Hugo Neira
El logos inca
Los electores peruanos siempre buscan a un tirano a la vez democrático
Casi parece ya ocioso rememorar lo que se ha dicho en siglos sobre esa gran civilización que nos precede. Y en cuatro siglos: incas tiránicos, benevolentes, arcaicos, idílicos (los de Garcilaso) o socialistas o jerárquicos, según el observador, su capricho o moda. Y un culto a los reyes incas mientras se seguía despreciando a quienes llevan su ADN. Nunca se habló más alto de los incas que cuando la cultura peruana estaba dominada por propietarios de hacienda. Los bellos muros del Cusco ornaron los salones de los explotadores tanto como las fotos en negro y blanco de indios harapientos de Chambi, todo esto como si fuese natural. Una idea del indio como parte de un paisaje inconmovible. Con pircas y casas de tejas, las primeras indias, las tejas castellanas. Algunos tuvieron la flema de considerarlo mágico. Guardándose el imperio de la razón para blancos y la “ciudad letrada”. Pero de pronto el “ecológico” indio se vuelve rebelde. Y un proletariado sin necesidad de Lenin nos dio a todos una gran sorpresa: los sindicatos rurales y la ocupación —gandhiana, sin sangre— de los fundos tradicionales. Nadie pudo detenerlos. Y la realidad peruana, sin interpretación alguna, se echa a cambiar súbitamente.
Los indios despertaron y tomaron haciendas —años sesenta— y también emigraron. Comenzaron a prosperar por su cuenta. La conciencia de las cosas en otras capas sociales ha sido lenta, muy lenta. Seguimos prisioneros, intelectual y simbólicamente, de la doble herencia. O bien el cadáver del inca sigue muriendo. O bien la cabeza del Inkarri es lo que regresa. El pasado es siempre un monstruo cargado de futuro. Finalmente, la modificación de la sociedad campesina india fue más sencilla que la criolla o la que se toma por nacional. Pasaron de ser arrendires, parias que mendigaban un lote precario de terreno a los hacendados a los cuales daban gratis su fuerza de trabajo, a constituir una capa social de nuevos propietarios, de Puno al espinazo entero de los Andes peruanos. Pero naturalmente, todavía seguimos pensando que la reforma agraria pudo haberse hecho de otra manera. Claro que sí ¿pero quién convencía de esos cambios a la Sociedad Nacional Agraria? No hubo solamente reforma agraria —un cambio de propiedad— sino el fin de un sistema precapitalista de explotación de la fuerza de trabajo india, sin pago alguno de salario. Un Antiguo Régimen sucumbió por una revuelta inesperada venida de los indios a los que se creía dormidos. En cambio, nos atrae profundamente lo oscuro, lo irracional, aunque nos haga perder el tiempo.
Es difícil hallar una descripción equilibrada sobre los Incas. En nuestras universidades, el poner en la mesa del debate racional el tema de los Incas es tocar ortodoxias. Una gran y decisiva cuestión ha sido transformada en mito. Y en consecuencia, dañada. Hemos recorrido el camino al revés de los griegos, ellos lo hicieron del mito al logos. Nosotros el camino contrario. Hubo logos cuando se estudiaba el mundo inca con Luis Valcárcel, Mariátegui, Porras o Basadre y hasta Lumbreras. Ya con Arguedas, se mezcla lo que se sabe con lo que nos gustaría que fuese. El catedrático que los cuestione, en las distinguidas y bizantinas universidades, arriesga el descrédito. El tema se ha vuelto tabú. Faltos de utopía, una rama de la intelectualidad ha inventado a los peruanos un paraíso perdido. Y al no entender el ayer no se entiende ni Conquista, ni Colonia, ni Independencia, ni lo que somos. Y entonces los feroces mitos regresan bajo otras máscaras. Vuelven los curacas en la vida contemporánea. En las provincias, mediante algún éxito en urnas, no para representar sino sumarse al poder y corte limeña. Los ciudadanos que no han tenido cursos de historia –—y son legión— repiten cada cinco años la búsqueda de un tirano a la vez democrático.
