Carlos Rivera

Maestra vida

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Maestra vida
Carlos Rivera
22 de mayo del 2023


“Sé lo que no soy, pero no estoy seguro de saber quién soy”

Una mañana de noviembre del año 2010 encontré a Juan Carlos Valdivia Cano en la Plaza de Armas de Arequipa (Plaza Mayor). Sentado, leía detenidamente un diario, mientras un diligente lustrabotas empleaba su destreza para dejar brillantes aquellos zapatos del filósofo, abogado y periodista. Contextura delgada, alto, un poco esmirriado y algunas sabias canas irrumpiendo su cabeza. Unos lentes gruesos en señal de una conspicua preocupación. Vestía un terno típico de abogado con cierta inelegancia y de uno de sus hombros le colgaba el tirante de un morral negro el cual descansaba entre sus rodillas. Como escribiera Mariátegui en El alma matinal sobre Charles Chaplin: “…siempre listo para la aventura, para el cambio, para la partida. Nadie lo concibe en posesión de una libreta de ahorros. Es un pequeño don Quijote, un juglar de Dios, un humorista y andariego. “Especialista en Nada” reza su peculiar tarjeta de presentación que me la compartió para cualquier cosa. Sin la pomposidad de huachafas descripciones oficiosas o presumiendo sus múltiples poderes de hechicero que los disimula prudentemente en su preclara humanidad.

Cumplido mi saludo le pedí, tímidamente, una colaboración para un libro homenaje al reciente Premio Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa (Arequipa y el escribidor). Aceptó sin titubeos. Me habló de muchas cosas en pocos minutos. Controlar un espíritu tan locuaz es difícil pero es un saludable ejercicio para intentar comprender a los hombres de genio. Días después, ya en su casa de La Chabela, me enseñó varios textos dedicados a Mario y uno reciente “Fragmentos de un discurso amistoso” acerca de su polémica, sobre derecho y literatura, con el crítico literario Willard Díaz , y a pesar de que solo contenía una cita de El pez en el agua y una mínima mención a nuestro nobel en el ensayo de más de veinte hojas, opté por incluirlo en el libro. Luego, organicé el debate con Willard en el Centro Cultural Peruano Norteamericano con un público rebasando el ambiente de la biblioteca y al final una brillante intervención del Dr. Enrique Soto León Velarde. Juan Carlos es un polemista de lujo, de esos que atacan el punto neurálgico de las debilidades argumentativas del oponente y luego las destroza con las armas de la ironía, las citas y las referencias.

El hombre, los libros y la vida

“Pero creo que la misión de un profesor y de un intelectual no es quedar bien frente a la
gente, sino, decir lo que realmente piensas, aunque puedas estar equivocado”.

Juan Carlos nació un 29 de septiembre de 1949 en la ciudad de Azángaro, Puno. Su infancia transcurrió entre el distrito de Cayma, Tambo y Ciudad mi trabajo (Socabaya). Con los años y las responsabilidades profesionales se trasladó al populoso barrio de La Chabela en el distrito de Miraflores. Estudió la secundaria en la Gran Unidad Escolar Mariano Melgar y posteriormente la carrera de filosofía en la Universidad Nacional de San Agustín, carrera que no terminó pero de la que se “graduó con honores” estudiando por cuenta propia a los grandes filósofos como Nietzsche o Spinoza o “sentadito en el suelo” oyendo las magistrales charlas allá en Francia, entre los años ochenta, cuando estuvo de auditor de Gilles Deleuze en la Universidad de París VIII y de Michel Foucault en el prestigioso Colegio de Francia. A pesar de sus grados académicos alcanzados no le gusta que le digan doctor como a muchos abogados que se mortifican cuando les dicen por su nombre o el simple señor. Valdivia, prefiere el tuteo amical y directo.

Juan Carlos es un hombre de ideas y de valores éticos muy sólidos. En él la disciplina no es un asunto de juego o de entornos interesados, lo suyo es el acto de vida que resuelve sus propios. Se equivoca aprendiendo. Aprende de su imperfecta humanidad. De esa experiencia salieron libros los cuales son consultados por estudiantes de derecho, abogados y juristas como Ensayos paganos (Adrus, 2013), de una sobria escritura crítica y reflexiva, sacude aquellas perversiones de nuestra sociedad como el resentimiento o el problema de la educación, los derechos humanos, la ética y la moral. Expone lo siguiente en su ensayo “El enemigo público número uno de la educación”: «La educación es un problema paradigmático, inseparable de una cosmovisión y especialmente de los valores (o disvalores) que configuran dicha cosmovisión, una manera de ver y de sentir el mundo y la vida se expresa también en una forma de concebir la educación. Todo depende de este factor, de este ingrediente.»

