Hugo Neira

India y Perú: ¿castas o clases?

El principio clasificatorio y jerarquizador existe en ambas sociedades

India y Perú: ¿castas o clases?
Hugo Neira
13 de julio del 2026

 

Casta es una palabra aplicada tardíamente al caso de la India, los nombres hindúes son otros. El primer uso fue el de los españoles y tuvo el sentido de raza. En el sentido actual, aparece la India. Como sinónimo de raza es de 1555. En el sentido hindú, se la encuentra a comienzos del siglo XVIII, y de ahí fue trasladada al idioma inglés y al francés donde no se la encuentra antes de 1880. En su sentido estricto, se puede hablar de castas cuando una sociedad está dividida en grupos humanos especializados y jerárquicamente superpuestos, no tolera ni a extraños ni mestizos ni tránsfugas de una profesión a otra, y se opone, mediante reglas estrictas, a la mezcla de razas, a la movilidad en el rango y a innovaciones en los oficios que resultan ser hereditarios (C. Bouglé, Essai sur le régime des castes, Paris, 1908).

Contrariamente a lo que puede pensarse, el sistema hindú no es la consecuencia de las castas sino que las castas son la consecuencia del sistema. En la India, el principio de los matrimonios y la alimentación diferenciada según el grupo al cual se pertenezca, sumado a la especialización profesional de padres a hijos, se practica desde la más remota Antigüedad, y en consecuencia, los grupos humanos han llegado a adquirir rasgos antropológicos diferenciados. Sin la ideología hindú, sin los especialistas de la misma, los brahmanes, sin la creencia que difunden, el orden de las castas sería imposible. 

Ahora bien, ¿puede hablarse de castas fuera de la India? El principio clasificatorio y jerarquizador existe en otras sociedades. El modelo ideal es la India contemporánea, visiblemente estructurada sobre las castas o el “jati”, y aunque el mismo Louis Dumont la considera un caso original, “sui generis”, otros sociólogos la reclaman para explicar otras sociedades. Por analogía y extensión, los africanistas encuentran su equivalencia en los sistemas de castas profesionales que separan señores y hombres libres de artesanos y esclavos. Eso no es todo. Kroeber, Warner y Davis, ante las “race relations” en los Estados Unidos, creen percibir una variante del sistema de casta, un fondo de inmovilidad en el aparente “melting pot” norteamericano. La estratificación social, en una de las sociedades más abiertas del mundo, y pese al difundido individualismo y a la democracia, guardaría correlaciones inquietantes entre grupo racial y ocupación, entre etnia y clase. Por nuestra parte, la interrogación a la que nos enfrentamos es, pues, la siguiente: ¿en la determinación de los individuos en el pasado colonial, qué predominó? ¿Casta o clase? Y al postular al mismo tiempo la extensión de lo colonial en la vida peruana hasta los tiempos actuales (una de las ideas-fuerza de este libro) estamos hablando de un tema del pasado y del presente. ¿Fue y es la sociedad peruana un sistema disimulado e incompleto de castas sociales?

Es evidente que una sociedad binaria estuvo en la intención o propósito colonialista, las famosas “repúblicas” de indios y de españoles. Sin embargo, más allá del período de establecimiento de los conquistadores, del XVI, la misma sociedad colonial conoció fenómenos como el mestizaje y el criollismo que rompieron, con intenciones distintas, el primitivo esquema. Pero, después, del XVII al XIX, ¿a qué principios obedece el orden social? Ahora bien, criterios de clase y de casta pueden coexistir cuando la estructura social resulta marcada por rasgos culturales y por posiciones económicas. El Perú es uno de esos casos. En la comunidad científica de peruanistas suele admitirse que ambas clasificaciones se combinan durante el período colonial y que categorías económicas, por entonces, involucraban valoraciones de tipo racial.

En el orbe hispano, los peruanos conocieron prejuicios y combinaciones raciales típicos de sociedades arcaicas y, a la vez, la sed de lucro, que implica la aceptación de la innovación y del riesgo individual para salir de una condición social e ingresar a otra, en suma, la modernidad. Dicho de otra manera, nacido tarde para ser medieval y en temprana situación de subordinación como para ser completamente moderno, al Perú español lo trabajan tanto las desigualdades arcaicas como las nuevas, aquellas que trajo consigo el capitalismo comercial y la desigualdad de fortunas. Pero aplicarle únicamente el concepto de clases sociales resultaría abrumador. Nuestro período colonial suministra una representación muy estructurada y organizada de la población, compuesta no sólo de indios y criollos, negros y mestizos, sino de un conjunto de subgrupos o “castas”, y cada quien en su sitio y ocupación.

La representación de la India contemporánea y la del Perú virreinal de castas no es, sin embargo, la misma. La primera es una visión brahmánica, una visión desde la cúspide, desde arriba, con arreglo a la cual cada casta o subcasta posee una ocupación hereditaria, y además, los miembros de los grupos inferiores no se ofenden cuando se les considera fuente de contaminación o impureza. Pese a que circuló entre nosotros una versión cuasi brahmánica o idealizada del mundo colonial, la iconografía de las castas “made in Peru” sufrió de dos defectos. El primero es su artificialidad. Las formidables y enrevesadas tablas de clasificación racial no fueron sino una construcción taxonómica, de gabinete de historia natural. Llegaron a nuestros días palabras como mestizo, mulato, indio, zambo, cholo y español. Pero no cuarterón, requinterón, jíbaro y tente en el aire. Nadie se llamaba a sí mismo jarocho, rayado o no te entiendo. En cuanto a la Iglesia, con sentido pragmático, tenía tres registros sacramentales, para españoles, para indios y uno tercero para “castas de mezcla”.

El segundo defecto es la falsa conciencia. Su difusión, en libros de historia, en la invención del pasado virreinal, hace creer en una aceptación del hecho del mestizo; ocurría todo lo contrario. Lejos de expresar alguna suerte de tolerancia pluriétnica, las tablas de clasificación interracial manifiestan categóricamente el profundo desprecio de españoles y criollos ante el mundo abigarrado del mestizaje. En los hechos, el movimiento intercastas era más complejo, más vivo y fluctuante, y Morner recuerda que los indios del cercado de Lima tenían esclavos negros. Como toda sociedad, la colonial tenía un esquema idealizado de sus diferencias, pero otra era la práctica desarrollada por los grupos y subgrupos. [Continúa la próxima quincena]

 

Texto, editado, de Hacia la tercera mitad (1996), Cap. "El hombre jerárquico", pp. 191- 194 de la 5° edición (2018)

Hugo Neira
13 de julio del 2026

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