Juan C. Valdivia Cano

Un tabú hispano andino

El resentimiento es el motor de toda la izquierda

Un tabú hispano andino
Juan C. Valdivia Cano
16 de agosto del 2022


“Yo veo unos carros en la calle que, la verdad, me pica
el ojo y me hinca el hígado” (Pedro Francke) 

 

Resentimiento. Se le confunde con el simple odio u otro sentimiento que puede no revestir mayor gravedad. Se le considera mucho más benigno de lo que es en realidad, casi como un sinónimo de enojo. “Está resentido” significa para muchos peruanos lo mismo  que  “está enojado”, “está molesto”. Pero no es así, no es lo mismo estar enojado y ser resentido. Y la diferencia está en el “re”. Es la diferencia entre  ser y estar.  El re-sentimiento es algo más complejo que el simple enojo e incluso que el simple odio expresado abiertamente.   Aquel es permanente, este es circunstancial y pasajero, para empezar. 

Odios los tenemos todos, pero no todo el mundo es re-sentido. Si bien hay que reconocer que no son pocos en nuestra subdesarrollada y compleja realidad hispano andina (¡que te lo digo yo!). No es un fenómeno superficial en países como el nuestro, sino bastante arraigado en eso que Carl Jung llamaba “subconsciente colectivo”.

El resentimiento es como un boomerang letal. Un odio que puede tener su origen en la realidad o en la fantasía, en una mentira o en una leyenda; pero ante la incapacidad de respuesta  sumida en la impotencia puede tener “efectos de verdad”  más fuertes que la verdad objetiva misma  . ¿Qué diría el resentido si se atreviera a leerse y a hablar?:  “Yo sufro, alguien tiene que pagarlo”. O como decía el célebre Alci Acosta: “Y el triunfo mío será, verte llorar gota a gota”. 

El odio –inseparable de la impotencia– que retorna al cuerpo  porque no pudo  exteriorizarse, envenena el alma. El que  no se  atreve  a devolver la ofensa con otra equivalente se la tiene que  tragar. El odio como energía que no pudo expresarse y  devolver  la agresión (la humillación, el atropello, el abuso, la explotación, etcétera, real o imaginada, no importa) retorna a la propia víctima agredida, que se autoenvenena como efecto de la impotencia expresiva. Ese  veneno se llama re-sentimiento.

El resentimiento es una pócima que bloquea la creatividad y todo cambio revolucionario (no en el sentido jacobino del término  revolución sino en el de la física moderna: vuelta completa).  Es re-activo, estéril, dogmático, autoritario, etc. Cerrón, Guzmán, Mendoza y Castillo se identifican solo con una parte, no con todos los peruanos: es un sectarismo que no se reconoce como tal.  Cuando al “científico social” Guillermo Lumbreras le preguntan, por ejemplo, “¿Castillo no da talla para gobierno?, responde sin asco: “No puede, pues, está con las manos amarradas. Cualquier cosa  que hace le buscan  la parte mala y lo atacan por allí.  Lo  que pasa es que no saben cómo defenderse porque están acusados de comunistas, amigos de terroristas”. ¡Y lo dice en La República del 31 de julio del 2022!  

Y tal vez tiene razón, sin embargo: tienen las “manos amarradas”  para gobernar porque no gobiernan –ni siquiera mal–, pero no para otras cosas. Y Lumbreras, que lo creíamos en Lima, parece que acaba de llegar de Júpiter. Pero, no, no estuvo en Júpiter: es el resentimiento.  Así   lo define David Solís Nova hablando del tema a propósito de Max  Scheler: “El resentimiento es un auto envenenamiento anímico que se produce en el individuo cuando no puede conducir naturalmente sentimientos negativos, de por sí normales, y termina no solo reprimiéndolos, sino también valorando falsamente la realidad con  tal de disminuir el dolor o el sentimiento de impotencia”.

No están motivados por la razón crítica sino por la emotividad, la identificación, la compasión (que oculta la autocompasión) por el pobre, con el explotado, con el atropellado, con “el otro”, dice Lumbreras. Pero no con todos los peruanos –la familia completa–, no  por supuesto con los malos: los poderosos, los fuertes, los famosos, los exitosos (peor aún si  alguno de ellos tiene el descaro de ganarse un Premio Nobel).  Eso es muy cristiano, muy evangélico, pero no revolucionario (o sea vuelta completa). 

El re-sentimiento antihispano, que es otro ejemplo, producto  de la ideología indigenista y  de la Leyenda Negra,   muestra de paso  todo lo occidentales que somos los peruanos. Los  Incas no podían ser indigenistas porque no podían ser cristianos, porque no eran  occidentales, como todos nosotros, incluidas  las izquierdas, modo Mendoza o modo Castillo, o modo Hildebrandt o  La Republica y casi todos sus columnistas. ¿Pedro no tiene nombre, apellidos, religión, lengua y una estructura mental occidental? ¿Acaso habla quechua y adora al sol desde su  helipuerto chotano?  

