Hugo Neira
Nuestra falaz leyenda de país rico
La fe absoluta en la Cornucopia de la abundancia
Nunca lo fuimos. Un país puede ser muchas cosas, pero nunca una metáfora equivocada. ¿Vale un Perú? Lo peor no es que el sofisma diese la vuelta al mundo, que sobreviviera aquella quimera cuando se habían perdido los filones de plata, sino que lo incorporamos como una verdad intangible en nuestra memoria colectiva. Es uno de nuestros más entrañables mitos, la creencia de que por algún lado hay un Potosí que nos devolverá la opulencia perdida. Pocos han descreído de esa falaz ilusión. Acaso Bolívar: “...el Perú es oro y esclavos”. Apabullante fórmula. “El primero lo corrompe todo, el segundo está corrompido por sí mismo” (Carta de Jamaica). ¿Pero era tan rico el Perú de los días de Ayacucho? En cuanto a la República, ella no dejó de buscar los perdidos tesoros y el progreso fácil.
La maliciosa leyenda, como el precio del metal, tuvo alzas y bajas pero persistió. Es una quimera bien instalada en un subconsciente colectivo dado a embelecos y engañifas. Y así como los particulares buscaron en las viejas casonas, tras muros y patios derrumbados, el escondido tapado que los salvase de deudas, sucesivos gobiernos, militares y civiles, despóticos o democráticos, no dejaron de creer en la patraña de un desarrollo rápido, con el menor esfuerzo posible. Una como íntima convicción, de la que procede todo tipo de chapuzas y falacias: “Dios es peruano”. La más tenaz de nuestras mentiras, la más acariciada y difundida, nuestra secreta religión: fe en la Cornucopia de la abundancia. Un símbolo, por lo demás, que se luce en el escudo de la nación, el cuerno prodigioso echando bienes. ¿Nos conviene esa creencia? No lo creo, y siempre es posible una asociación de ideas más sincera y crítica. “Oro y lodo”, afirma Luis A. Sánchez, jugando con la proximidad fonética.
La facilidad, la renta. ¿Qué nos quiso decir Raimondi cuando compara al país con un mendigo sentado en un banco de oro? Muchas veces, cuando he reflexionado sobre el destino del Perú y el sentido de esa frase sibilina, me ha parecido más una afrenta que un elogio. Viaja aquel sabio por un país desarticulado, en el indeciso siglo XIX. No hay rutas, el país se ha ruralizado, ariscos hacendados y tratantes de esclavos lo atisban en los vados de los ríos. Es un mineralogista Raimondi, un andariego, y un hombre de corazón, ama al conmocionado Perú de esos días (un país humillado por la derrota en la Guerra del Pacífico) que conoce como pocos, y ante la profusión de recursos mineros, piensa que aquel país decimonónico tiene salida a condición de despertarse. Pero la interpretación que esa aseveración ha recibido, la más corriente, es floja sin dejar de ser perversa. Se insiste poco en la idea de “mendigo”, es decir, en quien no trabaja, y más en el “banco de oro”, es decir, en la fácil riqueza.
Así queda establecida esa creencia de fondo que nos permite vivir a la espera de algún milagro. ¿Acaso no los hubo? ¿Y no lo fueron el prodigio de la papa, la quinina y el guano de las islas? Lo peor es que el curso de los acontecimientos, después de Raimondi, digamos para entendernos, de Leguía a Odría, parece darle razón a los partidarios de una economía levantada sobre espejismos. La reencarnación del “maná” tradicional es el caucho amazónico, es el petróleo, el zinc y el cobre, más que riquezas extractivas o ciclos económicos. Es la reiteración de un pacto entre el destino peruano y la naturaleza generosa. Dios es peruano.
Así, en tiempos en que el progreso se mide por la capacidad de engendrar productividad, a veces sin apenas contar con materias primas como en el caso de Japón, industriales y trabajadores peruanos guardan un fondo de escepticismo, quizá porque no se ha abandonado la idea de que la geología del Perú, antaño generosa, pueda ocultar por algún lado, tras un cerro ignoto o el meandro laborioso de un río, salvadoras riquezas. ¡Acaso la Amazonía cubra un mar de hidrocarburos! Entre tanto, hasta que se reproduzca el milagro de un Perú dadivoso, la cocaína ocupa el lugar de los antiguos prodigios, actual versión del maná tradicional. Narcoeconomía, narcodemocracia. Delincuencia y salvación. La coca es fuente de una economía rentista y también es blanca. Como la plata.
¿Persistirá la ilusión, la búsqueda de nuevos Dorados? ¿Seguirá girando la vida peruana entre el despilfarro y el tapado? Entrando al siglo XXI, la fascinación por el oro no ha desaparecido del todo, y cada cierto tiempo vuelve a abrirse como una llaga sin cicatrizar la primitiva avidez. En la Amazonía vuelven a enfangarse millares de hombres lavando cascajos en donde quizá se escondan las relucientes pepitas. Entre tanto, hemos cambiado a los Fugger, los banqueros alemanes que apuraban a Carlos V el pago de la deuda, por el Banco Mundial y el Fondo Monetario. Cinco siglos de arcas repletas que luego emigran para no volver más, como las golondrinas del poeta.
Texto tomado de Hacia la tercera mitad (1996), pp. 136-138 de la 5a edición.















