Luis Enrique Cam
Día de la Pacificación Nacional contra el Terrorismo
El 12 de septiembre merece un lugar protagónico en el calendario cívico
Empiezo por la conclusión: declarar feriado nacional no laborable el 12 de septiembre de cada año y denominarlo Día de la Pacificación Nacional contra el Terrorismo. A continuación desarrollo y sustento mi opinión.
La peor crisis que atravesó el Perú en el siglo XX fue la violencia subversiva desatada por Sendero Luminoso y el MRTA. Entre 1980 y 2000 más de 30,000 peruanos murieron, según cifras de la Fiscalía de la Nación. No fue solo una tragedia en número de víctimas, sino una fractura múltiple del país: miedo cotidiano, instituciones debilitadas por la amenaza y una sociedad resentida por el odio.
Hace cuatro décadas, el Perú enfrentaba además una crisis económica y social extrema, comparable solo con la que siguió a la Guerra del Pacífico. El país parecía al borde del colapso. Miles emigraron. Para quienes crecieron en los años ochenta y noventa, el horizonte era estrecho: la violencia condicionaba la vida y recortaba cualquier expectativa de un futuro feliz.
Sendero Luminoso apostó por agudizar los conflictos, promover la lucha de clases y normalizar la violencia como herramienta política. Infiltró universidades, sindicatos y espacios de formación; buscó controlar el magisterio y las organizaciones estudiantiles. Su lógica era simple y cruel: quien no se alineaba era “enemigo del pueblo” y por lo tanto merecía la muerte. Así, dirigentes sociales como Juana López, Pascuala Rosado y María Elena Moyano fueron brutalmente asesinadas. Las consecuencias fueron devastadoras: familias enlutadas, comunidades enteras sometidas y miles de policías y militares destacados a zonas de emergencia, muchos de los cuales no regresaron.
En ese contexto, un grupo de la Dirección contra el Terrorismo de la Policía Nacional —el GEIN— logró lo que parecía improbable. Con recursos limitados, pero con rigor y paciencia, capturó al principal responsable de esta maquinaria de muerte: Abimael Guzmán. La llamada Operación Victoria, dirigida por Benedicto Jiménez y Marco Miyashiro, fue un trabajo de inteligencia operativa sostenida en el tiempo. El resultado es conocido: la detención de la cúpula senderista sin disparos ni víctimas. Una captura emblemática de los terroristas más sanguinarios del siglo XX. Ese día marcó un punto de quiebre.
Para muchos, el 12 de septiembre de 1992 devolvió al país una posibilidad de futuro. Sendero Luminoso perdió su capacidad operativa y su liderazgo. La amenaza no desapareció de inmediato, pero empezó a desmoronarse como castillo de arena.
Hoy, una gran parte de la población no vivió esos años; otra los recuerda de forma fragmentaria. Ese vacío favorece relatos que relativizan o distorsionan lo ocurrido. En el debate público, incluso en campañas electorales, no siempre se nombra con claridad al terrorismo ni se reconoce a quienes lo enfrentaron: dirigentes vecinales, maestros, policías, militares, ronderos, periodistas y ciudadanos que asumieron riesgos reales.
Por eso, el 12 de septiembre merece un lugar más protagónico en el calendario cívico. Convertirlo en feriado permitiría dedicar un día a la memoria: izar la bandera en espacios públicos, recordar a las víctimas y reconocer a quienes defendieron al país. No se trata de celebrar, sino de recordar con sentido responsable. La memoria también se construye con símbolos.
Habrá objeciones: que el país tiene demasiados feriados o que la mejor forma de honrar es trabajar. El punto es otro. Durante años, la memoria de lo ocurrido ha perdido espacio en la conversación pública. Recuperarla no es un lujo, es una necesidad. Sin memoria, los hechos se diluyen y las ideas que los hicieron posibles reaparecen con otros nombres.
El Perú no es el único caso. Basta mirar experiencias recientes en la región para entender que las crisis no surgen de la nada: se incuban cuando se normalizan ciertas ideas y se relativizan sus consecuencias.
Declarar el 12 de septiembre feriado no laborable como “Día de la Pacificación Nacional contra el Terrorismo” sería una política de memoria con sentido cívico. Una forma concreta de afirmar que lo ocurrido no debe repetirse. Una oportunidad para que los padres de familia y abuelos conversen con los niños y jóvenes de estos tiempos de oscuridad. Que la muerte de tantos compatriotas no sea en vano.
La pregunta queda abierta para estos días electorales: ¿algún candidato asumirá esta propuesta?
















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