Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

La felicidad ja, ja, ja

No hay camino a la felicidad porque ella es el camino

La felicidad ja, ja, ja
Raúl Mendoza Cánepa
01 de October del 2018

 

Quizás usted haya experimentado un momento memorable y recuerde la fugacidad de ese instante en el que precisamente temió que se le escapara de las manos. Era la hora perfecta y única en la que asumió que todo se conjugaba a su favor: amor, salud, empleo, sosiego, certidumbre. “Nada puede ser tan perfecto”, susurró mientras caminaba por aquella plaza y diluía el Paraíso en nombre de la duda. Nunca nos creemos el cuento de que algo puede ser perfecto e interminable a la vez. “Algo pasará…”.

En ocasiones hilvanamos esos momentos escasos, un beso insospechado en un parque, la continuidad de un empleo que nos sigue en la sonrisa de una tarde de verano, el “sí” que creíamos improbable, mas nada queda (dicen los pesimistas). Por la brevedad de esos instantes es que “nunca son olvido”. Según el Diccionario de sinónimos y antónimos de Roque Barcia, “una persona es afortunada por sus muchos bienes, por sus completos placeres, por los grandes favores que han recibido de la fortuna; es feliz por la satisfacción y el contento del ánimo”. El exterior y el interior en plena conjunción. ¿Imposible?

Un catedrático de Historia me decía que no solo hay individuos infelices, también hay tiempos infelices. Me ubicó en 1348 y me representó regresando de alguna cruzada o de alguna guerra entre pequeños reinos o cediendo como siervo a mi “doncella”, antes de la primera noche, a mi feroz y odiado señor feudal (siempre atento a su “derecho de pernada”). Vulnerada y trizada en un ofertorio vil, la amada luego habría de recibir mi cuerpo para que el gran señor no fuera comprometido en un probable lío legal. Todo por la violencia y con la brutalidad de aquellos tiempos en los que las hambrunas, las sequías, la miseria, la explotación en las pequeñas ciudades, la enfermedad sin remedio (morir a los cuarenta o antes), la esclavitud y la persecución religiosa eran la regla.

Nada me hubiera salvado de ser acusado de judaizante ante la Inquisición si me hallaban con mujer judía. Hoy nadie me persigue al estar casado con una de ellas, pero sumo cuántos cargos hubiera tocado expiar si viajara en el tiempo. El historiador prosigue: durante la peste negra que aniquiló a media Europa, los judíos fueron culpados de envenenar las aguas y perseguidos. Eran los tiempos de la crispación, cuando los monjes flagelantes no hallaban la forma de amainar la ira de Dios. Si hubieran sabido que la ira no era sino descontrol sanitario. Las pulgas de las ratas transmitían la peste. El Papa se rodeó de fuego para salvarse de los malos espíritus, sin saber que su sobrevivencia se debió a que el calor espantaba a los roedores. Suerte más que ciencia. Las enfermedades, en general, provenían de los humores y las sanguijuelas eran el errático método de sanación. La anestesia provenía de venenos, así que se podía morir más por su uso que por la enfermedad.

“Cualquier tiempo pasado fue peor”, dice un sociólogo mientras maniobra un videojuego; ignora que su hijo de cinco años preferiría ver la televisión que tenerlo a él cerca. La felicidad y el estímulo no conjugan bien. Valga el intimismo, asocio la felicidad plena a cuatro momentos memorables; uno de ellos fue una mañana contemplativa en que imagine mi propia inexistencia, mas sí la existencia del césped que mis ojos miraban sin pensar. Gran paradoja.

Para Buda no hay camino a la felicidad porque ella es el camino. Lo supo en la contemplación. Para Sócrates es un asunto de simplificar necesidades, quizás un camino intermedio entre el epicureísmo y la disolución de los apegos. Para Aristóteles la captura se hace en nuestro interior; en eso está cercano a Séneca, que la veía con ese extraño “estarse contento con lo que nos toca”. Todos tienen razón, sin exceptuar el imperativo de Kant, quien sostenía que la felicidad es deber. No en vano Borges decía que su mayor pecado fue “no haber sido feliz”. Entelequias, juegos, fuegos de artificio: la fórmula es ubicarse ahora. “Si estás en paz, estás feliz. Si estás en paz, estás viviendo el presente”.

 

Raúl Mendoza Cánepa
01 de October del 2018

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