Juan C. Valdivia Cano

Mariátegui y las izquierdas

La ortodoxia marxista-leninista ha canonizado la obra de Mariátegui

Mariátegui y las izquierdas
Juan C. Valdivia Cano
27 de julio del 2022


En un texto político de izquierda de cuyo nombre no quiero acordarme, se podía leer la siguiente definición del «mariateguismo»: «El mariateguismo es la aplicación creadora, heroica y concreta del marxismo-leninismo a la realidad peruana». Una definición que, por razones que veremos más adelante, merece un comentario inspirado, por supuesto, en los aspectos de “concreción” , “creación” y “heroísmo”. Este tipo de definiciones producían la impresión de que existen ciertas formas de rechazo –más inconsciente que consciente– a la obra de Mariátegui que críticas a ella propiamente dichas. Y a pesar de ello, aún hoy se sigue utilizando su imagen para apoyar movimientos como el de la alianza que llevó a la presidencia a Pedro Castillo con todos los matices de comunismo y socialismo caviar, desde Vladimir Cerrón hasta Verónika Mendoza. Pero poner en el mismo saco a Mariátegui con el inefable Cerrón es como poner en el mismo saco a Antonio Gramsci con José Stalin. 

Al inicial intento de Eudocio Ravines —su tristemente famoso combate al «amautismo»— de descalificar a Mariátegui siguieron algunos otros menos groseros, pero no menos efectivos, como la conversión al arquetípico marxista leninista, poco después indiferenciado del maoísmo. También la posterior expulsión del mariateguismo de la iglesia leninista ortodoxa, acusado de populista o europeizante por el marxismo ortodoxo proveniente de Moscú. O la ignorancia pura y simple de su obra, por lo menos de aquella significativa parte en la que no se ocupa especialmente de economía o política (contra las cuales no tendría nada si no se redujera a ellas la obra de Mariátegui, y se tuviera en cuenta lo que Gilles Deleuze llamaba «principios de conexión y heterogeneidad». 

Las omisiones por tácita condena, las reducciones economicistas y politicistas, conversiones, elogios con sabor a réquiem, romerías a la tumba y demás mistificaciones de la obra y la personalidad de Mariátegui, hablan más que de un defecto de interpretación, de un mal disimulado rechazo por parte de sus supuestos herederos políticos. Rechazo que fuera coronado con una nueva modalidad de reducción ortodoxa: el mariateguismo, es decir, la generalidad y la tautología, su conversión en «ismo», en ideología pura. (La tautología, que «define lo mismo por lo mismo», «supone un doble asesinato —decía Barthes— : se mata lo racional porque nos resiste, se mata el lenguaje porque nos traiciona».

No basta saber que el mariateguismo es «la aplicación creadora, heroica y concreta del marxismo-leninismo», porque dicho eso queda por saber lo esencial: ¿en qué consiste una aplicación creadora, heroica y concreta del marxismo? Aunque así parece creerse, el enunciado de estas características no es mágico; no otorga garantía de creatividad o heroísmo a quien las incluyó en una definición por el solo hecho de su inclusión. No dice nada específico o particular de la obra de Mariátegui. Todas las grandes obras artísticas, intelectuales, científicas, son creativas, heroicas y concretas. Además de tautológicas, este tipo de definiciones son el mejor ejemplo de una actitud que sólo puede ser considerada «mariateguísta» con cierta ironía. No hay que olvidar que las socorridas palabras («creación», «heroísmo») son «calco y copia», es decir, plagio de la propia caracterización maríateguiana del marxismo; caracterización que, por otro lado, no pertenece al orden epistemológico de las nociones científicas o académicas sino al personal, afectivo, pasional. 

En estos rechazos hay que incluir, obviamente, la eterna expulsión de Mariátegui de la conciencia cultural peruana, por parte de la interesada desidia de los grupos de poder. Aunque de estos últimos no nos ocupamos aquí, son otra variedad de guardianes de la tumba de Mariátegui, (digamos con Karl Marx: «están por debajo de la crítica y sólo pueden ser objeto de denuncia»). La ortodoxia marxista-leninista tiene buenas razones para canonizar una obra que, como la de Mariátegui, se constituye por su forma-contenido en la más límpida crítica del dogmatismo, del marxismo escolástico, y tal vez deba ser esta crítica la premisa del mariateguismo crítico. Sobre todo ahora que se ha diluido la máscara romántica, el fervor militante, para anudar la tragicómica corbata del parlamentario aburguesado; queda el escueto dogmatismo, la ambigüedad del discurso parlamentario: burgués y anti-burgués, democrático pero anti liberal, igualitario pero resentido. 

Puede ser exagerado, pero Martin Romaña (Alfredo Bryce Echenique) cuenta así un asunto semejante, y me interesa consignarlo entre paréntesis y autocríticamente: «Bueno, vamos por partes, porque el asunto es bastantemente complicado, porque aquí el mundo se llena para mí de variantes y matices, porque en estos años hay demasiados acontecimientos y personajes que influyen en la vida de Inés y en la mía, y porque después de todo, a decir de ella, que de golpe abandonó una noche las iglesias de su ferviente catolicismo y se volvió más marxista que el Papa, yo nunca llegué a ser más que un intelectual de medias tintas. No debería ser yo, pues, quien cuente esta parte de la historia, pero como a Inés todas las partes de esta historia deben importarle un pepino, puesto que se fue de ella, no me queda más remedio que asumir el riesgo de meterme, solita mi alma, en la boca del lobo».

Juan C. Valdivia Cano
27 de julio del 2022

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