Juan Carlos Aguilera

El fútbol habla del hombre

Enseña algo importante: que el hombre es un ser relacional

El fútbol habla del hombre
Juan Carlos Aguilera
10 de junio del 2026

 

Cada cuatro años ocurre algo singular. Durante algunas semanas, millones de personas interrumpen sus rutinas para contemplar un mismo acontecimiento. Cambian los horarios familiares, las conversaciones giran en torno a los partidos y personas que jamás se han visto comparten alegrías y decepciones frente a una pantalla. El Campeonato Mundial de Fútbol se convierte en una especie de lenguaje universal.

Para algunos, se trata simplemente de un espectáculo deportivo. Para otros, de una industria multimillonaria. Ambas cosas son ciertas. Pero ninguna de ellas explica completamente el fenómeno. El fútbol moviliza algo más profundo que el dinero o el entretenimiento. Toca una dimensión antropológica que ayuda a comprender mejor quién es el hombre.

Los antiguos griegos comprendieron que el hombre no vive solamente para producir o consumir. Aristóteles enseñaba que algunas actividades –juego, celebración, descanso, contemplación– poseen valor por sí mismas y contribuyen al perfeccionamiento de quienes las realizan. El deporte pertenece a esta categoría. Es una actividad que permite desplegar capacidades humanas fundamentales, poner a prueba el carácter y cultivar hábitos de excelencia. Es una expresión de la libertad humana.

Por eso, desde la Antigüedad, las competencias deportivas fueron consideradas algo más que una actividad física. Los Juegos Olímpicos no eran simples espectáculos de masas. Constituían una celebración pública de las virtudes humanas. En ellos se admiraba la disciplina, el esfuerzo, la fortaleza y la capacidad de superación. El atleta competía contra otros, pero sobre todo competía contra sí mismo, contra sus propias limitaciones.

Algo semejante ocurre en el fútbol cuando se lo contempla en su mejor versión. Un partido bien jugado es una escuela de virtudes. Exige prudencia para decidir en fracciones de segundo. Fortaleza para resistir la presión. Templanza para controlar las emociones. Justicia para respetar las reglas y reconocer el mérito del adversario. No es casual que muchas de las palabras utilizadas en el deporte coincidan con el vocabulario clásico de la ética.

Esta enseñanza clásica ha encontrado en las últimas décadas una formulación filosófica particularmente fecunda gracias a Alasdair MacIntyre. En su obra After Virtue: A Study in Moral Theory (1981), el filósofo escocés distingue entre las prácticas y las instituciones. Las prácticas son actividades humanas cooperativas que poseen bienes internos propios. Las instituciones, en cambio, administran recursos, prestigio, dinero y poder, es decir, bienes externos necesarios para sostener aquellas prácticas. Warren P. Fraleigh en Right Actions in Sport: Ethics for contestants (1984), fue el primero que aplicó dicha distinción en el ámbito deportivo.

El fútbol constituye un ejemplo privilegiado de esta distinción. Sus bienes internos son la excelencia técnica, la creatividad, la inteligencia táctica, la cooperación, la lealtad al equipo y la nobleza de la competencia. Son bienes que solamente pueden comprender quienes participan auténticamente en el juego. En cambio, los contratos millonarios, la publicidad, los derechos televisivos y la fama pertenecen al ámbito de los bienes externos.

La gran cuestión ética del deporte consiste precisamente en evitar que estos bienes externos terminen destruyendo los bienes internos que les dan sentido. Cuando el dinero se vuelve más importante que el juego, cuando el espectáculo reemplaza a la excelencia, cuando la victoria justifica cualquier medio, la práctica comienza a corromperse.

No es casual que numerosos filósofos del deporte hayan llegado a considerar que la ética constituye el problema central de esta disciplina. Graham McFee en el artículo Are there philosophical issues with respect to sport (other than ethical ones)? (1998), afirmaba que las cuestiones morales emergen de la propia naturaleza del deporte. No se trata de preocupaciones añadidas desde fuera. Forman parte de su esencia. Preguntas como qué significa competir justamente, qué distingue una victoria legítima de una fraudulenta o qué relación existe entre excelencia y honor acompañan inevitablemente toda práctica deportiva auténtica.