De una cuestión religiosa y sus conflictos de desconsolado individuo que se debate entre la fe y la moral (filosófica) ha divulgado una tesis de maestría convertida ahora en libro: El caso de Adán. Moral tradicional y ética en el derecho peruano y que, (Fondo Editorial de la Universidad Católica Santa María, 2018). En una entrevista acerca de la obra para el portal de esta casa de estudios confiesa sin resquemores: «Qué no lo lea si no tiene buen estómago, porque realmente no es un libro para quedar bien con las autoridades de la universidad, ni con la Iglesia Católica, ni con mi familia, no es un libro para quedar bien, más bien es un libro para quedar muy mal, ese es mi objetivo.»

De sus propios demonios ideológicos de ex militante izquierdista empezó a revelar la intuición en la obra de José Carlos Mariátegui a través de dos originales libros: La voluntad de crear: método e intuición en Mariátegui (Texao Editores, 2015) y Mariátegui. Perspectiva de la aventura (Quimera Editores, 2017). No discurre sobre el amauta rígido y santificado (el ideólogo que aspira al cambio social o al supuesto teórico marxista) sino que estudia su alma creadora, sus impulsos anímicos que le permitieron ser un pensador libre, sin ataduras dogmáticas. Valdivia busca al artista, al poeta ensayista de una perdurable vanguardia. Juan Carlos dice sencillamente lo que intentó hacer con su segundo libro dedicado al amauta: «En cuanto a Mariátegui, lo que yo buscaba era confluir su perspectiva con la mía sin imitarlo (emularlo sin repetirlo, renovarlo sin traicionarlo). No para presentar los resultados de esa confluencia sino los borradores, los diseños preparatorios, los instrumentos, el cómo, el dónde, el trasero del escenario, las labores entre bambalinas, las citas y diseños… y la mirada.»

Lector riguroso y apasionado, admirador del intelectual y político italiano Antonio Gramsci a quien dedicó una exposición en un evento denominado Pechakucha (Centro Cultural Peruano Nortemaericano, 2017) donde participaban mujeres y hombres mostrándonos sus oficios de cocineros, niños banqueros, emprendedoras. ¿Qué hacía hablando de filosofía y de sus divergencias o transiciones ideológicas en este evento? En siete minutos dijo lo suficiente. Habló del valor de Gramsci partiendo de su obra Los intelectuales y la organización de la cultura y las rutas personales al descubrir al pensador italiano y su comprensión de las muchedumbres sobre el “sentido común y buen sentido” usando a la conductora de televisión Gisela Valcárcel, al buen Sócrates y hasta Mafalda como geniales apostillas.

Un filósofo que va en combi

“Si la fe va contra la razón, contra la realidad, contra la historia, yo prefiero la razón.”

Juan Carlos es un hombre de pueblo, de maneras espontáneas en sus hábitos cotidianos. Siendo abogado no tiene un auto último modelo. No se moviliza en taxis para cumplir con sus faenas laborales. Durante años manejó una pequeña moto que lo transportó por varios lugares. Ya luego se compró una moderna motocicleta. Un ritual que le ayuda a sus lecturas es viajar en Combi o Custer y aprovechar esas tediosas y muchas veces largas rutas para leer algún libro mientras triangula los kilómetros desde su nuevo domicilio en Lara (Socabaya), la Universidad Católica de Santa María o la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de San Agustín. En la incomodidad y el ambiente asardinado halla un rincón para consentir a su cerebro. Da pena aquella muchachada millenial cuando dicen no tener tiempo para leer. Juan Carlos tiene tiempo hasta para escribir cartas de amor.

No posee un exquisito gusto de sibarita y tampoco es de opíparos platillos. Puede comer en un mercado popular (donde la caserita despacha con yapa y vaso de chica doble) o a la luz de una vela con una botella de vino italiano y una deliciosa pasta mientras argumenta sobre Ortega y Gasset.

Además, juega Basquetbol religiosamente y comparte con sus estudiantes este deporte motivando en ellos su práctica. Como gamberro deportista busca canchas para cumplir con su benéfico ritual. Dedicó una inspiradora crónica a Michael Jordan en la que escribe lo siguiente: «La vida es lucha, imitación del deporte y, el deporte, intensidad de vida, vida sin ripio, drama puro: sentido de sacrificio, fuerte trabajo individual y grupal, capacidad de ataque, habilidad y fuerza en la defensa, serenidad ante los fracasos y los éxitos, persistencia en los objetivos y metas, rapidez en la reacción, generosidad y honestidad con el enemigo, disciplina y autodisciplina, velocidad, potencia, coraje, etc. Todo eso hay que agradecer a ese maravilloso deporte. No se trata de brillar individualmente sino de campeonar. “El talento gana juegos, pero el equipo gana campeonatos”, dice Jordan.» Puede mirar concentrado los encuentros repetidos de la NBA durante horas pero cuando intenta ver un partido de fútbol (digamos un clásico sudamericano entre Brasil y Argentina), quizá por complacer a los nobles visitantes que traen sus extravagantes gustos, se queda olímpicamente dormido como cuando oye alguna conferencia de un reconocido historiador (nombre que no pienso revelar) que aburre hasta el adormecimiento.

