Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

Lima civilizada

Repensar la ciudad en el centenario de la Independencia

Lima civilizada
Raúl Mendoza Cánepa
22 de October del 2018

 

Durante los primeros años del siglo XX bien venía la frase de Valdelomar que concluía que el Perú era Lima (y Lima era Leguía). El régimen de un autócrata divinizado y el caos republicano actual llaman a diferenciar sus fiestas centenarias. El protagonismo de Leguía llevó a que Manuel Yrigoyen, Ricardo Espinoza, Pedro Pablo Mujica (el de 1921), Pedro Rada y Gamio y otros alcaldes de la capital pasaran sin visibilidad. La civilidad le importaba a Leguía menos que su vanidad. El alcalde era él.

Durante el centenario de la Independencia se quiso modernizar y expandir la capital. La expansión hacia el mar condujo a la migración de las élites. La distancia de las nuevas urbanizaciones con relación al centro indujo al crecimiento del número de vehículos y a un nuevo significado de ciudad. El Centro Histórico dejó de ser espacio de vivienda para tornarse en el eje de la vida empresarial hasta los años ochenta. Las oficinas llamaron a la sustitución de los viejos edificios por otros modernos.

Quizás pocos han profundizado en el peso de los caminos en el desarrollo económico. Voy a dar un salto temporal para llamar la atención sobre un fenómeno que para muchos pasó desapercibido. A fines de los ochenta, la avenida Universitaria concluía en el frontis de la Universidad Católica. Una explanada de tierra y un descuidado camino precolombino cortaban el contacto de los habitantes de Lima Norte con la Avenida La Marina. En La Marina se ubicaba Plaza San Miguel, un centro comercial por entonces en agonía. Cuando un alcalde limeño decidió prolongar la Universitaria y conectarla con La Marina, permitió que la emergente población de Lima Norte llegara hasta este centro comercial. El consumo y subsecuente incentivo para abrir negocios contribuyeron al auge del que ahora es uno de los centros comerciales más modernos y prósperos, así como al desarrollo comercial y urbano de San Miguel, valga la audaz teoría. Las vías de acceso traen progreso y, tras enorme digresión, trajeron a la Lima de los años veinte el auge de la vivienda y el comercio en las periferias al oeste. Caminos, vivienda, comercio y progreso sirven para entender el valor de la relación entre infraestructura y mercado.

Muchos fueron los “regalos” que recibió Lima (¿?) en el centenario (los Estados creían que Lima era el Perú). Se inauguró la Plaza San Martín y allí mismo se construyó el Hotel Bolívar y el Teatro Colón. Lima se engalanó de estatuas y fuentes, pero lo más importante es que la capital se abrió hacia sus confines, creando mercados y cadenas de producción, transporte y consumo. Las actuales avenidas Arequipa, Venezuela, Argentina y Brasil fueron conectores de expansión física y crecimiento económico. Aparecieron Santa Beatriz, La Victoria, San Isidro, San Miguel, Magdalena...

Hoy Lima ya no es el Perú, porque medio Perú rural se mudó a la Lima post-centenaria. La Lima expandida y comercial que fundó Leguía llamaba al progreso individual. Se dice que en los cuarenta las migraciones dieron sus primeras señales, pero eran solo la germinación de la expansión leguiista de los años veinte. Los nuevos distritos formados por la migración andina se modernizaron y superpoblaron hasta convertirse en polos de desarrollo y capital político. San Juan de Lurigancho, por decir, tiene más población que Tumbes y Piura juntos. Lima expresa hoy ese mestizaje y esa progresiva integración económica, pero también el potencial de un sector emergente que va consolidando un nuevo capitalismo. A la vez, la escasa planificación de una urbe, que ya avisaba treinta años antes con colapsar (y donde no cabe un monumento de regalo más), nos advierte que entre la alegría del centenario y la preocupación del bicentenario hay una diferencia. Construir ciudad hoy no es lo mismo que hace cien años. Si antes la modernidad era asfalto, hoy es civilidad. De allí el reto de construir desde las urbes una república de ciudadanos, formar para vivir en comunidad, para incluir, integrar, cuidar, respetar, promover riqueza y combatir al caos.

Se trata de repensarnos más que celebrar. La Municipalidad de Lima tiene la opción de organizar contenidos formativos de ciudad para entendernos un poco más, y entendernos para cambiar y progresar.

 

Raúl Mendoza Cánepa
22 de October del 2018

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