Jorge Varela
Populismo: una forma de poder
¿Qué significa ser populista en la actualidad?

¿Por qué “populismo’ se ha transformado en una mala palabra, en un término “resbaloso”, según Enrique Krauze? ¿Qué tienen que ver en este desprestigio personajes como Le Pen, Salvini, Trump, Castro, Lula, Chávez, Maduro, Correa, Fujimori, López Obrador, Cristina (la Evita reciclada) y antes de ella, su viejo patrono Perón. Y en el caso de Chile, figuras como Ibáñez, Alessandri el tribuno, Allende y hasta el escurridizo derechista Lavin? Este último, insigne precursor de un populismo peligrosamente sibilino y repulsivo.
A juicio del sociólogo Guy Hermet, “los populistas, tanto como los demócratas, idolatran al pueblo”; “el criterio de la referencia al pueblo… no distingue al populismo de otros objetos políticos, de la democracia en especial, y probablemente también de ciertos fenómenos como el fascismo, en particular” (Guy Hermet, “El Populismo como concepto”, Revista de Ciencia Política, Volumen XXIII, No 1, 2003).
Margaret Canovan -otra especialista en el tema– advierte que “el populismo solo constituye una forma de acción política polémica, de contornos muy vagos, que con el pretexto de un discurso centrado de una u otra manera en el pueblo, pretende más que todo provocar una fuerte reacción emocional en el público al cual se dirige” (Populism, 1981).
¿Qué es o qué representa el populismo como fenómeno, como síndrome? El populismo es “una forma de poder, no una ideología” (Enrique Krauze, El pueblo soy yo). Aunque muchos caudillos y partidos invoquen con insistencia majadera al “pueblo” para alcanzar sus objetivos, cubrir sus ambiciones y esconder sus aciertos y desaciertos, está fuera de duda que el populismo no es una ideología, tampoco una doctrina.
En Chile, por ejemplo, la Democracia Cristiana puso énfasis hace décadas en proclamar su carácter de movimiento “nacional y popular”, y en la retórica de uno de sus líderes se utilizaba dicha palabra excitante y mágica como idea-fuerza central de sus alucinantes discursos para martillar los tímpanos y la conciencia de sus seguidores embriagados y seducidos bajo el influjo de su mítica pronunciación.
El filósofo Jacques Maritain quizás no imaginó que la médula de su pensamiento proyectado pudiera derivar en frases cautivadoras que el tiempo disipó: “Solo el pueblo salva al pueblo” fue la consigna; aspiración sublime que no pudo impedir en 1973 la caída de la democracia chilena y de sus instituciones.
¿Qué significa ser populista en tiempos actuales? Quienes se esfuerzan por describir al populismo insisten en el acento que este pone en la soberanía del pueblo, lo que explicaría –se dice– su vinculación a la esfera ideológica. Hoy existen populismos nacionalistas, xenófobos, étnicos; también hay otros que se declaran anti neoliberales y hasta anticapitalistas.
Todos ellos –eso sí–, en cuanto síndrome, se insertan en la dicotomía básica que los identifica: buenos contra malos. En nuestra América desde una visión social y política anti élite, los primeros son “los de abajo”, los segundos son “los de arriba”. Es decir, mientras estemos expuestos a sufrir los efectos de un fenómeno de índole nítidamente fratricida que no reconoce límites, pues no se detiene hasta el descuartizamiento total del cuerpo social, nuestras débiles sociedades seguirán amenazadas de muerte y con ellas la sana y libre convivencia democrática.
Sabíamos que la democracia no era inmortal. Ahora además hemos sido notificados de que el populismo no solo es su negro e inconfundible ataúd, también será su mausoleo.
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