Carlos Adrianzén
¿Escobita nueva?
La compleja y problemática situación económica e institucional del país
El Perú está de fiesta. Hemos logrado ajustadamente deshacernos de una rémora de gobiernos de izquierda y tenemos una nueva presidenta que, en cambio, ofrece orden y limpieza institucional. Dicho sea de paso, una tarea enorme y extraordinariamente compleja.
Asimismo, esta semana recordamos que han transcurrido 205 años desde el nacimiento de la República. Vale la pena, por ello, poner los retos actuales en perspectiva. La miopía keynesiana-bastarda nos ha costado demasiado.
Nacimos como consecuencia de un largo proceso de abandono. Tras tres siglos como territorios españoles de ultramar fuimos, en algún momento de ese período, reconocidos como uno de los espacios más ricos del planeta. Sin embargo, entre el abandono, el declive hispano y las corrientes globalizadoras de su época, en 1821 los peruanos nos embarcamos en la tarea de construir una República.
Declaramos nuestra independencia bajo el liderazgo de dos personajes externos al territorio peruano –mercenarios asalariados de intereses ingleses… diría un observador desaprensivo–: José de San Martín, nacido en el Virreinato del Río de la Plata, y Simón Bolívar Palacios, natural del Virreinato de Nueva Granada.
Entre 1821 y 2026 han transcurrido 205 años. Durante ese período, el mejor estimado cliométrico disponible —construido a partir de las bases de Angus Maddison y de los Indicadores de Desarrollo Global del Banco Mundial— sugiere que la economía peruana se ha expandido aproximadamente 340 veces; que el producto por habitante, en términos reales, es hoy 16 veces mayor; y que, pese a ello, nuestro nivel de desarrollo relativo se ha reducido en 7,2% respecto al de Estados Unidos (cálculos efectuados en dólares constantes de 2015).
En consecuencia, podemos afirmar que el Perú es hoy una economía mucho más grande y que los peruanos vivimos mejor que nunca. Sin embargo, también debemos reconocer que seguimos siendo un país marcadamente subdesarrollado: nuestro producto por habitante equivale aproximadamente a una décima parte del correspondiente a Estados Unidos el año pasado.
En estas líneas voy a reducir significativamente el horizonte temporal del análisis. Me olvidaré, con abundancia de razones, tanto de la destructiva dictadura misógina, de la guerra con un país vecino en la cual nunca debimos habernos involucrado cuanto del iluso y corruptísimo velascato. Me concentraré en los desafíos que recibe el nuevo gobierno –a partir del desempeño económico observado durante los últimos seis regímenes–. Es decir, desde mediados de la década de 1990. Lo hago con la mejor de las intenciones: simplificar y aclarar los retos que recibe Keiko Fujimori.
La situación heredada hoy es compleja —y tan difícil de revertir— que exigirle una transformación integral orientada hacia el capitalismo o el desarrollo económico podría llevarla a considerar la renuncia antes incluso de comenzar. Por ello, me enfocaré en aquello que parece posible bajo las condiciones actuales y considerando la enorme inercia institucional acumulada.
Las tres últimas décadas
A comienzos de la década de 1990 apostamos por construir algo que parecía inédito en América Latina: un verdadero milagro económico. Luego del caos macroeconómico e institucional generado por el socialismo-mercantilista del APRA y de Izquierda Unida durante los años ochenta, un nuevo gobierno intentó cambiar de rumbo mediante la estabilización macroeconómica y la implementación parcial de reformas de mercado. Con razón –entonces– se empezó a hablar de un "milagro peruano", aunque todavía en formación.
Sin embargo, ese proceso terminó mucho antes de alcanzar su madurez. La reversión fue gradual, pero constante. Los seis regímenes posteriores terminaron deshaciendo gran parte de lo avanzado. Me refiero a los gobiernos de: (1) Fujimori II; (2) Toledo Manrique; (3) García Pérez II; (4) Humala Dasso; (5) PPK y sucesores; y (6) Castillo Terrones y sucesores. En las cuatro figuras presentadas, cada administración aparece ubicada dentro del quinquenio en el que ejerció influencia política efectiva. La tendencia general en este largo lapso es clara.
Durante los tres primeros gobiernos predominan anti-reformas presentadas bajo diversas versiones de "fujimorismo", que desplazan gradualmente al país hacia formas de mercantilismo estatista o de centroizquierda. En los tres regímenes posteriores, las anti-reformas se vuelven más explícitas y avanzan abiertamente hacia posiciones de izquierda, sea de orientación caviar o filo-senderista. Las cuatro figuras reflejan una misma secuencia causal.
Primera figura: la inversión privada pierde dinamismo

