Francisco de Pierola
Los hombres que golpean a mujeres
La ideología de género ha logrado que lo absurdo sea la nueva norma

Vivimos en tiempos en los que el sentido común parece haberse evaporado. Hasta hace pocos años, era impensable que un hombre, con todas las ventajas biológicas que le otorga la naturaleza, compitiera en deportes femeninos y fuera celebrado por ello. Sin embargo, la corrección política y la ideología de género han logrado que lo absurdo sea la nueva norma.
Un ejemplo reciente es el caso del boxeador Imane Khelif, quien tras meses de polémicas y controversias, fue reconocido oficialmente como hombre, tal como lo dictan sus cromosomas. Esta declaración, que debería ser obvia, se convirtió en un escándalo mediático porque desafía la narrativa impuesta por quienes lucran con la ideología de género. Dicha ideología busca transformar el concepto binario de hombre y mujer en un espectro de emociones y autopercepciones intercambiables, negando las diferencias biológicas que han definido nuestra especie desde siempre.
Pero el problema no termina ahí. Los hombres no solo están golpeando físicamente a las mujeres, como en el caso de Khelif, sino que también las están desplazando en espacios diseñados exclusivamente para ellas, como el deporte femenino. Según datos de la ONU, más de 600 atletas femeninas han perdido cerca de 900 medallas en competencias donde participaron hombres autodeclarados mujeres. Es decir, cientos de mujeres han visto sus sueños rotos para complacer una ideología que prioriza la inclusión sobre la justicia.
La biología no miente
Existen diferencias físicas entre hombres y mujeres que no pueden ser ignoradas, por más discursos progresistas que quieran disfrazarlas:
- Los hombres tienen, en promedio, un 30% más de fuerza en la parte superior del cuerpo y un 25% en la parte inferior.
- En carreras de velocidad, los hombres son entre un 10% y 12% más rápidos.
- En disciplinas como el levantamiento de pesas, los hombres levantan entre un 30% y 50% más peso que las mujeres de categorías similares.
Estas diferencias, basadas en años de evolución y biología, son la razón de la existencia de categorías deportivas separadas. Sin embargo, casos como el de Lia Thomas, un nadador mediocre en competencias masculinas que pasó a dominar en la categoría femenina tras declararse mujer, demuestran cómo la ideología de género ha pervertido la equidad en el deporte.
Thomas, quien mide 1.85 metros, era considerado bajo para estándares masculinos, pero en la categoría femenina se convierte en un atleta "alto". Los nadadores altos tienen una ventaja en el agua debido a sus extremidades más largas y manos y pies más grandes. Estas características les dan más superficie para impulsarse hacia adelante y les permiten extraer más agua. Su historia no es única; otros casos, como el de Laurel Hubbard en levantamiento de pesas, muestran cómo hombres que no destacaban en competencias masculinas logran ocupar los primeros lugares al competir contra mujeres.
De lo absurdo a lo peligroso
El debate no se limita al ámbito deportivo. La ideología de género ha normalizado trastornos que deberían ser tratados en el consultorio, no celebrados en la plaza pública. Un ejemplo es la xenomelia, una condición psicológica en la que una persona siente que alguna parte de su cuerpo no le pertenece. Nadie en su sano juicio justificaría que un médico amputara un miembro saludable para satisfacer este trastorno. Sin embargo, la disforia de género, una condición similar, según la descripción de la prestigiosa Mayo Clinic, es celebrada e impulsada como un derecho.
En Oslo, un hombre que se identifica como una mujer discapacitada incluso exige que se reconozca su "verdad" y reclama derechos en base a su autoidentificación. ¿Hasta dónde llegará esta locura?
Las víctimas invisibles
Mientras la sociedad aplaude estos "avances", las verdaderas víctimas son las mujeres. Cada medalla perdida, cada oportunidad arrebatada, es un golpe directo a sus derechos. Además, este discurso inclusivo está sembrando confusión en los niños, quienes, impresionables por naturaleza, pueden ser influenciados para tomar decisiones irreversibles antes de alcanzar la madurez.
Es verdaderamente escandaloso que en pleno siglo XXI debamos debatir si los hombres deberían competir en deportes femeninos. La corrección política ha enterrado el sentido común y ha dado paso a un nuevo dogma que prioriza sentimientos sobre hechos, y percepciones sobre realidades.
La derecha no puede seguir callada frente a este atropello. Es momento de recuperar la cordura y defender lo evidente: hombres y mujeres son diferentes, y estas diferencias deben ser respetadas, no negadas. Los derechos de las mujeres no pueden seguir siendo sacrificados en el altar de una ideología que distorsiona la verdad.
Es hora de frenar esta locura antes de que los golpes, tanto físicos como figurados, terminen por borrar décadas de lucha por la igualdad real.
COMENTARIOS