Confieso que nunca me entusiasmaron los trabajos etnológicos y antropológicos sobre mitos andinos. Sin embargo estaba facultado para entenderlos. Tuve la fortuna de seguir seminarios en París con Lévi-Strauss. Entendí lo que significaba la percepción de las sociedades desde sus estructuras profundas. Son invisibles a los que las viven y cristalinas para quienes las piensan. Por eso mismo, me resisto al uso del mito que se le da en nuestro caso peruano. He seguido con entusiasmo a los antropólogos estructuralistas cuando se vertieron sobre la Grecia antigua. Me refiero a los trabajos de Marcel Detienne, Jean-Pierre Vernant, Pierre Vidal-Naquet, que propusieron una mirada antropológica a los periodos clásicos de la Grecia antigua y a sus dioses y mitos. ¿Qué tiene ese helenismo que no tienen algunos estudios americanistas? Y no solo con incas sino con aztecas y mayas. Los de la Escuela de Altos Estudios de París (EHESS) buscan una racionalidad, y la encuentran. Reconstruyen el logos de los antiguos griegos. No es el caso de Soustelle en México ni de los especialistas en el Inkarri en el Perú. Cuando trabajan sobre los mitos no buscan un logos sino una religión. Y la encuentran y la reconstruyen como propuesta política. Por esa operación mental siento instintivamente una enorme repugnancia.
En el Perú, desde hace siglos, un modelo eclesiástico encuadra toda la sociedad. En los tiempos actuales, la beatería no proviene forzosamente de la Iglesia, aunque la promueva, sino de corrientes intelectuales y políticas que no construyen partidos ni élites sino sectas. Raro es el trabajo laborioso sobre las significaciones. La lucha por la teoría que ha emprendido Guillermo Rochabrún es de muy pocos. Hay en cambio teologías indecentes arropadas en milenarismos. Nuestros marxistas son tan tridentistas como los herederos episcopales de la Contrarreforma. Vivimos en sociedades que no logran pensar el pluralismo político porque fuera del modelo confesional que ha marcado el catolicismo de las clases altas, los hijos de familias ricas formados en colegios privados de curas reproducen nuevas formas eclesiásticas del pensar, algunas de las cuales tienen la pretensión de tomarse como revolucionarias. ¿Cómo puede haber izquierdas modernas si desconocemos la secularización del Estado y de los individuos? El libre examen, de origen luterano, no desembarcó en nuestras playas. En Perú todo se vuelve, tarde o temprano, rito religioso y funerario. Mariátegui, Arguedas, como Riva-Agüero, no tienen discípulos o sociedades de estudio. Lo que tienen son panacas. Como las antiguas momias de los incas que eran guardadas en el Coricancha —porque había un alma que no había muerto—, las sacaban a la plaza pública para hacerles preguntas. ¿Pensamiento crítico? Es más fácil contradecir en nuestras universidades a Kant o Hegel que tocar una de esas mortajas vivientes. Ellos, los fundadores, no tienen la culpa. Es la costumbre: o se admira sin ambages, o se olvida.
No soy un ardiente apasionado del racionalismo, siempre me pareció incompleto. No es por azar que en algunas de las sociedades con elites racionalistas como Alemania y Francia es donde han surgido los más radicales e intolerantes movimientos europeos. De los años treinta a los cincuenta del siglo XX, en este continente dieron por sentado que Europa iba a la decadencia como lo señalaba Spengler, y que estábamos listos para retomar las banderas de la civilización. Los europeos no se hundieron, y nosotros no salimos de nuestro pantano de incultura y democracias corruptas. Dicho con toda franqueza, no somos un tipo de humanidad ahogada por los excesos de la razón y que necesita compensaciones lúdicas y emocionales. No estamos en búsqueda de un “suplemento de alma” a lo Bergson. Nos sobra la intuición. A veces, lo que nos falta en la vida pública y en las estrategias de vida de cada cual, es sentido común. El más pedestre y silvestre de los sentidos. País de carreteras abandonadas y biografías inconclusas…
Una tarde algo me hizo vislumbrar otro horizonte. Daba cursos en Cusco los fines de semana. Por razones de horario de aviones, llegué con un día de anticipación. Decidí hacer algo que hacía tiempo deseaba, una vuelta por el valle de Urubamba. Es el viaje de los más corrientes: un taxi, el alquiler por la jornada entera, parada en Pisac, en el pueblo de Ollantaytambo y las ruinas, si es que apetece. Y fue lo que hice, lo había hecho cien veces en años anteriores, y claro, me dispuse a no ser sorprendido por nada nuevo. Nos detuvimos un rato en Pisac, era día de mercado. Admiré el orden, la serenidad de su gente. Luego, seguí hasta las ruinas, las admiré una vez más, la disposición, el equilibrio de sus murallas. Luego, en el pueblo, me detuve ante las fuentes de agua. Ocurre que se basan en obras hidráulicas del tiempo de los incas con canales de piedra que no sufren el desgaste de los tubos actuales. Y de pronto, una palabra, un solo vocablo vino a mi mente. Se repetía desde Pisac, la fortaleza y las calles del pequeño pueblo. La palabra orden. El concepto de razón.
