Miguel A. Rodriguez Mackay
Putin y “la guerra del cangrejo”
Sabe que una derrota en Ucrania será su final

Reinicio mis columnas, apreciado lector, agradeciendo su comprensión por las semanas sabáticas que decidí tomar, en busca de la “descansada vida del que huye del mundanal ruido”, parafraseando al genial Fray Luis de León en su monumental Oda I Vida Retirada.
Comienzo entonces con Rusia, que se halla en el ojo de la tormenta a casi ocho meses de haber iniciado su presidente, Vladimir Putin, una guerra completamente desordenada –para sorpresa de muchos, incluyéndome–, contra Ucrania, a pesar de haber sido decidida con premeditación. Lo voy a explicar. La reciente decisión de llamar desesperadamente al alistamiento obligatorio de reservistas en toda la Federación de Rusia –que viene generando una diáspora incontrolable, sobre todo de la juventud moscovita– solo puede deberse a dos razones lógicamente incontrastables.
La primera es que sus soldados desplazados en territorio ucraniano desde que cruzaran la frontera de su vecino –trayendo abajo el principio de inviolabilidad de las fronteras, uno de los mayores legados de la histórica Paz de Westfalia de 1648– hayan muerto en un número realmente notorio y relevante. Ingresaron a Ucrania inicialmente cerca de 172,000 soldados, y a la fecha mientras Ucrania calcula unas 45,000 bajas. El Pentágono cree que son cerca de 80,000 (y yo también). Esto ha desgraciado a miles de familias rusas que jamás le van a perdonar a Putin tremenda e irresponsable aventura bélica.
La segunda razón sería que las deserciones hayan aumentado inconteniblemente en las últimas semanas. Se ha visto escenas realmente patéticas de soldados abandonando sus puestos o posiciones en los campos de batalla al agotar la paciente espera de los refuerzos que nunca llegaron, y cómo son ganados por el sentimiento de percibirse olvidados o abandonados. Es evidente la ausencia logística indispensable para mantenerse o sostenerse viriles y, sobre todo, con la moral en alto; ahora ya alicaída en una guerra de la que ya comenzaron a arrepentirse en serie, y que ha puesto en evidencia la consumación de una de las desgracias militares más insospechadas en el siglo XXI.
A nadie se le podría ocurrir que en el momento actual podrían repetirse los crasos errores de Alejandro Magno, Napoleón Bonaparte o Adolfo Hitler, paradójicamente sobre Rusia, en sus pretendidas conquistas, cada uno en su tiempo. Menos aún cuando las estrategias y tácticas militares de hoy cuentan con manuales y criterios por montañas, altamente desarrollados, como para realmente no sospechar lo que está pasando actualmente a los rusos.
En la lectura de Henry Kissinger –el viviente gurú de la diplomacia estadounidense, con 99 años de edad–, es absolutamente inexplicable que un país con calidades de hegemonía geopolítica en la región euroasiática –o si se prefiere, de Europa del Este–, como es el caso de Rusia (sería mezquino desconocerlo) no haya podido sacarle provecho a su referida condición estratégica. Rusia ha perdido los enormes réditos que supone la ventaja de contar como en plato servido con una incuestionable área de influencia que, repito, no podría rebatirse a Moscú.
En realidad, ningún Estado que tenga tan enorme poder lo querría perder. Y por eso es que, astuta y legítimamente, Antony Blinken, secretario de Estado de los Estados Unidos de América, no solo vino a Lima para participar en la 52° Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), sino que previamente hizo una gira de visitas bilaterales bien planeadas en algunos países de nuestra región. Su intención era mantener el carácter estratégico del valor geopolítico de lo que significa cuidar el área de influencia que, como jefe de la diplomacia estadounidense, bien aprendido lo tiene del celebrado y emblemático entonces secretario de Estado del expresidente Richard Nixon.
La estrategia militar rusa ha sido muy mala. Habiendo tomado gran parte de la región del Donbas –que comprende a las provincias separatistas de Donetsk y Lugansk–, controlando además toda la floreciente Mariúpol –el auténtico corredor terrestre que une al Donbas con la península de Crimea, y que opuso tenaz resistencia– y posesionándose sobre la ancha base costera en el estratégico Mar Negro, Putin y sus generales de escritorio no han podido consumar el objetivo de conseguir la victoria militar que muchos creímos –y no porque la quisiéramos–, dada la inobjetable superioridad militar rusa.
No es posible que las fuerzas de Putin hayan llegado hasta Kiev, la capital ucraniana, y solo hayan podido sostenerse en sus alrededores. Ese escenario fue la primera revelación de que algo andaba muy mal en el frente de guerra y en el Estado mayor ruso. En efecto, no haber podido ingresar en Kiev fue el inicio de la verdadera crisis militar rusa, y desde luego tuvo evidentes e inocultables repercusiones para el nivel de las negociaciones diplomáticas iniciales en Türkiye, o las que con el devenir de la guerra pudieran surgir en otro lugar.
Para nadie era un secreto que controlado el territorio ucraniano relevante por las fuerzas rusas invasoras, la calidad maximalista y de empoderamiento de Moscú en una posterior mesa de negociación para alcanzar la paz era el mejor escenario para lograr lo que hasta su capricho le hubiera permitido. Es decir, el reconocimiento por Ucrania y Occidente de la independencia de los territorios del Donbas y su decantada inmediata anexión a Rusia. Exactamente como pasó con la península de Crimea en 2014; y hasta consiguiendo que esta anexión de facto –la ONU la sigue considerando ilegal a la luz del derecho internacional– termine siendo sellada como una de iure (es decir, de derecho).
Putin está desesperadísimo. Los referéndums realizados en los territorios ucranianos que controla son completamente nulos. El impacto de las sanciones económicas a que ha sido sometido por occidente ha sido letal para el país. La población mayoritariamente está desencantada con su presidente aventurero que recurre a la represión sistemática, de la que poco se dice. Y para atenuar o maquillar una eventual derrota, busca ensanchar la guerra soltando reiteradamente la idea de una tercera guerra mundial y forzando a sus aliados subordinados. Es el caso de Corea del Norte, en su condición de periférico y dependiente de China, pegado por ahora a Moscú, que está está creando un provocador belicismo, con una ya conocida práctica de amenazas, lanzando misiles a ver si por allí algún país ingenuo pisa el palito.
Putin sabe que una derrota en Ucrania será su final. Y eso es lo que más nos debe preocupar, pues para salvarse irresponsablemente puede terminar desencadenando eventos realmente nefastos. Hasta ahora todo le ha salido mal, y su empírica desventura militar ya merece ser calificada como “la guerra del cangrejo”.
Miguel Ángel Rodríguez Mackay
Excanciller de la República
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