Arturo Valverde
Caballerescas
Sobre cómo las novelas influyeron en los conquistadores españoles
A mis manos, por cosas del destino, ha llegado un libro cuyo anterior propietario, un diplomático de renombre internacional, en buena hora supo conservar en buen estado, pese a los cincuenta y pico años de su publicación. Se titula “Hernando de Soto: El Amadís de la Florida”, del escritor ecuatoriano, Miguel Albornoz, y ha capturado mi atención.
Una frase del Don Quijote, de Cervantes, al inicio de la obra de Albornoz, es un tiro directo a la diana, porque destaca la profunda influencia de la literatura caballeresca en el espíritu de la época, como en las obras Amadís de Gaula o Don Quijote de la Mancha.
Mal haríamos, como explica el autor, en mirar únicamente como un pasatiempo a este género cultivado allá en el siglo XV y XVI. No, las novelas de caballería, a decir de Albornoz, van más allá de un mero pasatiempo para los jóvenes y ancianos: “Eran el estilo de la conversación, señalaban las normas de vida, de expresión, de decisión o de muerte, según los casos…”.
Me agrada imaginarme a aquel joven de Soto, como tantos otros aventureros, animados por la emocionante lectura de tales novelas. Me los imagino devorando sus páginas y soñándose despiertos siguiendo el camino de sus héroes.
“Hernando, el Caballero del Mar —escribe Albornoz— ya tenía señor a quién servir y aventura a qué consagrarse. De paje tenía que llegar a escudero, a soldado, a capitán y caballero, con espada, caballo, escudo y armadura. Para ello solamente tenía que ser valiente y mantener en alto su sentido del honor, como lo había jurado a su padre. Así lo había leído también en las gestas de los Caballeros de la Tabla Redonda y en cuantos libros de caballería había podido conocer, como el del Palmerín de Inglaterra y el Tirante el Blanco. En aquella tarde de abril, cuando el agua rodeaba ya todos sus horizontes, Hernando de Soto, mirando por la borda hacia el sol en el ocaso, bajo el susurro de las velas, estrechaba el libro de Amadís sobre su pecho. Sentía que él y el Doncel del Mar, en íntima identificación, viajaban juntos a un novedoso escenario de aventuras: las Indias de Occidente”.
Más que un pasatiempo, una novela puede ser el detonante perfecto de las proezas más grandes de la historia de la humanidad. Lo que a su vez es un excelente motivo para escribirlas o leerlas.
















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