Aldo Llanos
¿Políticos con identidad o con políticas identitarias?
Una lectura cristiana

El tema de la identidad (y por ende, el de las identidades), es hoy por hoy uno de los grandes temas de disputa. En efecto, las políticas de la identidad han ido desarrollándose a un ritmo vertiginoso en el presente siglo al punto que, si el siglo XX fue el siglo de las disputas ideológicas, el presente es el de las disputas identitarias. ¿Pero qué significa aquella palabra? ¿Por qué de pronto está teniendo un gran caudal político?
En un sentido genérico podríamos decir que la identidad es la toma de conciencia del conjunto de características particulares de una persona o de un grupo de personas que los diferencian de los demás. Las políticas identitarias surgen debido al deseo de reafirmación y reconocimiento social y legal de estas diferencias. La globalización, la deriva socialista hacia el posmodernismo y la lógica del capitalismo, han acelerado la articulación de colectivos identitarios y el aprovechamiento político y económico de ello.
Por un lado, la mayor parte de las izquierdas han pasado de agudizar las contradicciones económicas a agudizar las contradicciones identitarias, buscando con ello nuevos antagonismos para colectivizar a alguna de las partes conflictivas y no perder votantes ante el auge de los populismos. Por el otro, las derechas liberales y neoconservadoras van por ese mismo camino, buscando atrapar votos y no perder sus cuotas de poder. De este modo y con gran sorpresa, vamos viendo como lo identitario se ha convertido para estas izquierdas y derechas en el nuevo espacio de convivencia, un nuevo “consenso para asegurar la democracia”. ¿Pero no es precisamente radicalizar lo identitario una buena forma de hacer explotar la democracia?
Pero para hablar de identidad (y lo identitario) se requiere hacer una precisión de orden antropológico. Lo explico. Las políticas identitarias se desarrollan a partir de presupuestos sobre el hombre y, en ese sentido, nuestro tiempo, “antropológicamente hablando”, es aún moderno más que posmoderno. La modernidad confunde el ser personal con el modo de ser (esencia) como resultado del abandono de la metafísica mientras que, la antropología cristiana, afirma esta distinción señalando que el hombre no es idéntico, a diferencia de Dios en el que no hay distinción entre ser y esencia: Él es lo que Es, la Identidad real.
También vale precisar que el hombre se “esencializa” (perfecciona su modo de ser) por medio de su acción en el mundo en el orden del ser: su vocación (o llamado de Dios para ser quién verdaderamente se es). Dios no, su esencia es su ser, por eso es idéntico. Sin embargo, en la modernidad, el ser (del hombre), se confunde con el Yo (el Quién soy pensado, o sea, una idea que no es el Quién soy real) postulando que, este Yo (ideal y no real), se esencializa por medio de sus actos voluntarios de dominio: del poder (Nietzsche y Marx) y del placer (Freud), por ejemplo.
En el cristianismo, por el contrario, se sostiene que la Identidad originaria es Dios mismo quién crea todo el universo y a nosotros en este. Aquí, nuestras esencias son creadas para hallar su fin (vocación) en Dios y nosotros, por ello, nos esencializamos esencializando el universo, añadiendo a Dios al ofrecer esta acción y siendo aceptados por Él. San Josemaría decía: “santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar con el trabajo”. Este es el principio de Identidad.
¿Qué se extrae de esta precisión densa pero necesaria? Que el identitarismo que busca uniformizar, que preconiza el pensamiento único y el ejercicio político cerrado en sí mismo, superpone siempre una idea del Yo (como el “hombre nuevo” socialista o el “individuo” liberal) a las personas Quiénes son lo que termina convirtiéndolas a estas en medios para conseguir el objetivo de turno: la revolución o el estado de bienestar, y no al principio de Identidad (Dios), por medio del descubrimiento y despliegue de su vocación.
Por eso el cristianismo defiende la idea de políticos con identidad que, a partir de una profunda vida interior, se identifican con Dios y su Reino haciendo política a partir de esa experiencia en cualquier conformación política. Todo lo contrario, cuando muchos cristianos, imbuidos por un modernismo de fondo, aunque lo desdeñen en sus discursos, preconizan un identitarismo que los lleva a hacer una “política cristiana” en “partidos cristianos” en la consecución del poder. Curiosamente, el mismo proceder de los islamistas de Riad como de los globalistas de Bruselas.
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