Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

Fama y obsequio

Cuando el reconocimiento literario se vuelve una práctica cerrada y elitista

Fama y obsequio
Raúl Mendoza Cánepa
04 de June del 2018

 

Hace unos días escribí en mi cuenta de Facebook: “Hay escritores y escritores. Cuando publiqué mi libro del 2014, lo elogiaron en privado y en impreso Ricardo Silva Santisteban, Mirko Lauer, Ricardo González Vigil y otros (con eso ya sabía que iba bien)... pero un escritor me dijo que no lo leería porque si era bueno me odiaría”. Pese a la buena calificación, casi no corrió por los medios. La ilusión dentro del mundo literario es una partera idiota y una sepulturera con oficio. Pensé de inmediato en el alma excluyente de muchos escritores o en aquellos clubes que no admiten miembros extraños. Porque los outsiders son solo eso: outsiders, carecen de membresía. El mérito no cuenta. Curiosamente un internauta me advirtió que la frase era un fragmento de la película Medianoche en París, de Woody Allen: cuando Hemingway rechaza leer el manuscrito del protagonista, un singular viajero del tiempo que tiene la fortuna de transportarse a la que cree la edad dorada del arte, en la que conoce a Fitzgerald, Picasso, Buñuel, Porter...

Ocurre que nunca vivimos nuestra propia Belle Epoque. Cuando este columnista toma aleatoriamente cualquier libro de su biblioteca para comparar la literatura actual o muy actual con la que le antecedió por décadas, lo que encuentra son “diferencias”. Es una rutina. La buena literatura del boom de los sesenta dista mucho de la oferta actual, a veces llana, pero bien marketeada, en algún caso insospechadamente publicada por alguna transnacional. Como se desprende de mi referencia a los círculos de antaño, es ineludible que el arte, la novela y la poesía sean producto de las viejas o renovadas elites, y que se termine por aceptar a regañadientes que la literatura es una literatura de “pocos”. Lo inadmisible es que las nuevas o viejas famas no tengan como correlato un contenido sostenible y se comporten como clubes, apropiándose de medios, editoriales y de toda plataforma que los exponga como la cumbre de la creación. Desde luego, hay excepciones, y siempre —y hasta el último— he reseñado sobre ellas.

Hace algunas semanas este columnista entrevistó para su blog a un escritor que ha ganado más premios y menciones que ninguno de esta generación: Pedro Novoa. Sería largo referir sus lauros y analizar su obra, pero era pendiente resaltar algunas de las frases que saltaron de la entrevista. “A pesar de esos premios, no he conseguido una trascendencia mayor, lo que demuestra que el talento o esfuerzo en la idea de la meritocracia en el arte es nula, decorativa o simplemente patética”. Luego dice: “Lo cierto es que yo comencé a mandar mis obras a concursos para quitarme de encima la latosa y peregrina tarea de buscar editorial o editor, pagar por la publicación y esperar como un perfecto idiota que esa editorial pequeña, independiente, haga la maravilla de funcionar como editorial. Me cansé y me sigo cansando de esperar que las cosas funcionen por su lógica propia, por su ética, al margen de los coctelismos y relacionismos públicos que detesto y que finalmente hacen que uno prefiera un jurado sin nombre, que lea tu obra sin nombre y si es que merece realmente publicarla (…)”.

Novoa reconoce las dificultades de ser escritor en su patria porque el reconocimiento casi precede a la obra (y, muchas veces, con ayuda de la prensa cultural). “La principal dificultad de un escritor en el Perú es ser escritor en el Perú. Ver y comprobar a cada paso a tanto improvisado en el mundo literario, los éxitos armados, los bluffs, la parafernalia de burbujas que funciona de manera mediocre (…) La principal y única dificultad de un escritor en el Perú es ser escritor, creérsela por puro y malsano masoquismo y así ir por la vida. Como este verso de Martín Adán: un poco perro, un poco máquinas”. Quizás sea el momento de creer en los hallazgos, creer que la literatura tiene mucho por explorar y descubrir. La gran interrogante es si tenemos la mente abierta y las brújulas correctas para hacerlo.

 

Raúl Mendoza Cánepa
04 de June del 2018

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