Alicia Barco
La prensa como contrapoder en la era de los algoritmos y los clics
Se necesita un periodismo libre, fiscalizador y consciente
La democracia no perece únicamente bajo las botas del autoritarismo clásico; hoy se erosiona, en silencio, ante la pasividad de una ciudadanía encandilada por el algoritmo y la complicidad de una política que aprendió a manipular las redes antes que a gobernar. A escasos días de un proceso electoral decisivo, el escenario político en Lima nos ha vuelto a recordar una verdad incómoda: cuando la política se reduce a un scroll infinito de efectismo, la verdad se convierte en el primer daño colateral.
El reciente episodio protagonizado por la campaña del candidato Víctor Bazán —quien difundió en sus plataformas digitales un polémico video del exministro Daniel Urresti instando a votar por Alberto Bruce, para luego borrarlo tras el revuelo y la controversia jurídica desatada— no es un hecho aislado; es uno de los síntomas de un mal de época. Es el uso instrumental de la imagen, la desinformación como estrategia de impacto rápido y la cobardía digital del "publico, conmociono y luego elimino".
En este ecosistema contaminado por la posverdad, los bots y la propaganda de consumo instantáneo, la pregunta sobre el rol del periodismo deja de ser teórica para volverse una urgencia democrática: ¿cuál es el verdadero contrapoder de la prensa en la era digital?
Históricamente el periodismo ha sido concebido como el "cuarto poder", aquel guardián encargado de vigilar los excesos del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Sin embargo, en la era de la inteligencia artificial, la manipulación mediática y las campañas de guerra sucia en tiempo real la prensa está llamada a ejercer un contra poder algorítmico y ético.
El contrapoder hoy no consiste simplemente en reportar la última "bomba" mediática o servir de megáfono para los exabruptos de candidatos desesperados por arañar un punto en las encuestas. El verdadero contrapoder consiste en desarmar la narrativa manipuladora. Significa no permitir que un video editado, una declaración sacada de contexto o un desmarque de última hora se consuman sin el debido filtro del rigor, la verificación y la confrontación con la ley.
Cuando un actor político sube un contenido a redes sociales buscando influir en el electorado, y luego lo borra al verse acorralado, la función periodística no termina en el pantallazo o en el clickbait. La responsabilidad de la prensa es fiscalizar la trazabilidad del acto, fiscalizar la ética del emisor y cuestionar la intencionalidad detrás del impacto. Si la política juega a esconder la mano tras lanzar la piedra en el espacio virtual, el periodismo debe sostener la linterna y exigir explicaciones frente al micrófono.
Frente al avance de la inteligencia artificial y el marketing de choque —donde cualquier límite ético parece difuminarse con tal de captar la atención de una ciudadanía fragmentada—, el humanismo digital no es una utopía académica: es una trinchera. Colocar a la persona, la verdad y la dignidad en el centro del debate público requiere una prensa incómoda, capacitada técnicamente y que no se deje amedrentar ni seducir por las métricas de vanidad.
A las puertas de elegir a las autoridades que conducirán los destinos de nuestra capital y nuestros distritos, los ciudadanos no necesitan más ruido ni más fuegos artificiales digitales. Necesitan luz. Y esa luz solo la puede encender un periodismo libre, fiscalizador y consciente de que su compromiso sagrado no es con el algoritmo, ni con el candidato de turno, sino con la verdad y con la democracia.
















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