Santiago Roalcaba
¿Qué significa ser peruano?
Un viaje al origen y significado de la peruanidad
Cuando pensamos en el Perú evocamos múltiples imágenes: Machu Picchu, una de las siete maravillas del mundo moderno; el ceviche y nuestra gastronomía reconocida internacionalmente; la bandera roja y blanca; la marinera y otras danzas típicas; el 28 de julio o un partido de la selección nacional, especialmente cuando triunfa. Pero ¿alguna vez nos hemos preguntado de dónde proviene todo eso? ¿Cómo nació el Perú y qué significa aquello que llamamos peruanidad?
En este artículo proponemos un recorrido reflexivo —aunque sucinto— por la historia del Perú, desde las primeras civilizaciones que poblaron este territorio hasta nuestros días con el propósito de comprender cómo se ha ido configurando la identidad nacional. Para ello, es necesario distinguir tres conceptos fundamentales que suelen confundirse: patria peruana, nación peruana y Estado peruano.
La patria: las raíces profundas
Cuando hablamos de patria, nos referimos al lugar donde nacemos, a nuestra tierra natal, al espacio físico y simbólico al que pertenecemos. La palabra proviene del latín pater, (“padre”), y remite a la idea de los antepasados y la familia. En la antigua Roma, en sus inicios, por ejemplo, donde no existían cementerios, los difuntos eran enterrados en los jardines de las casas; así, la tierra no solo tenía valor económico, sino también afectivo y espiritual.
En ese sentido, la patria peruana nos vincula con el Perú milenario y con nuestros ancestros más remotos: desde los pobladores de Pacaicasa (Ayacucho), con evidencias de hace 20,000 años y los restos de Lauricocha (10,000 años) hasta la civilización de Caral, considerada la más antigua de América, contemporánea a las pirámides de Egipto.
A lo largo del territorio peruano florecieron diversas culturas que no desaparecieron sin dejar huella, sino que transmitieron sus conocimientos a las generaciones siguientes. Los cronistas españoles mencionaron la existencia de tres grandes imperios previos al incaico: Chavín, Tiahuanaco y Wari; este último considerado por el historiador Luis Guillermo Lumbreras como el primer imperio del antiguo Perú; por su estructura política, social, religiosa y militar. Además de estos, destacaron culturas como Pucará, Paracas, Nazca, Moche y Chimú, entre otras tantas; cuyas aportaciones en arquitectura, arte, ingeniería agrícola y organización social aún se perciben en los andes, la costa y la amazonía.
Sin embargo, la civilización más conocida y poderosa del mundo andino prehispánico fue el Imperio Inca, que logró unificar amplios territorios de lo que hoy son Perú, Ecuador, Bolivia, Chile, Argentina y Colombia bajo un sistema centralizado y conectado por una vasta red de caminos, el qapaq ñan, con centro en el Cusco, la “Roma de los Andes”. Su notable desarrollo en ingeniería, organización estatal y cosmovisión basada en la reciprocidad y el equilibrio con la naturaleza permitió una administración eficiente apoyada en los quipus, instrumentos de registro que cumplían funciones contables y censales.
Como señaló la etnohistoriadora María Rostworowski: “el sistema de reciprocidad constituyó la columna vertebral del crecimiento y apogeo de la sociedad inca”. Este principio regía no solo la economía—que no usó moneda alguna—, sino también la organización del trabajo, la redistribución de bienes y la vida comunitaria. La religión inca muchas veces considerada, solamente, como politeísta evolucionó hacia una forma de monolatría bajo el liderazgo de Pachacútec, quien promovió una reforma teológica centrada en la figura de Wiraqocha Pachayachachic, el creador supremo panandino. Este hecho fue descrito por el cronista Guamán Poma de Ayala como “la Primera Evangelización”; al sostener que el Perú ya había sido evangelizado, antes de la llegada de los españoles; por la similitud entre la fe inca y la cristiana que encontró en las reformas del SapaInca.