El Perú solo cambió de sistema político con la Independencia,  pero la “sociedad civil” no cambió en absoluto porque  no cambió paradigmas desde la época de la larga Colonia (valores, creencias, prejuicios, dogmas, costumbres, religión, tradiciones, etc.) profundamente internalizados en el colectivo mental,  programados para no cambiar y para odiar el cambio. Los  Castillo, Fujimori y López Aliaga son bien representativos de esa cosmovisión, aunque duela y avergüence. Tres expresiones del peor conservadorismo peruano, que ya es decir. Homofobia, misoginia, machismo, no les falta nada, salvo matar a su madre. 

El mal menor fue  Keiko; aunque sea un verdadero mal, y no lo que nos hubiera gustado que fuera. Era asunto político y eso significa lo más razonable y posible dentro de lo que hay, con doble mascarilla y todo. Allí no hubo ninguna salida buena. Pero la política es el arte de lo posible, y la mitad  de peruanos lo olvidaron. El voto viciado o en blanco no era neutral pues favorecía a uno de los dos nefastos candidatos. No había más que dos alternativas: Keiko o Pedro. ¿Keiko era peor? ¿Hubiera hecho lo que hizo su padre, sin golpe de Estado, sin Fuerzas Armadas y  sin Vladimiro?  Que lo hubiera querido, probablemente  sí. ¿Pero hubiera podido sin que  le caiga el Perú encima? 

Sin embargo,  los comunistas y caviares (que no son ni comunistas ni demócratas, sino malaguas adoctrinadas por la Teología de la Liberación)  apoyaron con todo lo que pudieron a Pedro, y cuando se dieron cuenta de la joyita  que habían elegido, siempre demasiado tarde, jamás reconocieron (ni reconocerán) que se equivocaron escandalosamente. Y que como este Gobierno no hay ni habrá otro igual, per secula seculorum, porque no es posible humanamente superarlo. ¿Qué no lo conocían en el momento de las elecciones? ¿Y votaron por quien no conocían?         

Con el señor Castillo no solo  se pone en juego el Estado Constitucional de Derecho y la democracia, aún muy frágil; no, simplemente  nos iremos a la ñoña económica, política y moralmente si los jóvenes no salen a las calles. El no cree en la democracia como fin. Con el rondero-agricultor-labriego-profesor y líder sindical Castillo volvemos, política y económicamente, a la época de Velasco, e ideológicamente aún más atrás con el agregado homofóbico, misógino, machista, delincuencial, arrogante, cínico, recalcitrante, autoritario, dogmático, etc, etc. Con el aval y apoyo de los caviares, aunque finjan quitar el cuerpo a la hora nona y sigan aceptando ministerios hasta que los echen a watsapasos ¿Es el Gobierno que nos merecemos? Ni los países africanos más desvalidos  merecen algo así. 

No hay dictadura buena, roja o negra, civil o militar, o chotana; todas fastidian al pueblo, lo someten y lo empobrecen. Y el chotano y compinches  solo creen en la dictadura del proletariado (magisterial), ahora vía electoral.  Ser radical, llegar a la raíz,  no es tomarse el Ejecutivo propugnando la estatización de todo lo que el de turno decida estatizar, regular, subsidiar y repartir (bonos), lo que nos destrozará económicamente. Eso no es llegar a la raíz. No es nuevo, ni original, ni saludable. Y no hay nada más superficial o menos radical que creer que el Estado “socialista” será menos calamitoso que este, y que va a resolver y no agravar los duros problemas que ya tenemos.

Nadie menos radical que los compañeros y camaradas que jamás dejaron su ideología tradicional, que no se diferencia de la cosmovisión popular, ni la de la derecha. Keiko representaba en ese momento la peor derecha mercantilista., pero en política –respetados lectores– hay que escoger el mal menor cuando no hay bien mayor ni menor. Con Keiko  hubiéramos seguido mal, sin salir del subdesarrollo. Con Castillo seguiremos atascados en este frío infierno político, económico y moral,  gracias a los genios que han votado por él. Y a quienes no quieren sacarlo.

Juan C. Valdivia Cano
16 de agosto del 2022

NOTICIAS RELACIONADAS >

Algunos rasgos del “hombre masa”

Columnas

Algunos rasgos del “hombre masa”

El concepto de “hombre masa” de don José Ortega y G...

02 de abril
Milei acusado (respuesta a un colega)

Columnas

Milei acusado (respuesta a un colega)

Respuesta: Estoy con su política estatal. Argentina no puede vo...

14 de marzo
Justicia, equidad, justicia social

Columnas

Justicia, equidad, justicia social

El problema del concepto de justicia, valor esencial del derecho &ndas...

26 de febrero

COMENTARIOS