Darío Enríquez

De la Smart City trunca a la ciudad agéntica

Inflación discursiva, reciclaje semiótico y fetiches conceptuales

De la Smart City trunca a la ciudad agéntica
Darío Enríquez
04 de septiembre del 2026

 

El término agéntico irrumpe en el debate sobre inteligencia artificial con expectativas algo desbordadas. Por ello conviene precisar el concepto antes de trasladarlo al ámbito de las organizaciones y, particularmente, de la gestión urbana.

Es insuficiente que una inteligencia artificial converse, responda preguntas o genere contenidos para ser considerada agéntica. Se trata de arquitecturas capaces de recibir objetivos, interpretar el entorno, ejecutar acciones y verificar resultados. Su característica esencial radica en la capacidad de actuar con cierta autonomía.

En este marco, conviene distinguir tres niveles: la IA asistencial que apoya tareas humanas, la automatización que ejecuta secuencias predefinidas y el agente que decide y adapta sus pasos según las circunstancias. En la práctica, estos niveles se combinan y sus fronteras aún evolucionan.

De tareas puntuales a organizaciones agénticas

Usar agentes en funciones aisladas no convierte a una institución en agéntica. Una organización agéntica integra estos sistemas en sus procesos clave, coordinando la operativa mientras las personas supervisan, corrigen y asumen la responsabilidad pertinente. Autonomía tecnológica no equivale a eficacia. Un agente puede funcionar muy bien en tareas repetitivas y previsibles, pero puede fallar ante situaciones excepcionales o generar errores invisibles de alto costo. Su evaluación debe considerar confiabilidad, trazabilidad, costos y resultados efectivos, más allá del porcentaje de tareas automatizadas.

El desencanto de la Smart City y la analogía empresarial

Trasladado al territorio, el concepto adquiere una dimensión mayor. Una ciudad genera continuamente información sobre movilidad, residuos, alumbrado, agua, pavimentos, tráfico, contaminación, obras, vida cultural y espacios públicos. La smart city tradicional busca principalmente capturar, conectar, procesar y visualizar esa información.

La primera ola de smart cities quedó en muchos casos reducida a tableros de control y pilotos aislados, incapaces de transformar la realidad. Hoy, el riesgo es que el agentismo se convierta en un nuevo envoltorio retórico, un reciclaje semiótico que empaqueta promesas incumplidas.

El mundo corporativo ofrece un paralelo: la “transformación digital” acumuló datos (big data) y tableros de mando (dashboards) sin lograr decisiones ágiles y eficaces. La empresa agéntica surge como una respuesta a este estancamiento, trasladando la información directamente a la acción logística o comercial. ¿Acaso otra moda onerosa? ¿Un nuevo fetiche conceptual? ¿Huir hacia adelante? La pregunta crítica es si la ciudad agéntica podría evitar repetir ese patrón.

Aplicación urbana y advertencias críticas

La propuesta agéntica busca superar el diagnóstico pasivo: no sólo registrar congestión, residuos o eventos, sino interpretar el entorno, detectar problemas o anomalías, anticipar necesidades, establecer prioridades, proponer o ejecutar intervenciones y verificar sus resultados. Todo ello, antes del reclamo ciudadano. Sin embargo, este salto plantea advertencias:

  • Brecha material: Un agente puede detectar un desperfecto en tiempo real, pero si la municipalidad carece de presupuesto o cuadrillas, la anticipación algorítmica sólo generará frustración al visibilizar problemas que la gestión no puede reparar físicamente.
  • Sesgo territorial: Los datos suelen concentrarse en zonas céntricas, sobrerreaccionando en barrios hiperconectados e invisibilizando periferias subatendidas.
  • Dependencia tecnológica: Delegar la interpretación del territorio en sistemas agénticos implica el riesgo de una subordinación en temas críticos ante proveedores privados de software, comprometiendo la autonomía pública.

¿Acaso una versión recargada de la Smart City?

Una municipalidad agéntica iría más allá de una simple entidad automatizada o una versión recargada de la Smart City. Sería una organización capaz de transformar eficazmente información en intervención directa, manteniendo bajo estricta responsabilidad humana las decisiones que impliquen autoridad pública, derechos ciudadanos o recursos estratégicos.

El desafío consiste en que una arquitectura agéntica detecte problemas y tome acción autónoma: resolviéndolos, haciendo recomendaciones o derivándolos a una decisión humana. La cuestión central es operativa y decisional: ¿puede la gestión urbana aprender continuamente de su territorio y actuar de oficio antes de que los problemas se conviertan en reclamos ciudadanos?

Darío Enríquez
04 de septiembre del 2026

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