Hugo Neira
¿Colonia o Virreinato?
Aspectos institucionales y sociales de esa ampli etapa de nuestra historia
La distinción no es vana. La noción de economía colonial permite abordar el tema de la lucha por el control de los océanos, el comercio transatlántico, las flotas. También el de la organización financiera de Indias, la recaudación tributaria, que recayó especialmente sobre los indios; para ello fueron censados prolijamente, como lo saben los que han examinado censos y cajas de comunidades. Lo mismo en lo que atañe a los impuestos o múltiples gravámenes, alcabalas, almojarifazgos, venta de oficios, estancos, multas y comisos. La noción comienza a diluirse cuando de lo económico pasamos a lo social. Encomenderos, Corregidores, Mayorazgos, en su poder se entrelaza la apropiación del esfuerzo ajeno y la legalidad que les conferían las leyes y costumbres. Es entonces que deberíamos hablar de Virreinato, es decir, de un tipo específico de régimen político. Esa misma legalidad virreinal, precisamente por incumplida, es la que otorga sentido a las reivindicaciones indígenas. Legalidad: muchas sublevaciones, y en particular la de José Gabriel Condorcanqui, se hicieron con las armas en la mano, sin por ello dejar de invocar las traicionadas leyes que ofrecían protección a los atropellados naturales. Un reclamo de juridicidad se mezcló casi siempre con la protesta o la misma rebelión. El problema fundamental de la organización política en Indias es que no admitió la dualidad de otras colonizaciones, no gobernaron a través de los poderes tradicionales, como los ingleses en la India, mandando a los que mandaban, en “indirect rule”, sino en “direct rule” es decir, en la subordinación estrecha de los poderes locales al colonial. Fracasado el intento de una “República de españoles” en el temprano XVI, el Virreinato va a pretenderse un orden para los blancos venidos de España y para los nacidos en Indias, para los indios y mestizos, para los negros, las castas, para todos. No es la ausencia de una legislación lo que señala el carácter virreinal sino su contrario, máquina judicial frondosa de abogados y letrados, y no sólo eso. La ocupación o conquista de los reinos americanos dio lugar a un debate jurídico (y ético y moral) de un raro apasionamiento, desde la ceremonia del requerimiento y la guerra justa a la encomienda y la legislación indígena. Hace sólo unos años se hubiera argumentado que todo eso es superestructura, institucionalidad, es decir, ideología (ilusión, reificación del mundo). Hoy sabemos que una institución es siempre un dato de lo real, tanto o más que una cifra económica, al revelar un conjunto concreto de normas y comportamientos, el fondo de los valores de una época dada. Y que la autorrealización de una sociedad, o en su defecto, su frustración, pasa por ellas.
Sería temerario sostener que la sociedad hispanoamericana de la colonización europea y la impregnación india se encierra en una sencilla oposición binaria entre recién llegados y naturales. Su esencia fue la desigualdad, pero no la de una colonia sajona en la América del Norte o en Australia. Los blancos eran los dominadores, pero los peninsulares, godos o gachupines no sólo proveyeron de grandes mercaderes y eclesiásticos a las provincias americanas, sino que los pequeños oficios estaban cubiertos a menudo por blancos pobres, que eran buhoneros y mercachifles entre otras ocupaciones. En lo que concierne a los criollos, sabemos hoy que no eran tan desgraciados como lo cuenta la leyenda, una mitología plañidera que ellos mismos inventaron, y en realidad van a disputar, palmo a palmo, durante el gran siglo criollo, el XVII, los oficios públicos a los españoles europeos. Si arriba la fractura es real, entre españoles peninsulares y españoles americanos, abajo las castas enredan las calificaciones como para saber que, por obra del mestizaje o del cambio de fortuna, hubo indios ricos. Las fronteras de clase no eran siempre las de las etnias. El sistema, en fin, tenía un gran elemento de unificación, la argamasa poderosa de la fe, de la cual ni esclavos ni indios estaban excluidos. Un catolicismo dolorido y transido, apegado a la idea de que este mundo es un valle de lágrimas, les abría las doradas puertas de la Santa Madre Iglesia, y la ilusión de una universalidad en un cristianismo de esperanza y de obediencia. El cielo católico, colonial y romano, es una Corte celestial. La Divinidad está rodeada de Tronos y Dominaciones, y ni aun los ángeles y arcángeles, enviados de Dios, son iguales. El Santoral, que multiplicaba la posibilidad de la celebración a la vez sagrada y familiar, un listín de nombres conocido por todos, abundaba en fiestas de guardar, celebrando a Santos y Patronos de diversos poderes. La piedad virreinal educa e inicia a la vasta gleba de oscuros y humillados en el conocimiento de las mediaciones, de los votos y milagros, la Santa Virgen es buena porque es accesible, una intermediaria. Aunque cuando Dios no quiere, los Santos no pueden. Las colonias sajonas carecieron de un lugar religioso para sus excluidos. Más refinadas, más universales, las sociedades del esquema hispanoamericano que igual sabían matar indios en los obrajes y minas, lograron incluirlos en la vida colectiva por la vía virreinal de la procesión, el culto a los santos y los santuarios de peregrinación. Era la consolación de tener un sitio en el mundo que, como en la misma misa, era un sitio dentro de la Iglesia colonial y misional, dentro de las suntuosas naves pero lejos de las sillas de primeras filas ocupadas por notables y señorías. Sin insistir en que hubo feligresía indígena pero no curas. La Iglesia católica fue la gran máquina de integración y jerarquización. Consiguió el milagro, bien terrestre y político, de asimilar, estableciendo los principios simbólicos de un orden medularmente antigualitario.
