Hugo Neira
La Conquista del Perú: el azar y la historia
Los intentos indígenas para vencer militarmente a los conquistadores
Antes del Descubrimiento, antes de la formación de los modernos imperios coloniales, Europa fue una geografía, un espacio, una civilización asediada por otras poderosas civilizaciones. Cabe recordar que la ruta al Oriente por el mar era para esquivar a los otomanos (“el potente turco, terror del universo”) que obstruían la travesía por tierra. La identidad europea se construye desde múltiples desafíos, en el dramático cotejo con mongoles y musulmanes. En última instancia, el mismo Colón y el Descubrimiento son la contraofensiva cristiana ante el cerco turco, la expansión por el espacio atlántico, un raro espacio estratégico que no dominaban sus adversarios. Por el contrario, las civilizaciones precolombinas no conocían ningún tipo de asedio foráneo, sólo sus guerras domésticas, guerras galanas y ritualizadas como en el mundo azteca, proveedoras de sangre, alimento de sus insaciables dioses.
En los clanes cusqueños, la muerte de cada Emperador daba paso, lo hemos visto, a luchas intestinas, pero al parecer limitadas, y en consecuencia, no la guerra que trajeron los castellanos, parte de un concepto de contienda, de una polemología más vasta y más cruel. La tragedia de Atahualpa que es motivo de piezas de teatro y de danzas de los actuales indios del altiplano, tópico de una historiografía regresiva, no comienza en Cajamarca sino en el saco de Roma, en las excursiones de los normandos hasta Sicilia y en la piratería árabe en el Mediterráneo. Es una tragedia que se ensayó en otros lugares, con César, con Atila, con Tamerlán, con otras conquistas no menos despiadadas. A incas y aztecas el aislamiento los preservó y los condenó.
La resistencia antieuropea en el Perú tuvo diversas modalidades y fases. La formidable rebelión de Manco Inca y el reino crepuscular pero aún resistente de Sayri Tupac en Vilcabamba y el de Tupac Amaru I, marcan los primeros momentos. En lo inmediato, en el feroz XVI, es revelador que al golpe de mano de Pizarro le siga el episodio de la rebelión de Manco Inca, quien llega a tomar las fortalezas del Cusco y sitiar la ciudad, pese a la resistencia ofrecida por los cañar y los chachapoyas que se habían unido a Gonzalo Pizarro. Los guerreros indios comenzaban a adaptarse a las nuevas condiciones de esa guerra, aprenden a voltear caballos, a montarlos, a tender celadas (la ruta de Lima a Cusco permaneció intransitable hasta la victoria del virrey Toledo de 1572) y a manejar armas de fuego. Un poco más de tiempo y conseguían fabricarlas, como en el episodio, por las mismas fechas y en condiciones muy parecidas, de la fallida conquista portuguesa en el Japón. Manco Inca probó que la etnia real de los incas, aunque diezmada por la guerra civil, no se dio por vencida. En el cerco al Cusco, defendido por los hermanos de Pizarro mientras el Marqués permanecía en Lima, los indios muestran que sabían contener a la caballería mediante fosas e incendios, aunque no llegan a arrebatar la ciudad al puñado de invasores que la defienden; hay una finta medioeval de Hernando Pizarro, quien recupera la fortaleza de Sacsahuaman “in extremis”.
Lo cierto es que Manco aísla por completo al Cusco y con un numeroso ejército descenderá sobre Lima. Las expediciones de indios auxiliares que desde la costa había enviado Pizarro en socorro de sus hermanos, fueron ferozmente despedazadas. Es una guerra sin piedad, es la guerra de la etnia inca contra los traidores yanaconas, esa suerte de domésticos del Estado que se habían puesto al lado de los extranjeros. Guerra de los últimos incas, seamos claros, no de todos los indios, y menos de “los peruanos”. Guerra sucia que se intensifica cuando se suma a los españoles don Alonso de Alvarado. Es un tiempo de “razzias”, la ferocidad está a ambos lados. Hasta que en Atocongo, en la costa, en las inmediaciones de Lima, se da la batalla decisiva. Los españoles no están solos, millares de indios auxiliares les acompañan. Manco no logra vencer pero tampoco es hecho prisionero. De lejos pudo percibir Alvarado a su gran rival, vestido con yelmo y coraza de español. Henri Favre, desde una perspectiva de antropólogo, dice que este período muestra la porosidad de la cultura andina para aprender muy rápidamente del invasor sus técnicas militares, en especial, el manejo de la artillería y la caballería, y Manco había perdonado la vida a algunos españoles, reconvertidos en instructores de sus tropas. Hay un instante en que la reconquista inca está a punto de vencer. Casi hubo una solución a la japonesa. No habría habido Perú, sino el neotahuantinsuyu.
