Víctor Andrés Ponce

LA COLUMNA
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Ley Mulder: Eliminar el subsidio para regular

Un debate que compromete el futuro de la democracia

Ley Mulder: Eliminar el subsidio para regular
Víctor Andrés Ponce
13 de agosto del 2018

 

El presidente de Congreso, Daniel Salaverry, ha sostenido que la ley Mulder, que prohíbe la publicidad estatal en los medios privados, debería ser modificada. En el acto, la congresista Mercedes Aráoz, quien pretende convertirse en candidata de ciertos medios y encuestadoras, propuso que la mencionada norma se derogue. Punto. Es decir, que las cosas deberían volver a los tiempos de Nadine Heredia y PPK. Imposible.

La discusión sobre el futuro de la Ley Mulder, a entender del suscrito, tiene que ver con el futuro de la democracia. ¿Por qué? La libertad de prensa solo existe por la propiedad privada de los medios de comunicación. De lo contrario, el Estado o las corporaciones (partidos) serían de los dueños de los medios. Pero la propiedad privada solo tiene razón de ser cuando los periódicos, canales de TV y radios disputan la publicidad en una sociedad de mercado (la libertad de prensa solo existe en el capitalismo). Y la única manera de disputar ese mercado publicitario pasa por contratar a los mejores periodistas. De esa manera, la dialéctica propietario privado y periodista ha construido la libertad de prensa en Occidente.

En el Perú, desde el Gobierno de Humala hasta la administración PPK, se subsidió a ciertos medios de comunicaciones sin vergüenzas ni sonrojos. Es conocido que en el Gobierno de Kuczynski se gastaba en promedio un millón de soles diarios en avisos, y que el Estado pagaba por una determinada unidad de tiempo cuatro veces más que el sector privado. De alguna manera, entonces, contemplamos una estatización velada de ciertos medios. Las guerras de Nadine contra sus opositores y las pétreas unanimidades mediáticas a favor de las administraciones de Humala y PPK tienen mucho que ver con la publicidad estatal. ¿O no?

Este tipo de unanimidades mediáticas solo se contemplaron durante el fujimorato de los noventa y en los gobiernos mencionados. Estamos, pues, ante un problema muy delicado para la democracia. ¿Qué habría sucedido si Nadine concretaba su proyecto de reelección conyugal? ¿0 qué sucedería sin un avezado autoritario llega al poder? No necesitaría meter tanques a las redacciones, como en el velascato, ni utilizar a la Sunat para ahorcar periódicos, como en el fujimorato. Únicamente necesitaría echar mano de la publicidad estatal —como cualquier política estatal clientelista— para apoderarse de la sociedad. De allí la enorme importancia de la discusión del futuro de la Ley Mulder.

Es evidente que prohibir contratar publicidad al Estado en los medios privados es un exceso que se debe corregir. Pero de ninguna manera se debe volver las cosas al estado anterior, tal como lo pretende el pepekausismo; sería extremadamente grave para la democracia, para la construcción de una sociedad abierta. El Estado debe invertir en publicidad en campañas de salud, de educación, de información cívica y otras, pero de ninguna manera se debe permitir el subsidio.

En ese sentido, las partidas de publicidad deben formar parte del presupuesto, deben ser licitadas como cualquier contrato del Estado con los privados, y debe hacerse considerando diversos rankings de medición (no solo los que existen en base a ciertas encuestadoras). Es decir, la publicidad estatal debe servir para construir una sociedad abierta, no para debilitarla.

Una de las cosas más patéticas en este debate han sido los spots televisivos de la Sociedad Nacional de Radio y Televisión, en los que una persona aparece con los ojos vendados por la falta de publicidad estatal. Es decir, la información y la libertad de prensa dependen de la inversión estatal. ¡Vaya! Siempre hemos sabido que los defensores de la libertad de prensa han peleado por el retiro del Estado de las redacciones. Aquí se promueve lo contrario. Pero además lo patético proviene de que se defiende el mercantilismo sin el menor rubor. Es decir, un privilegio de “sangre” que no tienen las empresas del mercado formal e informal, que desaparecen cuando no satisfacen las necesidades de los consumidores. Semejantes spots nos recordaban que en pleno siglo XXI todavía hay quienes sueñan con ser los nuevos concesionarios del guano.

 

Víctor Andrés Ponce
13 de agosto del 2018

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