Colonia es más bien un concepto de la modernidad occidental, no renacentista ni hispánico, más tardío, productivista y mercantilista. Los términos “Colonie” y “Colony”, en la acepción que les conocemos, tuvieron vigencia desde el desarrollo de los establecimientos franceses e ingleses en la América del Norte y en el Caribe. La de la sustitución de un pueblo por otro, cuyo ejemplo es Australia, las colonias inglesas de la América del Norte y la expansión de los Estados Unidos hacia el oeste a desmedro de los pueblos indios de las planicies. El modelo deseado es, entonces, el de una población homogéneamente blanca. La colonización por sustitución también incluye el caso de la Argentina de mitad del XIX, con su guerra del desierto, cuando ante los malones indios el ejército de línea respondió con una cadena de fortines y una población de inmigrantes instalada en las tierras de los exterminados. Por horrible que haya sido la matanza castellana, esta modalidad excluye el caso de México y el Perú en el XVI. Ambos casos entran en la modalidad de enraizamiento, que significa la explotación intensiva de la mano de obra y no necesariamente su exterminio.
La idea de colonia ya existía cuando la generación iconoclasta de intelectuales de los años treinta ingresa en la arena política, y Haya de la Torre, con comodidad, puede llamar escandalosamente a Puerto Rico ejemplo de Estado asociado, “modelo de colonia”. Haya alarga el concepto, no lo inventa. Desde hacía un tiempo, los latinoamericanos miraban su pasado como colonial. Hacia fines del siglo XIX, es de los positivistas, de un escritor tan elitista como Javier Prado, de donde surge la diatriba al pasado, en Estado del Perú bajo el coloniaje. El antiespañolismo va en su caso unido a la admiración por los nuevos modelos de civilización de las naciones que accedieron primero al maquinismo y la industria, al gran comercio internacional, es decir, los anglosajones. La diatriba contra el Perú colonial, y por lo tanto, su condena, proviene sospechosamente de las clases dominantes, esto es, de quienes tenían la responsabilidad de los asuntos públicos en la era republicana, y que se beneficiaban en la situación postcolonial bajo la forma del latifundio y la concentración del poder político en muy pocas manos y apellidos. El pasado era, de esta manera, una formidable excusa, la puesta en marcha de un “a priori” que podría formularse de la manera siguiente: si el período colonial resulta culpable de nuestras taras y retrasos (vale decir, los españoles, los ausentes), entonces poco se debería cargar en la cuenta de los que ahora gobiernan. El período colonial en tanto que chivo expiatorio fue y es todavía una empresa de camuflaje manejada por los culpables del naufragio presente, y tópico en el cual han incurrido no sólo los intelectuales orgánicos de las oligarquías nacionales, positivistas y liberales del novecientos, sino aquellos, y posteriores, como indigenistas y marxistas que creyeron combatirlas.
¿Por qué se echó al olvido el concepto de virreinal? Me inclinaré por una hipótesis maliciosa: lo virreinal envuelve a los dominadores y dominados de otrora. En especial, a los primeros. Si el concepto operativo de coloniaje parece más adecuado para tratar el tema de los esclavos negros y la servidumbre india, el de virreinal se ocupa de lo que la otra idea descuida, los aspectos institucionales y sociales, se ocupa de los blancos, de la aparición de una nueva capa privilegiada en América, de la compra de títulos y oficios (puestos públicos), del deseo de pertenecer a una nobleza, de la inflación de honores. Para que lo virreinal fuese olvidado, autorreprimido en términos diríamos casi psicoanalíticos, recordado y a la vez suprimido, para que el señorío virreinal se sintiera colonial, es decir, desposeído, casi de la misma manera que la pobre humanidad encerrada en los obrajes y las minas, era preciso una gran humillación. Y de hecho, herida narcisista, la hubo. No hablamos del campesino andino, ni de negros y amazónicos, sino de los amos nacidos en América, los criollos. España llamó reinos a sus dominios pero sin dotarlos de parlamentos o Cortes como los que tuvieron Aragón, Cataluña e incluso los reinos españoles de Nápoles y Sicilia. Nominalmente iguales a los peninsulares, los habitantes del Nuevo Mundo no tuvieron ninguna representación y el sistema impositivo que los afligía ignoraba toda forma de consulta electiva. Y Bolívar, en su hora, se quejará amargamente de la ausencia de entrenamiento político. “Estábamos como acabo de exponer, abstraídos, y digámoslo así, ausentes del universo en cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y administración del Estado. Jamás éramos virreyes ni gobernadores, sino por causas extraordinarias; arzobispos y obispos pocas veces; diplomáticos nunca; militares, sólo en calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos, en fin, ni magistrados, ni financistas y casi ni aun comerciantes, todo en contravención directa de nuestras instituciones” (Carta de Jamaica, 1815). La idea de coloniaje no le viene a la mente porque conocía el de los americanos del Norte, sino el equivalente de ciudadanos de segunda clase. Hay en Pareto una explicación para este tipo de creencia que consiste en abrazar la causa de otros. En Bolívar, gentilhombre descendiente de una familia de mantuanos ricos y ennoblecidos –los de Bolívar–, heredero de miles de esclavos negros que él supo transformar en libertos, lo suyo no es sino la racionalización de un sentimiento, el que, por cierto, lo honra. De esa generosidad y confusión de intereses nació el Libertador.
Texto perteneciente al libro Hacia la tercera mitad (1996); pp. 112-117 de la 5° edición.















