Darío Enríquez

La ingeniería del eufemismo y el secuestro de la moral

La "neolengua" pretende cancelar el pensamiento crítico

La ingeniería del eufemismo y el secuestro de la moral
Darío Enríquez
03 de abril del 2026

 

En el vitral de las transformaciones culturales recientes, ningún instrumento ha resultado tan eficaz como la captura del lenguaje. No asistimos a su evolución natural, sino a un esfuerzo deliberado por "rebautizar" la realidad, otorgando a ciertos términos una aureola de infalibilidad moral mientras se estigmatiza a quienes no adoptan el nuevo léxico. Esta dinámica, que recuerda inevitablemente a la "neolengua" de Orwell, no busca ampliar el entendimiento, sino estrechar el margen del pensamiento discrepante mediante la carga emocional de las palabras.

El caso más evidente es el uso del término "progresismo". Al ligar una postura cultural a la idea de "progreso", se establece una premisa poderosa: quien se opone a dicha agenda se opone al avance de la humanidad. Por contraposición, el término "conservador" ha sido vaciado de su sentido original —la preservación de instituciones funcionales y el valor de las tradiciones— para ser cargado con connotaciones de inmovilismo o apego a la injusticia y el abuso. Bajo esta misma lógica, se denomina "matrimonio igualitario" a la unión entre personas del mismo sexo, una etiqueta diseñada para sugerir que cualquier otra definición es, por defecto, inequitativa, desplazando al matrimonio heterosexual bajo el mote de "convencional" o “tradicional”, vocablos que adquieren aquí acepción de obsolescencia.

En este mapa de estigmas, el adjetivo "neoliberal" desempeña un papel crucial como el gran "espantapájaros" semántico. Más que una categoría técnica de la economía y la política, el término se utiliza hoy como un epíteto moral para invalidar cualquier argumento que apele a la responsabilidad individual, la libertad de mercado o la eficiencia institucional. Al etiquetar una postura como "neoliberal", el emisor no busca debatir cifras o modelos, sino activar una respuesta emocional que vincula al oponente con el egoísmo, el abuso y la desprotección del vulnerable. Es la palabra que clausura la discusión económica para convertirla en un juicio sumarísimo de supuestas malas intenciones y torcidos intereses.

Quizás el mayor éxito de esta “ingeniería” reside en el uso de la palabra "inclusión", que hoy no describe la apertura a la diversidad de pensamiento, sino la adopción obligatoria de una estética y una agenda específicas. Curiosamente, en nombre de la inclusión se ejerce una exclusión sistemática de quienes sostienen visiones biológicas o antropológicas clásicas. La discrepancia ya no se trata como una diferencia de criterio, sino que se etiqueta como "odio". Al categorizar la diferencia de cosmovisión como una patología moral, se anula todo posible intercambio: con el "odio" no se dialoga, se le erradica.

Otros ejemplos abundan en esta gramática del eufemismo que busca suavizar realidades incómodas mediante una dudosa creatividad verbal. Se habla de "interrupción voluntaria" para evitar la crudeza de la palabra aborto, o de "gestación subrogada" para matizar el concepto de alquiler de vientres. Se utiliza "diversidad" para exigir uniformidad ideológica y se apela a la "seguridad emocional" para censurar ideas que desafíen la zona de confort del pensamiento hegemónico. Cuando las palabras se convierten en armas arrojadizas contra quien osa pensar distinto, la verdad pasa a un segundo plano.

Es lamentable constatar cómo se ha degradado el debate público con simples etiquetas descalificadoras. Palabras como “neoliberal”, “caviar”, “comunista”, “populista”, “fascista” o “estatista” han perdido gran parte de su sentido real, convirtiéndose en insultos genéricos que bloquean toda discusión seria. En lugar de describir ideas, corrientes o modelos políticos, se emplean como armas retóricas emotivas, empobreciendo el diálogo y desplazando análisis por polarización.

El desafío cultural no es solo defender ciertas ideas, sino defender el derecho a usar las palabras por su real significado y no por su utilidad discursiva. Una sociedad donde el lenguaje se rediseña para impedir el disenso es una sociedad que impone el dogma sobre la lucidez. Invoquemos resistencia llamando a las cosas por su nombre, rechazando términos que, bajo una apariencia de justicia, sólo buscan silenciar al “otro” diferente.

Darío Enríquez
03 de abril del 2026

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