Hugo Neira
Virreinato y desobediencia civil
Sobre el fracaso del absolutismo en América
Lo que la América española recibe del Absolutismo –virreyes y no reyes–, apenas agentes de ejecución de un monarca lejano, no fue trascendente, fue un ensayo de Estado mitigado por la distancia y el laxismo administrativo ante los prebendados locales y nunca se logró domesticar a los grupos oligárquicos criollos. En cambio, la emergencia de un nuevo tipo de Estado, tan lejos y tan ajeno, de tipo centralista y racional, fruto paradójico de las guerras europeas y de situaciones de crisis, no pudo ser percibida desde la muelle vida cotidiana y la praxis administrativa del imperio español en Indias. Entre la Península y sus provincias americanas, fue disímil el movimiento de ideas y la evolución histórica.
Fueron las Indias, como todo hecho de dominación, cosa juzgada, manejada por un Consejo establecido desde 1523 en Sevilla, compuesto de letrados y un Presidente generalmente eclesiástico. Y si bien es verdad que la naturaleza de los indios suscita el formidable debate sobre la esclavitud en América, constituyendo el sujeto de controversia de la obra del dominico Francisco de Vitoria y sus célebres “Reelecciones” –entre otras muchas apasionantes polémicas en la Península que abrieron el paso al Estado de Derecho, el padre Mariana y su derecho a la resistencia, la obra de los humanistas españoles como Francisco Suárez–, no deja de ser verdad que en ese mismo debate las posesiones americanas no tuvieron parte.
Así, la “intelligentsia” colonial va a ignorar lo que ocupa la mente moderna durante un par de siglos, esto es, el nacimiento y la utilidad del Leviatán, el Estado Moderno, el sueño de Hobbes. En suma, la génesis del Estado absoluto no pudo percibirse en los nuevos territorios. Los criollos coloniales, a lo más vecinos y gobernadores, desde su condición de provincianos americanos, no se asomaron a la gran política que era algo que ocurría en la Metrópoli, y no en Chuquisaca ni en Lima. Hay que esperar hasta el XVIII para la aventura ibérica del limeño Pablo de Olavide, Ministro de Carlos III. Y al XIX, para el cosmopolitismo y el gran proyecto unitario de un Bolívar, no sin dejar de decir que éste mismo permaneció ininteligible para una gran parte de sus contemporáneos y los caudillos, tan provincianos, que toman el relevo de la generación de ilustrados que hicieron la Independencia.
¿Qué eslabón de nuestra historia deja de cumplirse con el fracaso del Absolutismo en América? Sí, ¿qué nos falta? Una nación no es sino un rosario de situaciones, y algún precio se paga cuando el azar o la necesidad hace saltar alguno de los engarces. Si por Absolutismo leemos Virrey, España, Colonia y Autoritarismo, tendremos la impresión de que nada perdimos al prescindir de una administración laxa y costosa. Pero ésa no es sino la visión azucarada de nuestra historia. Con el Virrey en el papel del malvado, lógicamente todo lo que se le oponga, desde marqueses cusqueños que se niegan a obedecer a las autoridades, a indios rebeldes y contrabandistas criollos, cuentan “a priori” con nuestra simpatía. Acaso porque no hemos entendido lo que estaba realmente en juego. El Absolutismo no fue nunca el gobierno de uno solo sobre millones de hombres sino, como lo ha demostrado Maravall para España, el ejercicio del poder de diversas “élites” en torno al Estado y no hay sino que recordar la importancia de los “validos” y las camarillas en torno del Monarca, o la biografía del Conde Duque de Olivares.
La monarquía absoluta estableció por doquier el principio de obediencia a la Ley, al Estado, y el poder de decisión en un solo lugar posible de regulación de conflicto social, es decir, el Soberano. Vale la pena detenerse un poco en este esquema de gobierno que aliena la totalidad de los súbditos a un solo individuo, el Príncipe, temido y necesario, pero que en cambio va a permitir el fin del estado natural de la “guerra de todos contra todos” (Hobbes) y en consecuencia abre paso al Estado de derecho. Este esquema, a la vez tiránico y ordenador, ocupa la escena política por el par de siglos que preceden a la explosión industrial y colonial. Los monarcas absolutos, y en el XVIII, déspotas ilustrados, Federico II de Prusia o Catalina de Rusia, Carlos III en España, Luis XIV, fueron, de alguna manera, la condición, el requisito institucional, la mutación política decisiva que antecede a la Europa de naciones, y no una patología de la modernidad. Son el gran siglo y preparan el XIX, siglo de la expansión colonialista, precedido, para los europeos se entiende, por una era de despotismo y conocimiento, de Soberanía de Estado y de ciencia moderna (Cf. L'État et les esclaves de B. Barret-Kriegel).
Y si la victoria de la Razón de Estado sobre las fuerzas centrífugas viene a revelarnos uno de los secretos del progreso secular de la civilización europea a partir de las Luces, entonces, nuestro enjuiciamiento de las luchas por el poder colonial entre peninsulares y criollos debe modificarse radicalmente. Y no porque los criollos se opusieran al Estado virreinal (¿es que lo hubo?) en nombre de otra idea de la administración pública, sino porque, en realidad, acomodados en estamentos y corporaciones privilegiadas, acaso no querían ninguno. La alegre anarquía señorial se prolonga hasta nuestros días.
Texto perteneciente al libro Hacia la tercera mitad (1996).















