Carlos Rivera
Arráncame la vida
La importancia del legado de Mariano Melgar

Incienso
Melissa abre los ojos con el crepúsculo matutino. Se dirige a la ventana, abriéndola con cuidado, y voltea la mirada hacia su esposo quien aún no despierta. El atrevido sol ilumina el cuarto, las cortinas, en sus vaivenes inciertos inducidas por el viento, buscan aquietarse. Ella se apresta a recibir el cristalino céfiro y el rumor de las aves anuncian un delicioso concierto.
Aquella mañana Josefa se levantó muy temprano para cumplir con los quehaceres de la casa: abrillantar el piso, alistar la vajilla y mandar a limpiar el jardín. La patrona le había encomendado tan necesarios mandatos por la llegada de sus hijos desde Italia. Presencia que alegraría el hogar sumergido en recientes angustias. Josefa llama al muchacho encargado del jardín y le increpa la premura para cortar las flores y colocarlas en la mesa.
Son las 7 de la mañana y Melissa colmada del aroma mañanero acerca sus manos hacia el cuerpo de su marido pretendiendo robarle un beso y sorprenderla con su ternura. Mueve su hombro, y nada. Agita su cabeza descubriendo el rostro frío de su esposo. ¡Mariano Melgar ha muerto! Hay unos segundos de quietud, el llanto se le contiene en la garganta y voltea su cara advirtiendo aquella barba canosa y sus bigotes grandes humedecidos por la saliva de su boca recorren el pequeño monte de su arrugada mejilla izquierda.
Melissa grita el nombre de Josefa. La casa de los Melgar Valdivieso cae en la fatalidad. Desconsolados llantos de la servidumbre y la desolación de la esposa aguardan la incierta hora en la que el médico de la familia llega y comprueba la muerte del gran escritor y político peruano.
El hombre
76 años de vida, 23 de mayo de 1866. A cinco años de celebrar el medio siglo de la independencia de nuestra patria. La muerte lo llama cuando trabajaba en un admirable libro acerca de un balance histórico de este libertario suceso. El alcalde de la ciudad y los notables hijos de esta tierra fueron por la tarde a la casa de Melgar a rendirle tributo por su partida.
La iglesia lo odiaba por hereje y masón, porque con sus ideas había permitido que muchas almas cristianas se alejen del apostolado del servicio a Dios.
El presidente de la República Mariano Ignacio Prado Ochoa mandó sus condolencias a la familia, varios ministros de Estado hicieron llegar sus cartas de duelo. Los diarios anunciaban el luto en sus hojas por todo lo que hizo en vida. Los niños de las escuelas susurraban la noticia y preguntaban a sus maestros por aquel insigne hombre que partió.
Manuel y Beatriz, los hijos, llegaron por la tarde y encontraron a su padre muerto. La madre fue a su encuentro y solo tuvo fuerzas para abrazarlos.
La resonancia de la tragedia llega a oídos del anciano sabio José María Corbacho quien a sus 85 años escucha la noticia de boca de su leal sirviente quien lo tranquiliza mientras pone entre sus manos un pañuelo consolando al ilustre maestro. Entre sus libros puede ver un retrato de Melgar a los 24 años: romántico y risueño. Recuerda ese momento cuando fue rescatado de Umachiri y los realistas estuvieron a punto de ajusticiarlo. Regresó a escondidas a la ciudad ocultándose en una casa de Carmen Alto. La Tertulia Literaria de Arequipa convocó a una reunión de urgencia ante los hechos suscitados. El mismo Corbacho anotó un listado de acciones para conservar la vida de Melgar seguro de las pesquisas del ejército realista y las posteriores persecuciones.
Vienen a la memoria aquellos juveniles versos que le compartía su discípulo, aquel amor a “Silvia”, María Santos Corrales. Corbacho corrigió y orientó sus textos hacia una prosa más fina y sin el retoricismo castigando las ideas. Acompañó la fundación de la Academia Lauretana. A los 29 años consolidó sus estudios de Jurisprudencia en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y regresó hecho un abogado para casarse con su eterna novia, “Melissa”, Manuelita Paredes y luego regresar a la capital a cumplir con los nuevos cargos que tuvieron a bien otorgarle por su prestigio. Tuvieron al poco tiempo dos hijos.
Vida ilustre
Moldeado en su cultura, excelso en las formas de su lenguaje y las prístinas ideas libertarias su figura fue creciendo en las letras peruanas y los análisis como estadista permitiéndole obras de arraigo trascendiendo los ámbitos del continente. Era invitado como expositor de temas como: el pensamiento americanista, las armas y las ideas, análisis contemporáneo de los estados libres. Había publicado más de diez libros históricos, geográficos y políticos, ensayos; novelas y magníficos cuentos.
