Luis Enrique Cam

Beata Aguchita: El martirio no se improvisa

La historia de la beata peruana María Agustina (1920-1990)

Beata Aguchita: El martirio no se improvisa
Luis Enrique Cam
03 de septiembre del 2026

 

Todos conocemos personas que se caracterizan por su bondad, por su generosidad, por ser consecuentes con su fe y por estar atentas a los pequeños detalles de la vida cotidiana. Son personas cuyas virtudes llevamos en el corazón y cuyas obras permanecen con nosotros cuando parten a encontrarse con la paz del Señor. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchas veces sus nombres dejan de ser recordados.

La historia de la beata Aguchita es diferente. Antonia Luzmila Rivas López, María Agustina en la vida religiosa y Aguchita para sus hermanas, fue asesinada por odio a la fe por Sendero Luminoso el 27 de septiembre de 1990, en el centro poblado de La Florida, en la provincia de Chanchamayo, Junín. Su muerte, lejos de borrar su recuerdo, hizo que su vida comenzara a difundirse y a ser conocida.

Como dijo Tertuliano: «La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos». Aguchita fue la mayor de los once hijos de don Dámaso Rivas y doña Modesta López, una familia de Coracora, en Parinacochas, Ayacucho. Uno de sus hermanos, César, llegaría a ser sacerdote redentorista.

A los catorce años viajó a Lima para estudiar en el Instituto Sevilla del Rímac, dirigido por las religiosas de la Congregación del Buen Pastor, congregación que había llegado al Perú en 1871. Allí descubrió su vocación religiosa. En 1940, a los veinte años, tomó los hábitos.

Durante cerca de treinta años trabajó en la sede de la congregación en Barrios Altos, donde estuvo a cargo, entre otras labores, de una gran lavandería en la que trabajaban alrededor de treinta personas y que atendía al convento, al internado de niñas huérfanas y en situación de vulnerabilidad, y también al seminario.

Pero Aguchita no se limitaba a cumplir funciones. Tenía una particular manera de acercarse a las personas. Cuando alguna de las jóvenes del internado presentaba problemas de conducta, muchas veces la enviaban con ella. Aguchita sabía ganarse su confianza. Les encargaba alguna tarea especial y les decía que no era un trabajo para cualquiera, sino que necesitaba precisamente de ellas. Así conseguía que aquellas muchachas descubrieran que alguien confiaba en ellas.

El amor se demuestra en los detalles. Y Aguchita lo entendió así durante toda su vida. Una de las anécdotas que mejor retratan su personalidad ocurrió cuando iba a La Parada para hacer las compras semanales del comedor. Allí conocía a los vendedores, conversaba con ellos y preguntaba por sus hijos y sus familias.

En una ocasión, después de realizar las compras, un hombre que se hizo pasar por taxista preguntó si aquellos productos eran de la hermana Aguchita. Ante la respuesta afirmativa de la joven religiosa que la acompañaba, cargó las cosas en el automóvil y se marchó. Cuando Aguchita llegó, descubrieron que habían sido víctimas de un robo.

Al enterarse, los comerciantes decidieron regalarles productos para compensar la pérdida. Al final, reunieron más alimentos de los que habían comprado originalmente. Era una muestra del cariño que la gente le tenía.

Posteriormente, Aguchita pasó a trabajar en la casa de la congregación en Salamanca. Allí se encargó de atender a una religiosa enferma, trabajó en la cocina y en la lavandería, colaboró en la formación de las novicias y atendió un hogar de acogida para madres adolescentes.

Una novicia recuerda especialmente un día en que todas tenían programado un paseo, pero ella tuvo que quedarse para realizar unos trámites. Cuando regresó, encontró que Aguchita también se había quedado para esperarla, preparar el almuerzo y comer con ella, para que no tuviera que almorzar sola. Aguchita había renunciado al paseo simplemente para acompañarla. Son pequeños gestos que podrían pasar inadvertidos, pero que revelan una manera de entender la caridad: estar allí donde alguien necesita de nosotros.

