Raúl Mendoza Cánepa
Cultura liberal
Defender los valores de la civilización es defender la libertad

Valga decir que siempre sirve actualizar lo escrito y decir lo que pocos se atreverían a decir. Llamarse “liberal” cuesta porque se cree que el liberalismo es anarquía y no lo es. Hayek, aunque sobre la economía, se refería al orden espontáneo.
En un mundo woke, de manipulación anticultural, cancelaciones estalinianas y de fracturas en los cimientos institucionales, aceptar la prescindencia de ciertos valores occidentales es suicida. Mientras se experimenta la decadencia de Occidente (según Spengler, lo propio de toda entidad biológica es la muerte), el resto es agonía, o peor, la superposición del mundo islámico.
La conservación de ciertos valores garantiza la continuidad de una sociedad libre en base a algunas tradiciones que podríamos ubicar en La Ciudad Antigua como raíz de la familia (Fustel de Coulanges); el Corpus Juris Civilis de Justiniano; la base judeocristiana de la fe; la lógica aristotélica y el idealismo platónico o la filosofía como razón fundamental; el humanismo y el renacentismo integrados a la civilización y tornando a lo clásico; la idea medieval del romance; el heroísmo griego; la ciencia desde Galileo, que avanza sobre el pensamiento deductivo aristotélico; y la ilustración, tanto como el constitucionalismo y el pensamiento liberal.
El liberalismo se funda en esa base para existir, para no ser carcomido por las fauces de cualquier cultura antiliberal que resida en la sumisión y la violencia. Súmese el desarrollo evolutivo en Occidente de los derechos humanos desde el Bill of Rights, redactado en 1689 (derechos y libertades), la gran victoria de la libertad o como Croce diría del devenir, “la historia como una hazaña de la libertad”. La separación e independencia de poderes, el desarrollo de la inteligencia jurídica procesal desde las bárbaras ordalías.
Algunos se remontan a la Carta Magna de Juan sin Tierra, impuesta por los nobles para protegerse de la discrecionalidad tributaria del rey. Súmese el orden espontáneo del lenguaje y del libre mercado, la teoría subjetiva del valor de los austriacos. Todo y el cúmulo de memorias, valores, instituciones y costumbres forman la civilización occidental, incluido el concepto de Estado Nación.
El liberalismo sin trampa ni tergiversaciones es preservación civilizatoria y sobrevivencia. La quema de nuestras creencias fundamentales, de nuestra fe y sus manifestaciones, la destrucción de los conceptos fundamentales de Occidente, de la honrada falsación de los paradigmas científicos de Popper (Einstein corrigiendo a Newton) y la tolerancia, podrían deshacerse. Sí, deshacerse por no entender que pasar el límite de la razón es resbalar en el sumidero o declive de la decadencia, debajo de la cual moran las fauces que nos quieren devorar. Sin parroquias en los Andes, sin valores, sin clase media sustancialmente liberal, Sendero Luminoso arrasaba rápido, si es que vale la comparación.
La fabulación de los apóstoles del fanatismo es que todo se deconstruya para llegar a la nada y desde la nada construir lo que los “invasores” quieren (incluyendo la desconfiguración del concepto de inmigración). Cuestionar la civilización llama a destruir todo para construir todo. Defender los valores de la civilización es defender la libertad y viceversa.
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