Giancarlo Peralta
La izquierda corrupta y amoral
Solo quieren llegar al poder para expoliar los recursos fiscales

Los movimientos políticos de izquierda siempre emplearon la prédica de la superioridad moral frente a sus adversarios; pero lo cierto es que existe un abismo entre su discurso y la práctica. El caso de corrupción que vincularía al congresista Guillermo Bermejo, según declaraciones de un colaborador eficaz, confirma una vez más que estas agrupaciones, que dicen representar los intereses populares, no son más que instrumentos para asirse del poder y desde allí expoliar los recursos fiscales.
El cobro de una coima equivalente a 1.5% del valor de una obra a cambio de “gestionar” la asignación de recursos fiscales para la reconstrucción del norte del país, en circunstancias que estamos enfrentando el Fenómeno de El Niño con impacto mundial, hace aún más deleznable este proceder. En el pasado, las izquierdas –con todos sus matices, desde la más criminal que se autodenominaba “revolucionaria”– habían establecido una alianza con el narcotráfico, como sucedió con los Castro en Cuba, o la guerrilla colombiana que hoy gobierna ese país (a través de Gustavo Petro en la presidencia). O como el desaparecido Hugo Chávez y su remedo Nicolás Maduro en Venezuela, o Diego Ortega en Nicaragua o Evo Morales, el real gobernante de la mediterránea Bolivia. Todos ellos se han beneficiado del poder, sus hijos viajan por todo el mundo y tienen propiedades en países donde se estimula la generación de capital en función a la libre iniciativa de sus ciudadanos; es decir, su creatividad y capacidad innovadora.
En el Perú viene ocurriendo algo similar con la degradación política y moral de las izquierdas, que también ha impactado en el otro espectro del sistema político. Por eso existen componendas, se transan prescripciones para que el presidente del Poder Legislativo no pueda ser juzgado por los delitos cometidos; y de paso, Vladimir Cerrón también sea librado de la carcelería que le corresponde por los hechos imputados por la Fiscalía.
Lo cierto es que la izquierda subversiva sigue siendo perniciosa, engaña a la juventud con un discurso reivindicativo según el cual por la “revolución” un joven debe dar inclusive su vida. Es decir, incentivan al suicidio a adolescentes para que cometan actos delictivos que finalmente servirán para empoderar a cabecillas nefastos como lo fue Abimael Guzmán, aquel que bebía licores finos y bailaba Zorba el Griego en una residencia mesocrática del distrito de San Borja mientras sus “peones revolucionarios” cargaban de explosivos automóviles para convertirlos en coches bombas que hacían dinamitar en diferentes lugares de la capital.
Si en estos atentados perdía la vida un policía, un soldado o un civil o varios de ellos eso no importaba. La prédica de “reivindicación social” había convertido a incautos en asesinos que, una vez capturados, eran detenidos y sus familias padecían los rigores de su carcelería.
La izquierda light, también conocida como “caviar”, es la que se presenta bajo diferentes denominaciones, pero siempre debe incluir la palabra “social”, tal como fue el membrete empleado por la “manos limpias” de Susana Villarán, la alcaldesa de la corrupción. La delincuente a la que todos sus cómplices moralistas olvidan mencionar, y que sigue libre, veraneando en las playas del sur. Y que, por supuesto, no ha devuelto nada del latrocinio que llevó a cabo en perjuicio de los pobladores de la capital.
Este grupo caviar, que hacía gala de moral y preocupación por los más pobres del país en cada proceso electoral, mientras cobraba jugosas consultorías al Estado, ha resultado ser el más pernicioso. No tuvo reparos en aliarse electoralmente con quien tiempo acusó de asesino: el general Daniel Urresti, quien en la actualidad se encuentra detenido por haber victimado directa o indirectamente al periodista Hugo Bustios durante le época del terror, en el cuartel Los Cabitos en Ayacucho. Posteriormente, marchó para defenestrar al ex fiscal de la Nación Pedro Chávarry. Más adelante fue su alianza con Pedro Castillo, “caviares, corruptos e ineficientes jamás serán vencidos” parecería ser su último grito de guerra.
El Perú espera que su juventud no vuelva a ser engañada ni se deje arrastrar por quienes agitan las banderas de la moralidad y de la reivindicación social, pero que nunca han hecho algo efectivo y favorable para los desposeídos.
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