También tenía una profunda confianza en la Providencia. En una Navidad de los difíciles años ochenta, la comunidad solo tenía dos panetones para toda la casa. Cuando una trabajadora se retiró, Aguchita le regaló uno de ellos. Una de las religiosas le reclamó porque ahora solo quedaba uno para todas. «Ella lo necesitaba más que nosotras. Ya Dios proveerá», respondió. Pocos minutos después sonó el timbre. Era un benefactor que llegaba con un camión cargado de panetones.

En 1988, Aguchita recibió la oportunidad de cumplir uno de los deseos que había tenido desde que era novicia: ser misionera en la selva. Fue enviada a la comunidad de La Florida, donde la Congregación del Buen Pastor trabajaba desde 1980.

El viaje, en aquella época, era largo y difícil. Desde La Merced había que llegar hasta el puente Yurinaki y continuar hasta La Florida por caminos que todavía no contaban con las carreteras y puentes de hoy. Para Aguchita, sin embargo, ese esfuerzo significaba cumplir un sueño, ayudar a los pobres en la amazonía. «Ya a mi vejez se me cumple este deseo de ser misionera en la selva», escribió.

En La Florida enseñaba repostería, higiene y catequesis. Trabajaba con las madres en el comedor popular y en labores de promoción de la mujer. Las religiosas que convivieron con ella la recuerdan siempre sonriente, bondadosa y transmitiendo paz, incluso en medio de las dificultades.

Un año antes de su martirio, el 8 de septiembre de 1989, Aguchita escribió una carta que hoy adquiere el valor de un verdadero testamento espiritual. En ella agradecía las atenciones recibidas y hablaba de sus «pequeñas cruces y plegarias» ofrecidas por la congregación, las vocaciones y la patria. También expresaba su alegría por la presencia de un sacerdote redentorista, pues en La Florida no había presencia sacerdotal permanente.

Su amor por la Eucaristía era profundo. Cuando tuvo la oportunidad de participar de la celebración de la misa en La Florida, la vivió como un verdadero regalo. En aquella misma carta escribió una frase que, leída después de su muerte, conmueve:

«En cuanto a lo espiritual, voy a paso agigantado. Parece que fueran los últimos días de mi vida, de manera que tengo que aprovechar el tiempo que vuela. De lo contrario, me presentaría con las manos vacías en la eternidad». Aguchita comprendió que no tenía tiempo que perder.

En otra ocasión, las religiosas habían salido de misión y dejaron ropa remojando para lavarla cuando regresaran. Al volver, encontraron toda la ropa limpia y doblada. Aguchita había hecho el trabajo. Sus hermanas le preguntaron por qué lo había hecho si no le correspondía. Ella respondió que era mayor, que ellas eran jóvenes y que a ella no le quedaba mucho tiempo. Solo quería presentarse ante Dios con buenas obras. No se trataba de una obsesión con la muerte. Era, más bien, la consecuencia lógica de una vida entendida como servicio por amor a Dios.

Mientras tanto, el peligro aumentaba con la presencia terrorista en la zona de la selva central. Sendero Luminoso ya había incursionado en La Florida. Sus integrantes habían asesinado a dos personas del lugar y habían llegado incluso hasta la casa de las religiosas. Aguchita, fiel a su manera de entender a cada persona, los atendió y les dio algo de beber.

Cuando posteriormente llegaron miembros del Ejército, también los atendió. Una de las hermanas le reclamó que esa actitud podía ponerlas en peligro. Aguchita respondió: «Todos son hijos de Dios». La superiora les pidió que abandonaran La Florida. Las cuatro religiosas hicieron entonces un retiro de discernimiento y decidieron quedarse.

Sabían que estaban arriesgando sus vidas. El 27 de septiembre de 1990, una columna senderista llegó al poblado. Estaba integrada por adultos y adolescentes y ordenó a todos los habitantes reunirse en el campo de fútbol. Aguchita se encontraba dando una clase a unas niñas para enseñarles a preparar toffees cuando una joven senderista, de unos 17 años, fue a buscarla.

