Manuel Gago
Las actas 900k volvieron a perturbar las elecciones
Incluso así Keiko Fujimori ganaría la presidencia
Desvergonzadamente las mesas 900k en la segunda vuelta electoral siguieron el mismo patrón de la primera vuelta. En esas mesas el candidato Roberto Sánchez obtuvo apabullantes votos que contrastan con las tendencias estadísticas de las mesas cercanas. No es tan cierto, entonces, que la mitad de los electores son simpatizantes de la extrema izquierda y que un antifujimorismo militante es capaz de mandar al país al despeñadero.
La “fiesta democrática” –como se suele señalar a esta guerra de posiciones políticas– está llegando a su final y deja huellas de crímenes cometidos. En el mejor de los casos, la ONPE y JNE son autores de la lentitud en esta era cibernética y de inteligencia artificial que todo lo acelera y lo hace fácil. En el peor de los casos, serían entidades tomadas por criminales.
Según los expertos que miran con lupa las actas y todo lo publicado por la ONPE, además de detectar las debilidades mafiosas de sus sistemas de cómputo, todo indica que Keiko Fujimori ganará las elecciones. En ese caso resultaría muy triste el balconazo de Sánchez: cantar victoria antes de mirar la realidad.
Si Keiko gana tendrá que dar señales inmediatas destinadas a reducir el panorama incierto y apaciguar los ánimos crispados de la población. Perú no merece repetir la peor crisis política vivida en el último quinquenio. Tendrá que buscar consensos cuanto antes para enfrentar lo que vendrá y actuar rápidamente y con voceros capaces de explicar con claridad sus pasos y ofrecer tranquilidad al país. Qué la historia no se repita. Es hora de experimentar la buena política abandonada y desconocida por los más jóvenes.
La historia peruana está llena de ramillete de espinas que han configurado ánimos pesimistas y de suspicacias en la población. Los comunistas siempre atizan odios y resentimientos. La tan característica tosquedad es una reacción de defensa frente a quien puede avasallar. Los chistes del acriollado y el cholito en la capital fueron (o son) reflejo de la realidad: la unidad peruana es una quimera. Los nacionalistas, la mayoría de tendencia izquierdista, como si fueran la gran cosa, perturban la convivencia con los que piensan y sienten diferente. Les basta conocer el voto distinto para reaccionar con violencia. Es un fenómeno nefasto y universal.
Sucedió en Reino Unido al plantearse la salida (Brexit) de la Unión Europea y en Estados Unidos con la candidatura de Donald Trump. Hoy le llaman polarización social, es la respuesta contra quienes tienen planes específicos contrarios a la historia, las costumbres y la fe de los pueblos. Es la izquierda, la que hábilmente utiliza las instituciones internacionales, capitales privados, universidades prestigiosas, medios de gran alcance, mercancías de consumo popular y una larga lista de “narrativas” y herramientas útiles para transformar la mentalidad de la humanidad.
Perú no es una isla. Los jóvenes viajan y son contagiados de una imperdible y seductora universalidad social con contenidos ideológicos. Hoy vemos con desconfianza sus resultados avasalladores, y no contamos con maneras contundentes para detener sus consecuencias, a juicio del suscrito, deshumanizadoras.
Bueno pues, la cancha está marcada. Los comunistas –que niegan ser comunistas– no se quedarán tranquilos con la derrota y, de ser el caso, tampoco su oposición. El uso de la mentira y la verdad diferencia a los dos frentes. Los comunistas mienten con facilidad extrema, aprovechándose de una población, repetimos, cargada de desconfianza y frustraciones por los ofrecimientos no cumplidos por gobiernos que en estos últimos 26 años estuvieron controlados por progresistas y socialistas.
















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