Cuando Alexander von Humboldt se detuvo por vez primera sobre las murallas incas, las contempló un largo instante y las describió con tres adjetivos definitivos: simetría, sencillez, solidez. ¿Es ese el estilo cultural de un pueblo de chamanes y de brujos? Más bien de geómetras e ingenieros. Pero nos encanta un Perú mágico. Cuando demos un paso en su mundo, el de los andenes, en sus reglas de la reciprocidad, o la organización minuciosa de la sociedad en grupos endogámicos, nos daremos cuenta que lo que los distinguía no era precisamente la adivinación. Contaban todo con sus quipus. Por décimas. Preveían, anticipaban, a los tambos. Al contrario de nosotros, que esperamos una catástrofe, como un terremoto en Lima, con los brazos cruzados. Ellos en cambio, brazo derecho y brazo izquierdo, clasificaban las familias y dinastías. Y por lo alto, hanan, por lo bajo, hurin. No es la magia lo que los distinguía. Sino el logos inca.
¿No conocen, nuestros compatriotas, lo que explican Duviols, Zuidema? El juego de oposiciones que dividía todo en mitades opuestas y complementarias, desde el esquema parental. Parientes por el brazo derecho, parientes por el brazo izquierdo, el territorio y el cosmos, cielo/subcielo, este/oeste, fuego/agua, luz/oscuridad, macho/hembra. Ni conocen las líneas simbólicas que partían del Coricancha, los ceques, unos 41, y que vinculaban las huacas o santuarios por el inmenso país, estudiadas por Zuidema. Investigador que venía de Australia para hacer ese inventario de territorialidad ritualizada pero, por lo visto, Sidney está más cerca de los Andes que Lima y los limeños.
Los Incas, si vivieran hoy, nos reprocharían no tener repletas nuestras universidades de futuros sabios en biología, ellos que inventaron especies animales y vegetales. Y estudiantes por millares en ciencias físicas y químicas. Y en genética. Acaso al Perú bizantino, desde los días coloniales, le repugna esas disciplinas que llevan al riesgoso campo de lo preciso. Nos encanta lo confuso. Mirándolo bien, la modernidad en materia de arquitectura y muchos signos va de lo complejo a lo sencillo. Los muebles modernos son cada día más sobrios. Como la forma de vestir. Y los inmuebles también, más simétricos que los altos edificios de las megalópolis del planeta. El mundo se vuelve incásico. Es decir, racional. Pero no Lima, con nuevas murallas (invisibles), de las que trata Max Hernández, que no son las mismas que tuvo en sus días virreinales. Son otras, peores por invisibles. ¿Capital? Es un Principado, como Mónaco. Lleno también de casinos y lugares de juegos. Uno de ellos, catastrófica ruleta, se llama Palacio de Gobierno. La ruleta del poder, del que tiene los dados cargados, puede caer en las manos de cualquiera. Realmente, de cualquiera.
Fuente: El mundo mesoamericano y el mundo andino, Editorial Universitaria Ricardo Palma, Lima, 2016, pp. 99-107 (editado).