Los años fueron llevándose la memoria, rostros, tradiciones, hombres, historias, libros y efluvios. Murió Corbacho al año siguiente, los hijos de Melgar regresaron a Europa. Melissa murió de tristeza una mañana de invierno mientras recogía unas frutas del jardín donde vivía con su criada Josefa.
En su nombre se fundó una universidad pública en Lima, muchos años después seguía estudiando su obra. José de la Riva Agüero postula la tesis del primer geopolítico y que gracias a él podíamos entender la transición de la independencia. Mariátegui en los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana le dedica unas páginas sobre la estirpe precursora de sus ideas. “Bello bardo de la esgrima política y amante del ritmo en las síntesis del pensamiento que lo asemejan con los grandes idealistas del siglo XX” nos dice el amauta. Luis Alberto Sánchez intenta un estudio comparado con Sarmiento. La historia de las ideas políticas tiene en Melgar su figura precursora.
Libros y más libros, homenajes, medallas a los descendientes. Poco a poco, esto fue diluyéndose. Pocos son los historiadores dedicados a estudiar su obra, la acusan de decadente. En la cripta de los poetas del cementerio Apacheta, existen dos monumentos grandiosos: uno dedicados a Percy Gibson que murió de fiebre a los 26 años, en sus palabras de despedida lloró porque sentía que le faltaba una oda. Clamoroso y misterioso deseo que nunca resolviera con su conciencia. Benigno Ballón Farfán recorrió el mundo desde los 30 y nunca más regresó a su tierra. El inmortal y Premio Nobel de Literatura, Alberto Hidalgo tuvo la más grande fiesta del populacho y las autoridades se rindieron a su arte cerrando plazas, cantaron sus poemas y su nombre se inmortalizó en la gran Biblioteca de la Calle San Francisco 308 que hasta ahora guarda sus libros y recibe a sus visitantes. Francisco Mostajo afirmó en sus Pliegos al viento, con cierta sensualidad, que la perennidad de estos poetas trasciende las fronteras de la sensibilidad y furia de sus rimas. “¡No hay más poetas que Gibson e Hidalgo!” discurseaba el tribuno.
Regreso
Hoy, 12 de marzo, Hélard André Fuentes Pastor, joven historiador, sale de su hogar a las siete de la mañana. Se dirige donde sus maestros historiadores a fin de compartirles un trabajo acerca de la poesía juvenil de Mariano Melgar. Lo desalientan de la empresa por carecer de fuerza argumentativa. Él, cree en su espíritu romántico y aspira a colocar su nombre en la literatura arequipeña y nacional. Todos se ríen. Una hora después visita a un crítico literario y este observa las hojas con desdén y aplasta su inocencia con la lapidaria mueca de su indiferencia queriendo cerrarle la puerta y largar al ingenuo muchacho. Pero el ímpetu de su bravío corazón no lo amilanan
Regresa a casa con sus apuntes. Lee una vez más los poemas y la carta a Silvia. No puede creer que sea el único que vea la pureza y melancolía sentimental de sus versos. Decide ir a visitar la tumba de Melgar en el Apacheta. Un modesto mausoleo lleva una placa de bronce antigua y algunos restos de recuerdos idos. Llora sobre su tumba, poco a poco va durmiéndose. Son las cuatro de la tarde. Despierta, pero no tiene sus apuntes, y su vestimenta es un tanto deportiva, el cuidador del cementerio cree que es un joven suicida y le ofrece ayuda. Pero le explica que solo se quedó dormido. De pie, y con el sol ardiente de la tarde, sus ojos ven todo ese hermoso aposento de los muertos. Ve la tumba donde descansó, comprobando que era de un tal Sebastián Domínguez Guerra. Tomó un taxi hacia la plaza de armas de Arequipa y pudo ver el gigante escenario dedicado a celebrar el Bicentenario del Sacrificio de Mariano Melgar ¡como héroe y poeta!, la gente hablaba solo de su figura. A sus oídos llega el poema de Percy Gibson encumbrado por el piano de Ballón Farfán y cantado por la telúrica voz de los hermanos Dávalos. El joven historiador llora y canta, ve al Misti, magnánimo y con su túnica inmortal aplaudiendo a su gran poeta.
Umachiri, 12 de marzo de 1815, una bala atraviesa un cráneo y con ella impulsa el tiempo, el alma y la inmortalidad.
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