Piero Gayozzo
Los dogmas seculares
Democracia, libertad, derechos humanos, etc.
La semana pasada los cristianos celebraron la Semana Santa. Para un librepensador la semana santa es solo una tradición que carece de fundamentación real. Días feriados que sirven para despedir el verano. Para un cristiano es una festividad que tiene como propósito rememorar la pasión de Cristo y renovar la fe. La diferencia entre ambos radica en la veracidad atribuida a los dogmas religiosos. Mientras que el cristiano asume su veracidad sin cuestionamiento alguno, pues se trata de dogmas de fe, el librepensador los cuestiona lo suficiente como para rechazarlos. Por su naturaleza, Semana Santa es una temporada en la que la religión es cuestionada, una posición que comparto, pero que podría servir para criticar la irracionalidad en todas sus formas. En una columna anterior mencioné la existencia de los “creyentes seculares”. En esta ocasión, criticaremos a aquellos librepensadores que rechazan los dogmas cristianos, pero han caído en creencias sin evidencia al adoptar ciertos “dogmas seculares”.
Muchos progresistas e izquierdistas dicen ser librepensadores y creen haber superado lo anticuado de la tradición religiosa, así como haber sido lo suficientemente valientes como para cuestionar los dogmas religiosos y terminar por abandonar la fe. Cualquiera creería que este grupo de izquierdistas y progres están, por lo tanto, libres de ataduras y buscan la verdad en la evidencia y la reflexión; sin embargo, esto no es así. También entre los no creyentes o irreligiosos existen dogmas, es decir, ideas que no deben ser cuestionadas y que deben ser aceptadas sin mayor reflexión. Este conjunto de ideas son los “dogmas seculares”. A diferencia de los dogmas de fe los dogmas seculares no son creencias reveladas por una entidad sobrenatural o divina, sino que son ideas, valores o sociotecnologías que se aceptan como perfectas y finiquitadas. Por ello, quien los critica suele ser tratado como bárbaro o enemigo de la humanidad. Revisemos algunos ejemplos.
1. La democracia. Promocionada como la fórmula del éxito de todo país civilizado, la democracia se ha vuelto el estándar en las investigaciones de ciencias sociales. Existe un índice de democracia, una defensa absoluta por la diversidad de ideas y una casi patológica entronización de la representatividad como la panacea. El problema no radica en la defensa de la democracia como un mejor sistema que las dictaduras o monarquías, sino en el posicionamiento de la democracia como la última y mejor forma de gobierno que la humanidad haya podido concebir en sus más de 10 mil años de civilización. ¿Qué podría tener de perfecto un sistema que no se preocupa por la calidad de las ideas sino por la cantidad de personas que escogen las ideas? Cantidad por sobre calidad. A pesar de lo que suelen decirnos, pensar más allá de la democracia es posible. Existen diversas alternativas que podrían garantizar mejor participación y mejor toma de decisiones, algunas de estas fórmulas son la epistocracia, o gobierno de los conocedores, y el corporativismo, una fórmula de gobierno que incorpora otras unidades funcionales además de los partidos en la toma de decisiones y participación política (gremios empresariales, colegios profesionales, sindicatos, etc.).
2. Los derechos humanos. Este tema ha sido criticado en columnas anteriores (Hacia un nuevo sistema de DDHH y DDHH para humanos derechos). Quienes ven en los derechos humanos un dogma contemporáneo suelen creer que los derechos humanos son (a) reales o (b) absolutos. Ambas perspectivas son falsas. Primero, el sistema de derechos humanos es concebido por algunos radicales como una cualidad natural, un rasgo propio de los humanos; sin embargo, esto no es así. Los derechos son convenciones sociales. Si no fuese por algún sistema legal y la disposición de la gente a cumplirlo, los derechos podrían ser anulados sin problemas. Segundo, se suele afirmar que los derechos son absolutos, es decir, incondicionales y que no pueden ser restringidos. Otra asunción falsa. Dentro de nuestras normas de convivencia aceptamos que es posible anular la entrega de derechos a ciertos individuos en condiciones específicas (por ejemplo, el derecho a la vida en casos como el aborto, la eutanasia, la legítima defensa o la guerra; el derecho a la libertad en casos como las condenas o prisión; etc.). El mayor error en el que incurren los creyentes seculares es en pensar que el sistema de derechos humanos es perfecto, cuando está lejos de serlo.
