Carlos Adrianzén

Con y sin razón

Fracasamos en el intento de alcanzar un mayor nivel de desarrollo económico

Con y sin razón
Carlos Adrianzén
02 de septiembre del 2026

 

Los peruanos tenemos hoy buenos motivos para estar contentos. Para alegrarnos –y muchísimo– porque habiendo sufrido extremas faltas de transparencia electoral el 2026, al final terminamos depurando en las urnas a una candidatura presidencial filosenderista. Una que detentaba todas las ideas económicas y sociedades equivocadas. En concreto, la posibilidad de consolidar bases dictatoriales dentro de un complejo ambiente de inestabilidad, empobrecimiento, corrupción y deterioro institucional.

Hoy nos queremos olvidar –con rapidez sugestiva– que Sánchez y compañía no solo estaban aconchabados con la burocracia y prensa de izquierda (centro y extrema, local y global), sino que probaban ser capaces de ofrecer barbaridades –sin que se les mueva un pelo– y que también congeniaban discretamente con el grueso de los mercaderes locales. De esos que se hubieran enriquecido, sin pudor, en medio de las desatenciones burocráticas grotescas, al mega fenómeno de El Niño en ciernes.  Ceteris paribus, implicaban un camino económica y políticamente peligroso, de reversión complicada como la que hoy enfrentan Cuba, Venezuela, Bolivia o Nicaragua.

Ahora bien, a pesar de haber elegido una presidencia retóricamente distante de Roberto Sánchez y de las gestiones registradas desde el 2011, no tenemos del todo razones para estar plenamente contentos.

 

Las sinrazones

El trasfondo para descubrir esto implica una cuota de sinceridad y otra de ambición. Sinceridad para aceptar nuestra postración… y ambición para atrevernos hacer lo que hay que hacer para romper la inercia. Esto para –por fin– enrumbarnos hacia el desarrollo nacional.

Las cifras nos muerden. Combinando una fase de crecimiento económico robusto (periodo 1995-2010), con otra de claro estancamiento (periodo 2011-2025), el producto por persona de un peruano en dólares constantes más que se duplicó.

Sí, estimado lector. Vuelvo referirme a ese injustamente denostado índice –PBI– que mide tanto el flujo de lo producido y gastado, cuanto –grosso modo– el flujo de ingreso real de los peruanos durante un periodo; y que además se asociaría a los estrambóticos estimados de desarrollo humano y hasta de felicidad, tan en boga en estos tiempos. A pesar de haberse duplicado el producto por persona, la tarea de alcanzar un mayor nivel de desarrollo económico se nos viene escapando de las manos.

La primera de las figuras, de esta secuela de cinco, resulta meridiana (ver Figura 1).  Desde 1970 a la fecha, el desarrollo económico se escapa persistentemente de Latinoamérica y el Perú. Casos de éxito como Singapur resultan cada vez más ricos que nosotros (o a Chile o a Colombia). Las cifras no dan para palabreos ni justificaciones coyunturales. 

Nos nutrimos de diagnósticos recurrentemente errados y aplicamos políticas económicas absurdas. El Nobel de Economía 2004 Edward Prescott le pone el cascabel al gato. Latinoamérica y el Perú fracasan justamente porque desde el gobierno introducimos barreras económicas —socialistas y mercantilistas– para no crecer (para no hacernos ricos). 

La figura desagrada, pero no engaña.

 

Y las causas no se esconden

Las figuras 2,3 y 4 establecen, con una generosidad escandalosa, el porqué de nuestro recurrente rezago económico. Destaca en primer lugar el abierto descontrol de la Corrupción Burocrática (ver Figura 2). 

Cuanto se es más pobre, también se es más burocráticamente corrupto. Desde Singapur a Perú. Aquí, claro, declaramos odiarla, pero nuestros hechos descubren que toleramos persistentemente lo corrupto de nuestra burocracia. No solo los presidentes, congresistas, ministros y funcionarios electos. Me refiero al mar de servidores públicos coimeros, coimeados y cómplices pasivos. Y al huaico interminable de aspirantes a estos puestos en cada elección.

Destaca también nuestro proverbial apego a los mitos económicos. La Figura 3 también resulta palmaria. Las rentas per cápita extraídas de nuestros recursos naturales –con una institucionalidad podrida– resultan ejemplos de una vieja maldición. No solo los rentabilizamos mucho menos que países vecinos como Chile. Los desperdiciamos. Ni somos ricos, ni nuestras rentas por RR.NN. han sido usadas como lo hace Australia.

Pero no existe un buen martini sin su aceituna, o ceviche sin su camotito. 

Además de aceptar lo corrupto y gastar mal las rentas de nuestras materias primas… espantamos a los inversionistas (ver Figura 4).

Mientras Singapur consolida una institucionalidad (léase: una gobernanza estatal) no abusiva regulatoriamente, decente, eficaz y defensora del orden público, aquí hacemos todo lo contrario. 

Nótese aquí que la captación de flujos altos de Inversión extranjera resulta un aliado mucho más efectivo para alcanzar el desarrollo. A diferencia de las rentas extraíbles de los recursos naturales, la atracción de inversiones requiere una institucionalidad impecable. No solo no robarle al que invierte sino… no robarle al pueblo peruano. Generación tras generación.

 

El verdadero reto (ver la Figura 5)

El desafío hoy no consiste en evitar que la corrupción potencie las desgracias del fenómeno de El Niño, ni crecer durante un año o dos, ni mantener la inflación bajo control. Esas son metas importantes, pero insuficientes. De hecho, confundirlas con desarrollo constituye una forma de miopía política y económica. El verdadero reto implica dejar de perder el tiempo. Desarrollarnos. Implica romper una trayectoria de fracaso que se ha prolongado durante décadas.

La comparación con Singapur resulta ilustrativa porque muestra que el problema no está en la ausencia de recursos o de oportunidades, sino en las decisiones institucionales que se toman de manera recurrente. Y se puede. Bastaría con dejar de tolerar la corrupción burocrática, desde el funcionario más encumbrado hasta el más modesto; comprender que los recursos naturales pueden transformarse en una maldición cuando son mal administrados; y eliminar las barreras regulatorias y monopólicas que desalientan a quienes desean invertir, producir, trabajar y emprender en el país.

Sin embargo, gobierno tras gobierno, el debate público persistentemente se desvía hacia objetivos fraudulentos, superficiales y de corto plazo. Se privilegian metas políticamente convenientes antes que las reformas capaces de modificar los factores que explican nuestro rezago histórico. La interrogante final permanece abierta: ¿Habrá comprendido nuestra actual clase política local –gobierno y oposición– la verdadera naturaleza de este reto?

Carlos Adrianzén
02 de septiembre del 2026

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