—Vamos, hay una reunión.

Aguchita le respondió que primero debía pagar la leña.

La joven consideró aquello una desobediencia. Cuando llegaron al lugar de la reunión, la acusó ante el jefe senderista. Ese día fueron seleccionadas cinco personas para ser ejecutadas. También buscaron a la superiora de la comunidad, pero ella no se encontraba allí. Entonces el jefe senderista señaló a Aguchita: «Entonces tú pagarás por ella».

Aguchita protestó: «¿Por qué vas a matar a esas personas que solo hacen el bien?». La respuesta fue de espanto: «¡Cállate! Te vamos a cortar el cuello y a tu Dios también».

Las acusaciones contra ella resultaban absurdas. La acusaban de trabajar con los asháninkas, de hablar de paz, de distraer a los niños con caramelos, de trabajar con la Corde-Junín y de distribuir alimentos. Es decir, aquello que para Aguchita era servicio, para el terrorismo de Sendero Luminoso era motivo de condena.

La joven senderista ejecutó a las cinco personas contra un muro. Aguchita fue la última. Antes de morir, permaneció rezando. El jefe senderista le dijo: «Que tu Dios te salve». La joven le disparó cinco veces.

Aguchita tenía setenta años. Los senderistas ordenaron que nadie tocara los cadáveres. Por temor, la población tuvo que dejarlos allí hasta la noche. La hermana Vilma, la religiosa más joven de la comunidad, se acercó entonces para llevarle los santos óleos y, en un gesto que expresa quién era Aguchita, también un pequeño fragmento de la hostia, como homenaje a su amor por la Eucaristía.

Al día siguiente, los pobladores improvisaron ataúdes con maderas provenientes del aserradero que los terroristas habían incendiado y enterraron a las seis víctimas. Cinco días después llegaron la Policía de Investigaciones y el Ejército. El cuerpo de Aguchita fue exhumado y trasladado primero a La Merced y posteriormente a Lima.

En 2018 regresó a La Florida. Allí, en la iglesia del poblado, reposan actualmente sus restos. En Salamanca, la congregación ha levantado un memorial dedicado a su legado espiritual. Allí se conservan algunos objetos que pertenecieron a Aguchita, entre ellos su libro de recetas, ropa y el ataúd en el que fue enterrada en Lima.

Hoy un pasaje colindante con la iglesia de La Florida lleva el nombre de Agustina Rivas. Y en mayo de 2022, en La Florida, Aguchita fue beatificada. En aquella ceremonia estuvo presente monseñor Robert Prevost, entonces obispo de Chiclayo y hoy Papa León XIV.

Aguchita murió por la misión que había cumplido durante toda su vida: servir a los demás por amor a Dios. Su martirio no fue un episodio aislado ni una circunstancia improvisada. Fue la culminación de una vida entera de entrega. Se preparó para ese momento cada vez que acompañó a una joven que necesitaba confianza, cada vez que se quedó a almorzar con una novicia para que no estuviera sola, cada vez que compartió lo que tenía, cada vez que atendió a alguien que necesitaba ayuda, cada vez que decidió permanecer en La Florida a pesar del peligro.

El martirio no se improvisa. Se construye en los pequeños actos de cada día. Por eso Aguchita es un ejemplo de fe, de santidad y también de peruanidad. Su historia nos recuerda que, en los años más oscuros del terrorismo, hubo peruanos que respondieron al odio con servicio, a la violencia con paz y al miedo con generosidad.

La sangre de los mártires sigue siendo semilla de nuevos cristianos. Y la vida de Aguchita, una vida entregada hasta el final, continúa dando fruto. Dios quiera que pronto podamos verla en los altares de todas las iglesias del Perú.

Luis Enrique Cam
03 de septiembre del 2026

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