Si alguien se lo cruza un día cualquiera en las universidades donde enseña lo puede encontrar distraído, siempre apurado o rodeado de alumnos, a veces renegando. No tiene un maletín carísimo con claves o hecho a base de cuero de cocodrilo, lo suyo es un objeto (casi una bolsa) simple que contiene libros (cuando no), hojas sueltas en fotocopias, tesis por corregir y a veces una pelota de básquetbol.

Sin necesidad de enfoque de género es “una ama de casa”, y sin mandil rosado, hombre de familia, pegado a los quehaceres de su hogar y sus necesidades. (El mayordomo Perkins que trabajaba con él hace tiempo, renunció). Cariñoso padre y abuelo apapachador de sus lindas nietas hijas de Aurora quien radica en Estados Unidos a quien visita todos los veranos. En Arequipa vive con su hijo Juan Carlos, “Puchungo”, ingeniero y basquetbolista como su padre. Le preocupa tanto el color y diseño de sus cortinas como el último debate entre Antonio García Amado y Manuel Atienza. Imagina por meses las piezas que serán parte del decorado de su sala o el nuevo candil que tendrá en su dormitorio. Calcula con lógica cartesiana una cómoda penumbra en su cocina y con el mismo rigor que llega a ese refinamiento casero ensaya una tesis reflexiva sobre el caso Eichmann: «Las cosas en derecho no solo suceden en la mente sino también en los cuerpos que están en el tiempo y el espacio, siempre determinados y determinables. Tener historia significa que no se sigue el instinto o la causalidad “natural”, sino que uno mismo se la hace con las grandes y pequeñas decisiones de todos los días hasta el día de la muerte.» Una lámpara, un cuadro o las disposiciones de alguna figura representan un concepto que le fue revelado por sus pasiones musicales como el jazz, alguna visita a la casa de un escultor amigo o una película. Cada objeto tiene una filosofía ergonómica y una ética utilitaria que sorprende. Tiene la estratégica manía de dejar libros en varios lados de su casa los cuales va leyendo conforme se moviliza en sus confines. No se sorprendan si un día encuentran alguna obra de Savater cerca a la estufa donde se cocina una deliciosa fritura. Como el filósofo alemán Heidegger tenía su cabaña para pensar sin distracciones y que ahora es lugar de peregrinaje, la casa de Valdivia es un asunto de ilustración presente y futura. Tiene cuatro grandes estantes de libros, una en inglés y francés y tres en el idioma de Cervantes. En sus anaqueles puede encontrarse desde filosofía, literatura, derecho, política y hasta aunque usted no lo crea, poesía. Casi todos sus libros están subrayados y con anotaciones puntuales en las hojas finales. Prueba irrefutable que no saca los libros a tomar baños de sol o a presumirlos a la envidiosa muchedumbre.

Maldita ternura

“Me gustan también todas las disciplinas académicas humanistas o directamente ligadas a lo humano: la filosofía, la historia, la psicología, la literatura, etc.”.

Ya escribió el maestro Hugo Neira acerca de esa “cultura de cementerio” aquella pobre tradición de no reconocer a nuestros artistas e intelectuales en vida y muchas veces por alguna antipatía ideológica del administrador del poder de turno. Peor aún, solo brindar flores, medallas y diplomitas insulsas cuando estos ya descansan en un camposanto. Ser mezquinos con nuestras mentes más notables es una vergüenza nacional. Desgraciadamente, tanto en las universidades públicas y privadas, abundan esas indiferencias con quienes forman parte vital de su comunidad académica. Por eso, desde estas líneas reclamo el valor de Juan Carlos Valdivia Cano, de este maestro, intelectual autor de más de diez libros y miles de artículos que abarcan el derecho, política, filosofía, identidad e historia o de alguna controversia como el aborto terapéutico en la Región Arequipa. Un tanto distraído, de noble corazón que a veces tiene la “peligrosa osadía” de hacerles leer a sus alumnos. Cómo no emular y aplaudir esta vida que trasciende la vorágine del tiempo. Valdivia nos alumbra con estas palabras del papel de un auténtico maestro: «El profesor moderno no pretende contarle la verdad al estudiante porque no está muy seguro de que alguien la tenga o de que exista algo semejante. En todo caso, sabe que él no la tiene. Sólo trata de darle las armas posibles para que pueda conocerse y darse el mismo una (auto) educación y desarrollar sus propias ideas y concepciones, sus propias verdades.» Un verdadero maestro cumpliendo un ético mandato de su voluntad creadora: el humilde oficio de agitador de conciencias.

Carlos Rivera
22 de mayo del 2023

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