Pablo Revilla
Cuando el delincuente se convierte en ejemplo
Si se tolera la corrupción, el crimen puede convertirse en una aspiración
Hace un tiempo, mi abuelo, que en paz descanse, me decía que, cuando él era joven, era normal querer ser policía o militar. En su recuerdo, el uniforme representaba autoridad, servicio y una razón para sentirse orgulloso. De aquella conversación me quedó una pregunta: ¿cuáles son los modelos de los jóvenes de hoy?
Un reportaje de AFP, publicado en enero de 2026, ofrece una respuesta inquietante. El director de la policía judicial de Costa Rica relató que un niño de trece años le había dicho que quería ser narcotraficante porque a los de su barrio les iba “muy bien”. El menor encontraba en esas personas una imagen de prosperidad que deseaba para sí mismo.
Sería injusto afirmar que todos los adolescentes piensan así. También sería ingenuo imaginar que la época de nuestros abuelos estuvo libre de delincuentes admirados o autoridades corruptas. Pero aquel testimonio nos obliga a preguntarnos ¿qué aprende un niño cuando el criminal parece recibir las recompensas que el ciudadano honesto difícilmente alcanza? y ¿qué mensaje transmitimos cuando exigimos respeto por la ley, pero toleramos que burlarla sea motivo de admiración?
La defensa del trabajo y del esfuerzo pierde credibilidad si los adultos celebramos al que consigue dinero sin preguntar de dónde viene. La pérdida de valores también se expresa en esas pequeñas concesiones con las que justificamos la deshonestidad cuando nos beneficia.
Los políticos tienen una responsabilidad especial porque sus actos son ejemplos públicos. La frase “roba, pero hace obra” resume una tolerancia que debería avergonzarnos, aceptamos que una autoridad se apropie de lo ajeno siempre que entregue algo a cambio. ¿Con qué coherencia pedimos honestidad a los jóvenes si nosotros mismos la tratamos como una cualidad prescindible?
El prestigio de la autoridad tampoco se recupera únicamente con discursos. Un policía que protege al vecino construye confianza; uno que cobra una coima destruye, junto con ella, la posibilidad de convertirse en ejemplo. Para que un joven admire el servicio público, necesita encontrar personas que lo ejerzan con integridad.
Combatir la delincuencia exige detener y sancionar a quienes delinquen. También exige impedir que el crimen se convierta en una aspiración. Eso supone ofrecer oportunidades para progresar y demostrar que infringir la ley tiene consecuencias, aunque el responsable tenga dinero, un cargo público o influencias.
Cuando recuerdo las palabras de mi abuelo, pienso en lo que una sociedad enseña a admirar. Algo grave ocurre cuando un niño mira al hombre que amenaza a su barrio y ve en él su mejor futuro.
















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