sobre una norma y un Estado que simulan ser modernos, y nos imponga jefes carismáticos, y con regularidad sospechosa, “ulemas” o doctores sagrados.

Extracto de Hacia la tercera mitad (1996), cap. “El hombre ilustrado”, pp. 243-244 y 250 de la 5° edición (El Lector, Arequipa) de 2018.

Hugo Neira
24 de agosto del 2026

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