Julio Jesús Puescas

La población peruana crece cada vez menos

Podría comenzar a decrecer en menos de 15 años

La población peruana crece cada vez menos
Julio Jesús Puescas
03 de septiembre del 2026

 

El Perú se está quedando sin una generación. La población peruana podría alcanzar su máximo alrededor de 2040, con apenas 36 millones de habitantes, cuando hasta hace poco se esperaba que el pico llegara cerca de 2060. Son veinte años menos de crecimiento demográfico. Detrás de esta aceleración existe un dato determinante: la mujer peruana tiene actualmente 1,7 hijos en promedio, muy por debajo de los 2,1 necesarios para garantizar el reemplazo generacional. 

El cambio también se observa en la formación de las familias. En 2010 todavía eran más numerosas las madres de 20 a 24 años que las de 30 a 34; actualmente ocurre lo contrario. A la par, la maternidad se posterga mientras disminuyen las uniones matrimoniales: en 2025 se registraron 61,159 matrimonios, frente a los 69,116 de 2024. La convivencia y la soltería tienen cada vez mayor presencia y los hogares son progresivamente más pequeños. Hace aproximadamente veinte años, cerca de la mitad de los hogares peruanos estaba constituida por padre, madre e hijos; actualmente esta estructura representa menos del 30%. Estamos, por tanto, ante el riesgo real de un invierno demográfico. ¿Por qué está ocurriendo?

Una de las causas está en las condiciones económicas de la juventud. En el primer trimestre de 2026, la PEA de 14 a 24 años alcanzó casi tres millones de personas y el desempleo juvenil llegó a 9.6%, frente al 5.1% nacional. Entre abril de 2025 y marzo de 2026 el 84.8% de los trabajadores jóvenes se encontraba en la informalidad y el 56.1% estaba subempleado. Una persona que inicia su vida adulta entre empleos precarios e ingresos insuficientes difícilmente puede independizarse, acceder a una vivienda, generar ahorro y construir el patrimonio necesario para sostener un hogar. Por ende, la formación familiar se posterga y se reduce el tiempo disponible para tener varios hijos.

Esta realidad obliga a discutir el funcionamiento del capitalismo desde la perspectiva de la Nueva Derecha Peruana. Defender el mercado, la propiedad privada y la empresa privada es compatible con reconocer que la economía debe estar subordinada a fines sociales superiores. Una organización basada en jornadas extensas, concentración urbana y competencia individual debilita los vínculos comunitarios cuando la producción y el consumo ocupan el centro de la vida. El trabajo debe permitir construir una existencia digna, adquirir patrimonio y sostener una familia. No obstante, cuando la realización personal queda reducida a ingresos, carrera, consumo y experiencias individuales, la familia comienza a percibirse como una carga que compite por tiempo y recursos.

Sobre esta base económica se desarrolla una transformación cultural marcada por el hiperindividualismo. La autorrealización personal adquiere prioridad frente a los compromisos permanentes y las relaciones de pareja quedan cada vez más vinculadas a la cultura de lo rápido, los vínculos descartables y la búsqueda permanente de placer sexual; la cual dificulta la construcción de relaciones capaces de atravesar sacrificios y dificultades. El amor exige lo contrario: permanencia, responsabilidad, sacrificio y voluntad de construir algo que trascienda a los individuos; mientras que formar una familia significa aceptar que existen obligaciones que no desaparecen cuando desaparece el entusiasmo inicial. Cuando una sociedad pierde esa concepción del amor y de la familia, pierde también uno de los mecanismos culturales fundamentales mediante los cuales se reproduce. A ello se suma la disputa ideológica sobre los roles entre hombres y mujeres. La cultura digital amplifica permanentemente modelos contradictorios: relaciones basadas en conveniencias, discursos de confrontación entre sexos y una concepción de la libertad cada vez más separada de la responsabilidad.

El resultado es una sociedad cada vez más atomizada: hogares más pequeños, menos niños y más personas viviendo solas. En 2025, los hogares unipersonales representaban alrededor del 15% del total peruano. El Estado, entretanto, continúa diseñando buena parte de sus políticas alrededor del individuo aislado y carece de una estrategia transversal que coloque a la familia como institución central del proyecto nacional. A esto se suma la difusión de discursos que presentan el modelo familiar como una imposición superada, disolviendo la idea de que existe una única estructura familiar y sustituyéndola por la premisa de que toda configuración es igualmente válida, lo que en la práctica diluye cualquier incentivo cultural claro hacia la formación de hogares estables.

Las consecuencias alcanzarán directamente la capacidad del Perú para sostener su desarrollo. Una población con menos jóvenes tendrá una fuerza laboral menor, reduciendo la capacidad de impulsar industria, innovación, infraestructura y generación de riqueza. Al mismo tiempo, crecerá la población adulta mayor que necesitará pensiones, salud y cuidados, justamente cuando habrá menos trabajadores para financiarlos. Esta presión debilitará las cuentas públicas, reducirá el ingreso per cápita y dificultará todavía más la superación de la trampa del ingreso medio. Ahora bien, la mención a la economía importa porque sostiene las condiciones materiales de una sociedad: cuando disminuye la capacidad productiva también disminuyen las posibilidades de empleo, servicios de calidad y bienestar para las familias.

La reducción de la población activa aumentará la tentación de resolver el déficit de mano de obra con una migración descompensada, sin control ni criterios de integración cultural, replicando el patrón observado con parte de la migración venezolana reciente, que coincidió con incrementos de criminalidad en determinadas zonas del país. Una migración masiva y desordenada de poblaciones incompatibles con el proyecto nacional generará choques culturales, tensiones de convivencia y una erosión adicional del sentido de nación que ya está debilitado por la propia crisis de natalidad.

La respuesta, entonces, consiste en crear las condiciones materiales y culturales para que los jóvenes puedan formar una familia. Eso exige empleo formal, mejores ingresos, acceso a vivienda, educación de calidad, industrialización e infraestructura, junto con servicios de cuidado infantil, protección de la maternidad, conciliación laboral y beneficios tributarios. Hungría ofrece una referencia mediante deducciones tributarias por hijos y beneficios fiscales dirigidos a madres. Estas políticas deben acompañarse de una recuperación cultural del valor del matrimonio, la paternidad, la maternidad y la familia como instituciones fundamentales de la nación. El objetivo no consiste simplemente en pedirles a los peruanos que tengan más hijos, sino en construir un país donde formar un hogar y criar una nueva generación vuelva a ser económica, cultural y socialmente posible.

Julio Jesús Puescas
03 de septiembre del 2026

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