Hasta aquí hemos hecho un atisbo de la noción de patria peruana, entendida como el conjunto de raíces históricas, culturales y espirituales que nos preceden. Pero esto nos conduce a nuevas preguntas: ¿El Perú es esencialmente inca? ¿Somos los peruanos únicamente herederos del Tahuantinsuyo?
La nación: una síntesis en construcción
Para responder, debemos entender qué significa nación. El término proviene del latín natio (“nacimiento” o “pueblo”) y designa a una comunidad unida por lengua, cultura, religión y costumbres comunes.
Para el filósofo y diplomático, Víctor Andrés Belaúnde Diez Canseco, en su obra Peruanidad, definió a la nación peruana como “la síntesis viviente de la cultura hispánica y la indígena con la ética cristiana como elemento integrador”. Para él; la peruanidad era una “síntesis comenzada, pero no concluida”; que debía continuar desarrollándose como integración espiritual y cultural.
El Perú, por tanto, no puede entenderse solo desde el pasado inca ni únicamente desde la herencia hispánica: es una síntesis viva, en constante construcción, donde confluyen lo indígena y lo europeo, así como aportes africanos, asiáticos y europeos diversos, todos integrados por una raíz cristiana; y una pluralidad étnica y cultural.
Belaúnde concebía la peruanidad no como una mezcla étnica, sino como una síntesis moral y espiritual. Propuso reconciliar las dos herencias fundacionales del país —la andina y la occidental— bajo una fe común que dio sentido trascendente al mestizaje. En sus palabras: “no existe peruanidad sin catolicidad”. Desde esta perspectiva, el Perú no puede entenderse sin esa dimensión espiritual que da unidad y continuidad al país"..
El historiador y abogado, José de la Puente Candamo, complementa esta visión al plantear que el Perú nace del encuentro entre dos grandes civilizaciones universales: la andina y la española. Ambas aportaron valores complementarios: lo andino, su vínculo con la tierra y la comunidad; lo español, su legado grecolatino, jurídico, lingüístico y cristiano. Candamo veía en esa fusión una creación inédita, no una imposición, sino una síntesis civilizatoria.
Por su parte, el catedrático y escritor, José Antonio del Busto llevó esta reflexión al terreno del individuo. Para él, el símbolo de la nación peruana es el Inca Garcilaso de la Vega, quien encarnó en su vida y obra la unión de dos mundos. En sus Comentarios Reales, el "Padre de las letras hispanoamericanas” la dedica con estas palabras “a los indios, mestizos y criollos del grande y riquísimo imperio del Perú”. Fue el primer peruano universal que tomó conciencia porque asumió su mestizaje como orgullo, no como conflicto (no quiere decir que haya sido el primer mestizo). Por tanto, del Busto, no ve la peruanidad solo como una abstracción colectiva, sino como una experiencia humana concreta, nacida del diálogo y la reconciliación interior.
Finalmente, para el ingeniero y pensador, Rafael Cubas Vinatea, nuestro país, al igual que los otros países hermanos, nace del “trasplante de la cultura hispánica” y su fusión con la civilización incaica, un proceso que denomina “mestizaje absorbente y enriquecedor”. Esta idea destaca la capacidad del espíritu peruano para integrar y transformar lo recibido. Cubas no ve esta combinación como pérdida o subordinación, sino como una expansión de la identidad. Su lectura rescata el valor civilizatorio del legado hispánico, no como negación de lo autóctono, sino como una prolongación que lo renueva. En ese sentido, su pensamiento coincide con los anteriores; en considerar que el Perú es una continuidad creadora, particularmente, de dos herencias: la grecolatina (a través de la Monarquía Hispánica) y la andina (a través del Tahuantinsuyo).
