Aldo Llanos
Keiko Fujimori nueva presidente del Perú
Una mirada mística cristiana
A la cuarta fue "la vencida", y nuevamente el apellido Fujimori vuelve a la casa de Pizarro generando un ambiente polarizado que refleja el resultado de la votación. Por un lado, hay cristianos de derecha que piensan que el país se ha salvado (o mejor dicho, el modelo económico); por el otro, cristianos de izquierda (o simplemente anti-fujimoristas), quienes creen que se viene una dictadura anti-derechos.
A primera vista, parecería que ambas facciones no tienen nada en común (solo basta con ojear sus publicaciones y reacciones en redes), no obstante, estas no están tan alejadas como podría pensarse porque dichas facciones no olvidan –a su manera– que, con la encarnación, lo eterno se ha alojado en lo temporal y que naturaleza y gracia van mezcladas en la vida de los hombres.
En efecto, ambas facciones asumen en medio de sus desencuentros y desencantos, que lo temporal es el lugar de elección de lo espiritual y que la ciudad de Dios actúa en la ciudad de los hombres dándole densidad y verdadera consistencia. Si tan solo comprendiéramos que los poderes del Estado no podrían existir como tales sin el poder espiritual de los hombres. Y no se trata de tomar partido maniqueamente por el Estado o por el poder espiritual como si la ciudad de Dios estuviese completamente desentendida de la ciudad de los hombres.
Por ello, el deseo de que la gobernanza de la presidenta sea de armonía y desarrollo de los cristianos de derecha es, en el fondo, el mismo deseo de los cristianos de izquierda quiénes guardan la esperanza de que dicha gobernanza no decante en abusos y corrupción. Y es que místicamente, ambos deseos, descansan en el mismo deseo primigenio de vivir con Él y en Él.
Contemplemos pues esta nueva elección con una mirada mística, sin olvidar que Dios se ha encarnado, que este quinquenio también es parte del tiempo de la creación y que todo gobierno terrenal tiene un sentido dentro de la economía de la salvación. Por ello, cristianamente contemplada, la vida política tiene una dignidad particular y no puede no tener importancia porque Cristo es el señor de la historia, su principio y fundamento.
Por lo tanto, considero que la descristianización del Perú (y más aceleradamente, del mundo occidental), es un problema de raíz mística que consiste en una suerte de docetismo práctico e inconsciente que impide a muchos de nuestros compatriotas comprender que el cristiano está ligado a la ciudad de los hombres porque es capaz de detectar en esta la presencia de la ciudad de Dios... y si el cristianismo es verdadero, entonces todo lo que es verdadero participa del cristianismo así no haya cristianos que puedan y quieran darse cuenta.
¡Viva el Perú!
(ἐπὶ γῆς εἰρήνη ἐν ἀνθρώποις εὐδοκίας)
(epì gês eirḗnē en anthrṓpois eudokías)
(Y paz a los hombres que aman al Señor)
















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