Con el cambio gradual de rumbo hacia la izquierda, iniciado durante el segundo gobierno de Fujimori, los flujos de inversión privada comienzan a deteriorarse. La economía sigue creciendo, pero lo hace con una mediocridad cada vez más típica de América Latina. La reducción de la pobreza pierde intensidad y, aunque la inflación converge exitosamente hacia la meta del Banco Central gracias a la autonomía constitucional de dicha institución –introducida en la primera parte del Fujimorato–, el desempeño agregado ya no puede calificarse como extraordinario. A menos que la comparación se haga con economías particularmente rezagadas de la región, como Venezuela, México, Argentina o Bolivia. Ya resulta difícil seguir hablando de un milagro económico.
Segunda figura: el crecimiento primero acelera y luego se estanca

Las reformas parciales heredadas de la década de 1990, combinadas con un entorno externo favorable, permitieron que la economía continuara mejorando durante varios años. Entre Fujimori II y García Pérez II, el producto por habitante llegó a duplicarse en términos reales. Sin embargo, a partir del gobierno de Humala, el proceso pierde impulso y termina estancándose. La mejor prueba de ello es la evolución del volumen exportado, indicador que captura el efecto inter temporal de las reformas implementadas anteriormente. El pobre desempeño posterior refleja, por el contrario, el efecto acumulado de las anti-reformas introducidas desde entonces.
Tercera figura: el enorme deterioro institucional
Si existe un rasgo distintivo del período analizado, es el progresivo deterioro de la gobernanza estatal.

Los continuos cambios regulatorios impulsados desde el Ejecutivo y el Legislativo redujeron la calidad institucional del país, deteriorando indicadores fundamentales como el cómo control de la corrupción burocrática y la calidad regulatoria. El abuso y la flagrancia se institucionalizan. Este deterioro no solo afecta la confianza empresarial; también incrementa la informalidad, reduce la eficacia estatal y desalienta tanto la inversión privada como la inversión extranjera directa. Por ello, no resulta casual que la economía haya terminado convergiendo hacia tasas de crecimiento cercanas al 2% anual por habitante.
Cuarta figura: el fin del auge peruano
La consecuencia final de los procesos anteriores es el fin del auge peruano.

A pesar de mantener estabilidad monetaria y de continuar destacando frente a varios vecinos latinoamericanos, el país ha experimentado un avance perverso hacia un mayor subdesarrollo relativo. Mientras entre Fujimori II y García Pérez II se observaba una ganancia acumulada de aproximadamente 5,6 puntos porcentuales, en el crecimiento del producto por habitante, la etapa posterior muestra una pérdida cercana a 0,9 puntos porcentuales. En otras palabras, dejamos de converger hacia los países desarrollados y comenzamos a alejarnos nuevamente de ellos.
Dos más dos son cuatro
No nos engañemos. Retóricas fuera, la señora Fujimori podría optar por preservar lo fácil. El esquema económico heredado del período post-humalista. Sin embargo, dicha alternativa está cargada de riesgos. Estos implican más que los errores que cometió su padre en su segundo periodo de gobierno. No la ayudará un fenómeno de El Niño más costoso de lo actualmente previsto, combinado con una coyuntura política polarizada, podría catalizar severos problemas.
Adicionalmente, el escenario heredado incluye un aparato estatal crecientemente ineficaz y corrupto. Incapaz de asegurar seguridad ciudadana u orden público, con debilidades fiscales y una dependencia significativa de condiciones externas favorables. Si a ello se le sumase un deterioro inesperado de los términos de intercambio, la nueva administración podría enfrentarse rápidamente a un escenario mucho más incierto y espinoso de lo que hoy parece.
Paradójicamente, nada beneficiaría más a sus adversarios ideológicos que verla repetir los mismos errores que ellos cometieron gobernando durante las últimas dos décadas.
















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