En conjunto, estos grandes intelectuales peruanos coinciden en que el Perú nace de la unión fecunda de dos mundos y que su identidad está en permanente construcción. La peruanidad no es un punto de llegada, sino un proceso dinámico que exige seguir realizando la “síntesis inconclusa” de la que hablaba Belaunde.
El Estado: la forma política de la nación
Mientras la patria alude a las raíces y la nación a la comunidad cultural; el Estado se refiere a la organización política encargada de administrar los recursos y ejercer autoridad sobre un territorio y una población. Sus elementos esenciales son: población, territorio, gobierno y soberanía.
El Perú republicano nació como Estado independiente en 1821 y aprobó su primera Constitución en 1823. Desde entonces, su estructura se organiza en tres poderes — Ejecutivo, Legislativo y Judicial—, encargados de garantizar el orden y la convivencia ciudadana.
Sin embargo, debemos concientizar que el nombre “Perú” oficialmente nace un 20 de noviembre de 1542, al crearse el Reino del Perú (Virreinato) con su capital, Lima, mediante una Real Cédula firmada por el rey Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico en Barcelona; aunque de acuerdo con las crónicas; ya utilizaban el término “Perú” para referirse a estas tierras, tanto aborígenes como españoles.
Este dato pasa desapercibido o es muy poco abordado; y es que desde hace casi quinientos años, a estas tierras se le conoce de manera oficial con el nombre de Perú; y no era un territorio pequeño ni el país como el que conocemos hoy. Era tan vasto que, en muchos mapas de la época, Perú era casi toda América del Sur; iba desde Panamá hasta la Patagonia Argentina.
Los colores de nuestra bandera actual, que son el rojo y el blanco, son los que provienen del Aspa de Borgoña. Los conquistadores la portaban y son los mismos matices que San Martín adoptó para la creación de la bandera de la República del Perú.
Nuestra grandeza histórica se confunde y se reduce cuando solo se celebra el 28 de julio, conmemorando los más de 200 años de independencia política como Estado peruano republicano; cuando lo real es que el Perú tiene cerca de cinco siglos desde su creación oficial.
Unidad nacional: la clave de la grandeza
En el libro “Razón de Patria”, Cubas Vinatea señala que el primer factor que hace grandes a las naciones es la unidad nacional — no es el único, porque podríamos hablar de estabilidad institucional, gobernabilidad, factores económicos, innovación tecnológica, inversión en capital humano y físico, etc.; — pero de acuerdo con la temática abordada; este punto confiere poder y duración; la desunión, en cambio, conduce a la decadencia. Los principales elementos de esa unidad son la religión y el idioma, que otorgan cohesión espiritual y cultural.
En el caso peruano, la fe cristiana ha actuado como eje histórico de integración, mientras que el castellano —junto con las 48 lenguas originarias que aún son habladas— constituye la expresión viva de una diversidad que no divide, sino que enriquece. Cabe recordar que, durante el Virreinato, la Iglesia Católica se encargó de la educación; establecieron escuelas, universidades, colegios, seminarios; construyeron templos, conventos, hospitales; llevaron el registro de la población mediante partidas de nacimientos, defunciones y matrimonios; fueron más que las ONGs de la época porque se encargaban de enseñar sobre la moral y la ética con valores cristianos. Asimismo, misioneros de las diferentes órdenes religiosas no suprimieron las lenguas nativas; sino las estudiaron, las escribieron y las preservaron, como lo demuestra el Lexicón o Vocabulario de la lengua general del Perú (1560) de fray Domingo de Santo Tomás, primer diccionario de quechua y cinco años antes, en 1555; ya se había publicado el primero en México llamado
"Vocabulario en lengua castellana y mexicana" por otro religioso, Fray Alonso de Molina; la razón de los mismos fue la motivación incólume de propiciar la Evangelización y la comunicación.
