Juan Carlos Puertas
No hay justificación
Para los errores del Gobierno en la gestión de las vacunas

No es la banalidad de la muerte, porque no pienso mucho en estadísticas (aunque deben usarse para hablar de medidas acertadas o no a nivel político), como ser humano lo que me duele es cada muerte que veo, cada llamada o post de una persona que llora a su madre, padre, hijo o un ser querido. Como creyente, tampoco creo que esta sea una calamidad, cuando es el paso al encuentro definitivo; pero ese dolor se convierte en rabia cuando la muerte es directa responsabilidad de seres perversos.
Desde todo punto de vista moral es indefendible, ya no digo la evidente asquerosidad e ilegalidad como se trató el contrato de las vacunas (que ni siquiera sé si me las colocaré), ni la execrable y maligna inacción del Gobierno para buscar tratamientos o comprar lo más elemental para tratar la enfermedad; sino negar a las personas su natural e inmutable derecho de escapar de este genocidio producido no por el Covid, sino por aquellos que nos gobiernan. Como dijo el Papa Francisco, “la corrupción, [esa] que te va viciando el alma y el cuerpo, es una ciénaga".
Negar la importación de vacunas es un asesinato una crueldad innominada, en aras de ese perverso sueño ideológico del más violento igualitarismo. Que el Estado decida el orden en que las personas deben morir con su inacción, dejando como único remedio vacunas cuyo efecto a largo plazo no conocemos, es el último paso para destruir todos los valores que sustentan su propia existencia.
Hoy el miedo que percibo en mis hermanos, es tal que su vida se ha reducido a la vana esperanza de que aquellos perversos les tiren un trozo de ilusión, ya sea de pan, de una inyección. O le digan una nueva mentira para que destile su impotencia contra sus hermanos o contra quienes ellos te digan que son los culpables. El miedo ciega. Y a estas alturas no solo duele la matanza que vemos día a día, sino la deshumanización de nuestros vecinos, su paso de seres dignos y libres a seres que ruegan ante su amo dominado de corrupción.
Y en todo este camino de llamas, nos lo quitan a Él, a nuestra vida, al centro de todo. Eso, los cristianos lo sabemos, no tendrá perdón.
Decía el gran Papa Pio XI: “Cuando llegue el caso de que esos poderes constituidos se levanten contra la justicia y la verdad hasta destruir aun los fundamentos mismos de la autoridad, no sé cómo se podría entonces condenar el que los ciudadanos se unan para defender la nación y defenderse a sí mismos, con medios lícitos y apropiados, contra los que se valen del poder público para arrastrarlos a la ruina".
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