No hay que considerar esa guerra como la del nacionalismo indio. Su sentido es otro, es la guerra legitimista de los últimos incas cusqueños, a la que se les enfrentan no sólo castellanos sino verdaderos ejércitos mixtos, indoespañoles. Por ejemplo, en su marcha a Lima, es en la sierra central del Perú en donde Manco recibe la más feroz oposición, enfrentando a los huancas, hasta el punto de que los conquistadores, de retorno de un Chile de arenales el decepcionado Almagro, se libran alegremente a una guerra señorial entre ellos mismos. Pronto desaparecerá su heroica figura, la de Manco, sin haber sido vencido, al morir misteriosamente acuchillado. Se abre, entonces, otro momento de resistencia, menos decisivo, un tiempo de repliegue. Se ha hablado, por eso, de un Estado neoindio, de 1545 a 1570. Son los días de la aislada Vilcabamba, en torno a la fortaleza de Vitcos.
Es posible imaginar la vida en ese micro-Estado crepuscular, al borde de la selva, en el desesperado refugio de los viejos sacerdotes y las mujeres sagradas. Los incas clandestinos intentaron salvar a las fuentes vivientes de la religión y de las etnias, a los ancianos y a las mujeres, o sea, al saber y a la fecundidad, preservar la antigua sapiencia y el linaje genético, sendas semillas para una resurrección cuando ya un orden hispano-indio ocupaba la mayoría de los valles andinos. Fue aquella una corte moribunda y casi sin servidores, el ceremonial tradicional se perdía en una parodia del antiguo esplendor según nos la describen los contadísimos misioneros cristianos que tuvieron el raro privilegio de visitar Vilcabamba la postrera, la trágica, recinto de un incanismo en fase terminal, la última capital perdida de los incas (sea cierto o no que Vilcabamba fue la actual Machu Picchu), un lugar bajo el signo de la derrota militar y del aislamiento. Sayri Tupac termina por abandonarla y propone en cambio un reino neoinca sometido al Emperador de España, una suerte de Estado asociado, que tampoco tuvo salida. El mismo fue a residir al valle de Urubamba, gesto de acatamiento que de nada le valió, pues murió asesinado.
Con el ajusticiamiento de Tupac Amaru en el Cusco por el triunfante Virrey Toledo, la resistencia toma otros ropajes. Manuel Burga sitúa en la década 1560-1570, es decir, muy temprano, la primera crisis del naciente sistema colonial. Guerra de las huacas, de las danzas y los mitos, el Taqui Onkoy, tan estudiado en nuestros días, rebelión de cantos y preparativos de una expulsión de los blancos y de sus dioses, la primera de una serie de manifestaciones de respuesta indígena a la dominación colonial, unas violentas, otras más sordas y sutiles, y que van a constituir la historia de la cultura indígena en los días coloniales y contemporáneos, su especificidad. Ni aniquilada ni vencedora, la indianidad permaneció. No sin cambios, no sin occidentalización. Permanecer quiere decir continuar, quedarse. Fue su mayor victoria, persistir. El tema de la supervivencia india es vasto, es casi nuestra historia, aunque el protagonista fuera cambiando: acorralada élite inca, notables indios y curacas ricos como José Gabriel Condorcanqui a fines del XVIII, líderes campesinos en el siglo XIX y XX ...no cesaron las revueltas e insurrecciones indias, formas diversas y dramáticas del rechazo (Cf. “Ethnosociologie du refus”. Cahiers des Amériques latines, París, 1981). En la cuenta larga, la de los siglos, la de los cambios lentos y profundos, los herederos están ahí, en el tiempo y el espacio modificados del actual mundo andino. Una cuenta larga, el camino indio postincaico, que comienza con un accidente en Cajamarca. El azar y la historia.