El Mundial ofrece innumerables ejemplos de estas tensiones. Admiramos los goles y las jugadas memorables, pero también recordamos los gestos que revelan algo más profundo acerca de la condición humana. El jugador que reconoce una falta que el árbitro no vio. El equipo que mantiene la dignidad en la derrota. El capitán que asume la responsabilidad de un error. Son momentos que trascienden el marcador porque muestran virtudes humanas antes que habilidades deportivas. En este sentido, el fútbol constituye una verdadera escuela de formación moral.

Sin embargo, el fútbol enseña algo más. Enseña que el hombre es un ser relacional. Ningún jugador, por brillante que sea, puede ganar un Mundial por sí solo. El talento individual necesita integrarse en una tarea común. La estrella depende del defensor. El goleador necesita del mediocampista. El arquero requiere de toda la línea defensiva. El triunfo es siempre una obra compartida. El éxito surge de una cooperación ordenada en torno a un bien compartido.

Esta dimensión social resulta especialmente valiosa en una época marcada por el individualismo. El fútbol recuerda que el hombre florece con otros y no contra otros. Incluso el rival cumple una función positiva. No es un enemigo que deba ser destruido, sino alguien cuya presencia hace posible la competencia y permite el desarrollo de la excelencia. Sin adversario no hay partido. Sin desafío no hay crecimiento.

San Juan Pablo II insistió muchas veces en esta capacidad educativa del deporte. Lo consideraba una escuela de humanidad donde se aprendía la disciplina, el sacrificio, el respeto y la solidaridad. Benedicto XVI profundizó esta reflexión señalando que el deporte ayuda a comprender que la vida humana es una búsqueda constante de metas valiosas y que el verdadero éxito no consiste solamente en vencer, sino en crecer como persona.

Estas observaciones resultan particularmente pertinentes en el contexto de un Mundial. La tentación permanente consiste en reducir todo a la victoria. Cuando eso ocurre, el deporte pierde parte de su alma. La trampa, la corrupción, el dopaje o la violencia en los estadios son síntomas de una misma enfermedad. El triunfo deja de ser consecuencia de la excelencia y se transforma en un fin absoluto.

Los clásicos sabían que ninguna actividad humana puede sobrevivir mucho tiempo cuando olvida su finalidad propia. El fútbol existe para jugar bien, para competir noblemente y para celebrar las capacidades humanas. Ganar es importante, pero no suficiente. La victoria sin honor termina vacía.

Quizás por eso los recuerdos más duraderos de los Mundiales no suelen ser solamente los campeones. Permanecen también aquellos gestos que revelan algo grande acerca de la condición humana. El jugador que ayuda a levantarse a su rival. El equipo que supera una adversidad inesperada. El deportista que reconoce un error propio. El abrazo sincero después de una derrota dolorosa. Pues detrás del balón que rueda sobre el césped se encuentra una historia humana. Una historia que habla de esfuerzo, amistad, excelencia, pertenencia y esperanza. 

Acaso sea esta la razón más profunda por la que el fútbol sigue fascinando a millones de personas. Detrás de cada partido aparece una representación simbólica de la propia vida humana. El esfuerzo por alcanzar la excelencia. La necesidad de colaborar con otros. La experiencia de la derrota. La posibilidad de volver a comenzar. La tensión permanente entre el éxito inmediato y la fidelidad a ciertos principios.

Al final, el Mundial no trata solamente de fútbol. Trata del hombre. Y mientras el juego conserve sus bienes internos, mientras la virtud siga siendo más importante que el resultado, el balón continuará recordándonos una verdad que las sociedades modernas parecen olvidar con frecuencia: las comunidades humanas se configuran alrededor de bienes compartidos, tradiciones vivas y formas de excelencia que solo pueden alcanzarse junto a otros.

Juan Carlos Aguilera
10 de junio del 2026

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