Carlos Rivera

La zurda inteligencia

Los buenos son ellos, los malos quienes no comparten su ideología

La zurda inteligencia
Carlos Rivera
16 de septiembre del 2022


Los lugares comunes de la política que aprenden algunos (por no decir muchos) en sus respectivas universidades públicas los conducen a un autoritarismo del cual no quieren darse cuenta. Por eso arremeten contra todo aquello que no comulgue con lo que para ellos es racional, justo e inteligente. Creen saber más que todos y tener una interpretación
casi exacta de la realidad la que supuestamente solo ellos palpan y descifran. Es una realidad progresista y zurda, en la que los buenos son ellos y los malos los fujimoristas y neoliberales (término que repiten como loros hasta el hartazgo).

Para esta muchachada ingenua un conservador es igual a un liberal o uno que abraza la tercera vía. Y sus profesores, que también aprendieron como ellos, nunca los corrigen ni los educan con la verdad de las cosas, sino con el sentido de sus dogmas. Por eso cuando el profesor dice “Venezuela”, sus alumnos repiten “¡abajo el imperialismo!”. Cuando él pregunta por los venezolanos en nuestra tierra, ellos afirman que son espías porque sus zapatillas de marca Nike así lo demuestran. La CIA les quedó pequeña.

Ese postulado ideológico de izquierda (cada quien según sus intereses se adecua en algunas de sus vertientes mansas o radicales) los reviste de conciencia, sentido crítico y dignidad. ¿Quiénes conocen a los pobres? ¿Quienes sufren los males del Perú? ¿Quiénes comprenden el drama de la educación? ¿Quiénes tienen derecho a opinar sobre violencia política? ¿Quién sabe de política? ¿Quién lee y ama la cultura? ¿Quién puede hablar del Perú profundo y de las comunidades andinas o amazónicas? Solo la izquierda. Nadie más.

Ya mayorcitos y como saben tantas cosas enfilan sus deseos aspiracionales hacia el Estado. ¿En qué otro lugar podrían ser competitivos sino como parte de esta burocracia de la cual tanto reniegan y pretenden destruir algún día? Entonces, cuando llegan a estos puestos ha de entenderse que con todo ese bagaje debieran solucionar sus problemas; pero casi nunca hacen nada, porque se topan con visiones administrativas y de gestión que van contra su lucha revolucionaria. Y al ver su nombre en una planilla y con un buen sueldo, se hacen los locos con lo que pregonaron en varios fueros. Porque el Estado es un discurso con teoría y práctica, una conciencia viva de voluntades y poder, una síntesis de la nación y no la ambición u odio de unos sobre otros. Una filosofía de eficiencia y de comprensión de la voluntad colectiva. Se sirven del Estado y nunca lo sirven como se debe.

Desde las aulas universitarias repiten lo que sus viejos (viejos en el sentido que acusaba el maestro Gonzales Prada a esa generación que no hizo nada) maestros o líderes les venden como “conocimiento académico”: tergiversado, dogmático y resentido (y por ello la pobreza de sus saberes). El alumno politizado y preparado para la lucha adquiere los hábitos de esa vieja guardia: sus gustos musicales (toda trova les parece hermosa y con letras profundas y reivindicación social, se derriten cuando Residente de Calle 13 canta “Latinoamérica”; y luego les duele el reggaetón por vulgar, pero no ajustician al mismo grupo que canta “Atrévete”). Insultan al portador de una idea o un argumento distinto y responden con insultos impostando la pose de mesías salvadores dignos de conducirnos hacia algo que nadie les ha demandado: el paraíso igualitario. 

Otra performance aprendida es la postura de inclusivos, altruistas, empáticos con el pobre y el hermano que sufre. Denigran y nunca lo reconocen. Agreden y odian porque les da la reverenda gana. ¡Viva la izquierda! ¡Viva la perfección y bonhomía de estos ilustres. 

Diariamente se levantan, se miran en el espejo, acomodan sus libros en sus mochilas y también un par de piedras (porque uno nunca sabe) para tirársela al policía (al que desde su payasada insurrecta siempre dicen “tombo”) y se persignan ante la foto del Che y se repiten: ¡Hoy voy a cambiar el mundo! Veinte años después no han cambiado nada.

Carlos Rivera
16 de septiembre del 2022

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