3. Derecho internacional. Esto también ha sido cuestionado en otra columna. Se suele considerar al derecho internacional como el conjunto de reglas que rigen las dinámicas entre estados y otros actores globales. Entre los principios de este sistema se suele posicionar a la soberanía y a la autonomía como inviolables. El primero implica que un Estado es capaz de decidir sobre su territorio sin ser cuestionado por otro Estado, mientras que el segundo, garantiza que dicho Estado escoja la manera que crea conveniente para organizarse dentro de su territorio. El problema con este sistema es que crea una confrontación entre el respeto de los derechos humanos y el respeto de los Estados. Al priorizar a los Estados, la comunidad internacional termina por aceptar gobiernos de cuestionable naturaleza (como el gobierno talibán o el saudí), así como dictaduras (como Corea del Norte, Turkmenistán o Irán) y, en ocasiones, países en situación de anarquía, como Somalia o Haití. En todos los ejemplos anteriores es posible afirmar que existen condiciones que generan una gran cuota de sufrimiento a sus habitantes o a algunos grupos que habitan sus territorios. Olvidar que el derecho es una sociotecnología y que puede ser mejorada termina por estancar la toma de decisiones que podrían fomentar la verdadera cooperación (más allá de la económica o militar) y motivar a Estados poderosos a crear coaliciones para liberar a las poblaciones del yugo de algún gobierno nefasto o a poblaciones enteras de la convivencia alrededor de alguna cultura inferior.
4. La libertad y el libre albedrío. Este dogma es aceptado de manera casi unánime porque es bastante intuitivo que tomamos decisiones por nuestra cuenta. De ahí que cualquier restricción genere descontento, pues es entendible que la gente quiera sentirse capaz de decidir por sí mismos, es decir, sentirse libres; sin embargo, esto no reflejaría el cómo funciona la realidad. Tomemos en cuenta que el dogma de la libertad tal cual lo planteo en esta columna puede desplegarse en dos dimensiones asociadas: (a) libertad definida como libertad negativa; y (b) el libre albedrío. Primero, la libertad negativa, es decir, libertad como la capacidad de actuar sin restricciones o la creencia de que un individuo es más libre mientras menos impedimentos tenga para actuar es uno de los máximos dogmas occidentales. Este dogma se suele aceptar porque se cree que no hay nadie mejor que el propio individuo para saber qué necesita, desea o le hace bien. Esto es falso, pues no siempre tomamos buenas decisiones ni somos lo suficientemente racionales. Esto se complementa con lo segundo, el libre albedrío o la idea de que tenemos la capacidad de tomar una decisión de manera autónoma sin influencia de algún factor externo no se ajusta al cómo parece que la realidad funciona. Imaginemos que en un edificio hay mil focos. Si uno no funciona, debe haber una causa. Esta es la lógica que rige el universo. Sin embargo, para los creyentes en el libre albedrío, la mente escaparía de ella. Debido a que tenemos la impresión de que escogemos nuestras metas y decisiones, se suele ignorar que en realidad nuestra mente y todos los procesos dentro de nuestro cerebro responden a causas externas a nosotros que desencadenan procesos biológicos y neurológicos que dan como resultado el estado posterior de la mente. Dicho estado mental posterior es resultado de un proceso tan rápido que lo creemos como autónomo, decidido por nosotros mismos.
Cuando religiosos y conservadores ven cuestionados sus dogmas de fe, sus interpretaciones de la Biblia, sus tradiciones o su lectura literal de los textos sagrados, no tienen mejor idea que equiparar la ciencia con un nuevo “dogma” de los ateos. Es una estrategia que no les favorece, pues son ellos quienes consideran virtuosos la fe y el respeto a los dogmas. ¿Por qué, entonces, recurrir a la carga negativa que los cientificistas atribuyen a la fe y al dogma, como equivalentes de aceptar sin evidencia, para atacar a los ateos? En el fondo, se trata de una forma de admitir su propia incapacidad para cuestionar la Biblia, intentando equipararla con una supuesta fe ciega en la ciencia por parte de ateos y cientificistas. Así, su defensa termina por aceptar el ataque y concluir que todos incurren en el mismo error. Sin embargo, esta crítica también falla de fondo. La ciencia no es un conjunto de verdades incuestionables, sino un método orientado a reducir el error mediante evidencia, contrastación y revisión constante. Precisamente por su carácter perfectible, no puede considerarse un dogma, sino que es un esfuerzo colectivo en el que se ponen a prueba constante las afirmaciones propuestas y las conclusiones obtenidas.
Curiosamente, para quien lo haya notado, muchos de los llamados dogmas seculares comparten un problema de fondo: emergen de marcos individualistas y liberales profundamente arraigados en Occidente. Sin embargo, fuera de este ámbito cultural, donde tales supuestos no poseen la misma hegemonía, se implementan y legitiman modelos que desde la óptica occidental serían considerados inaceptables: sistemas de crédito social como el chino, esquemas de gobernanza con rasgos corporativistas y epistocráticos como el de Singapur, la aplicación de la pena de muerte en diversos países del sudeste asiático o incluso castigos físicos como mecanismo punitivo (Singapur). Si esta Semana Santa ha de servir como una oportunidad para cuestionar creencias, convendría no limitar la crítica a los dogmas religiosos. También es necesario someter a escrutinio aquellos principios que, bajo una apariencia secular y progresista, se han vuelto incuestionables. Solo rechazando todo dogma, tanto religioso como secular, que inhiba el pensamiento crítico podremos aspirar a construir la eutopía, aquel futuro glorioso para nuestra especie.
















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