Conciencia nacional e ideal colectivo
Sin embargo, esta unidad a la que aludimos requiere también de una conciencia nacional y un ideal colectivo. La primera surge del conocimiento y orgullo de la propia historia; sin ella, no hay patriotismo verdadero. Como advirtió María Rostworowski: «el Perú sufre de un “complejo de inferioridad” derivado de una visión histórica que minimiza el pasado prehispánico y sobredimensiona la conquista. Superar esa mirada es esencial para reconciliarnos con nuestro pasado y afirmar una identidad madura». De la misma forma,
de La Puente Candamo afirmó que “lo español es tan nuestro como lo andino; por lo que debemos recordarlo con simpatía y cariño porque esto ha permitido el nacimiento de nuestro país”; en este sentido propone una reinterpretación de la historia que invita al orgullo compartido, desmontando el prejuicio de que la herencia europea es únicamente símbolo de opresión. En su propuesta, el Nacimiento del Perú no es un acto de destrucción, sino de creación; no una imposición, sino el inicio de una síntesis civilizatoria inédita.
Del Busto, lo expresó claramente y sostuvo que: “El Perú es un conjunto de pueblos con un pasado, un presente y un futuro comunes” … En este sentido, “la conciencia nacional es ser peruano, saberse peruano, sentirse peruano y querer seguir siéndolo”.
La cultura occidental a la que pertenecemos por descender de europeos nos acerca y nos hace igual a los demás países occidentales; la cultura andina, a la que también pertenecemos por descender de los indígenas; nos singulariza y diferencia de los demás países de la tierra.
Para el escritor, nosotros, los peruanos; debemos ver a Pachacútec como ven los egipcios a Ramsés II, los Franceses a Carlomagno y los alemanes a Otón el Grande; también debemos ver a Pizarro como ven los ingleses a Guillermo, el Conquistador, los rusos a Rurik y los nilóticos a Omar.
Frente a visiones que reducen el legado español a una carga negativa y, otras, que victimizan a los indoamericanos; estas reflexiones invitan a dejarnos de complejos y a comprender el origen del Perú como un encuentro —a veces violento, pero también creador— de dos mundos que, al unirse, dieron lugar a una nueva identidad.
Para lograr un ideal colectivo debemos empezar con la misión histórica de continuar realizando esta síntesis —como lo sostenía Belaúnde— y alcanzar, desde la reconciliación y el orgullo, la peruanidad en plenitud; y de esta manera tener una visión como país; como reza el dicho “Uno debe saber de dónde viene para saber dónde va”.
Conclusión
El Perú no es solo un territorio ni una suma de culturas; sino es una idea moral y espiritual en movimiento. Ser peruano es participar de esa síntesis inacabada; reconocerse heredero de quienes labraron la tierra de Caral, levantaron los muros del Cusco, trajeron la lengua y la fe, y los que, como Garcilaso, fundieron todo en una sola voz.
Nuestra nación, nace desde la Conquista, es mestiza y este mestizaje no reniega de lo autóctono ni de lo foráneo (lo europeo, africano, asiático y oceaniano); tampoco ve en ambas corrientes tendencias antagónicas. Por el contrario; las hereda, las une; y ya con forma propia las convierte en peruanidad. Nuestra mezcla es amplia pero en mucho ceñida a lo andino y a lo europeo.
Como dijo el gran ensayista y politólogo José de la Riva-Agüero y Osma: “Dos herencias a la par sagradas integran nuestro acervo espiritual. Renegar de cualquiera de ellas sería torpe y menguado".; por lo que no se puede amar y luchar por lo que no se conoce. Por último, a modo de colofón, es meritorio evocar las sabias palabras del sacerdote Jesuita y docente universitario, ya fallecido, Armando Nieto; quien afirmó que “el Perú es fruto del mestizaje entre lo mejor de la herencia española y lo mejor de la incaica, una síntesis viviente forjada al calor del Evangelio”; de manera que defender y conservar este legado y los principios filocristianos que la preceden es una obligación consciente que urge y demanda nuestra Peruanidad.
















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