Maria del Pilar Tello
Cuando la política no entiende la revolución tecnológica
Nuestra democracia parece incapaz de interpretar el presente
El reciente debate electoral sobre educación, ciencia, tecnología e innovación ha dejado una constatación inquietante: la política peruana no está entendiendo la revolución tecnológica que está transformando el mundo. No se trata de una omisión retórica ni de un descuido menor. Se trata de un desfase histórico. Durante décadas, el discurso sobre desarrollo ha estado asociado a la capacidad del Estado para invertir en ciencia, promover la investigación y fortalecer las universidades. Ese modelo, propio del siglo XX, respondía a un mundo donde la innovación estaba anclada en estructuras nacionales: laboratorios públicos, centros académicos, políticas industriales. Ese mundo ha desaparecido.
Hoy la innovación se produce en espacios globales dominados por grandes corporaciones tecnológicas que operan a una escala que ningún Estado nacional puede igualar. Empresas que concentran no solo recursos financieros, sino también datos masivos, talento global y capacidades de investigación altamente especializadas.
En ese contexto, resulta profundamente revelador que ninguno de los 34 candidatos presidenciales haya hecho referencia a esta transformación. Se limitaron a repetir fórmulas tradicionales del siglo pasado. Más presupuesto, más infraestructura, mejores salarios. Todo ello necesario, pero completamente insuficiente frente a los desafíos actuales.
Nadie habló de inteligencia artificial. Nadie mencionó la automatización del trabajo. Nadie abordó el impacto de las plataformas digitales en la economía y en la democracia. Nadie planteó cómo reconfigurar el sistema educativo para formar ciudadanos capaces de interactuar con sistemas algorítmicos que condicionan sus decisiones.
La ausencia fue total. Y no es casual. Refleja una política que sigue pensando en términos analógicos en un mundo digital. Hoy, el rol del Estado frente a la tecnología ya no es el de productor directo de la innovación. No es factible competir con las grandes corporaciones en ese terreno que está ocupado solo por las dos grandes potencias en competencia tecnológica, especialmente sobre los avances de la inteligencia artificial como elemento clave para dominar el mundo. Ni siquiera los países de la Unión Europea compiten en este terreno, menos aún los de la región, el Perú entre ellos, hacerlo es simplemente inviable.
¿Desconocen esta realidad nuestros candidatos? El nuevo rol de los estados nacionales es formar capital humano, garantizar acceso a tecnologías universales, regular su uso y proteger los derechos de los usuarios de entornos digitales.
Esto implica una transformación profunda del sistema educativo. No basta con mejorar la infraestructura o aumentar salarios docentes. Es necesario redefinir los contenidos, las metodologías y, sobre todo, los objetivos de la educación. Educar hoy no es solo transmitir conocimientos. Es formar capacidades críticas, pensamiento autónomo, comprensión tecnológica y ética digital.
Pero nada de esto estuvo presente en el debate. Los candidatos no viven en esta época, la desconexión entre política y transformación tecnológica es extrema y sumamente preocupante. Ni quien fuera rector de la UNI lo pudo plantear con conocimiento de causa. Alarmante y decepcionante para jóvenes que están instalados en la era digital de la inteligencia artificial y esperan gobernantes que entiendan la época que vivimos, no que habiten el mundo de hace cuarenta años. Lo que vimos fue, una representación de la crisis más profunda de nuestra democracia: su incapacidad para interpretar el presente.
Porque mientras la política discute cómo mejorar el sistema educativo del siglo pasado, el poder real hoy se está reorganizando en torno a la tecnología, los datos y los algoritmos. Y ese poder no está siendo debatido. La consecuencia es clara: una democracia que no entiende el nuevo poder está condenada a perder capacidad de decisión sobre su propio destino. El desafío, entonces, no es solo educativo. Es político.
Se trata de construir una mirada sobre el Estado que sea capaz de actuar en un mundo donde el poder ya no es únicamente institucional, es predominantemente tecnológico. De lo contrario, seguiremos asistiendo a debates tan bien intencionados como desinformados, cada vez más irrelevantes. El tercio de electores jóvenes llamado a definir los resultados electorales debe estar decepcionado sin saber por quién votar.
















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