Tino Santander
El Apra que se viene
Ante un nuevo país, que busca crear riqueza

La trágica muerte de Alan García abre una nueva etapa en el aprismo, porque el partido queda libre de su hegemonía y de su voluntad personal, con las que lo condujo por más de 40 años. Él fue además, durante ese tiempo, el político peruano más talentoso. Viene ahora para el Apra otra etapa, sin Alan García, en la que buscará seguir siendo “el partido del pueblo”, en una sociedad y un mundo diferente y en plena transformación.
Los dirigentes apristas han jurado ante el féretro de Alan García su compromiso y lealtad por la unidad. Sin embargo, ese emotivo juramento no garantiza el cumplimiento de esa arenga unitaria. Para unirse y sobrevivir el Apra tiene que reencontrarse con las grandes mayorías, que ya no reconocen ni sienten que el aprismo encarna sus esperanzas ni tampoco sus sueños de justicia. Ese vínculo con lo popular el aprismo lo perdió hace tiempo, y ni el suicidio de Alan García ni el juramento de sus dirigentes es suficiente para recuperarlo milagrosamente.
¿Puede ser el Apra el mismo que dejó Alan García, con su estilo vertical de liderazgo, rodeado de un grupo de confianza y sin lugar a apelar sus decisiones? ¿Puede ese estilo heredado de Haya de la Torre seguir en la conducción del Apra, tal como sucedió con Alan García, como si fuera su hijo? Esa forma de liderazgo ya no funciona en estos tiempos. El Perú cambió su ser hegemónico del pasado por otro diferente: el de ahora es un ser consciente de sus derechos de participación, dispuesto a intervenir en los asuntos que son de su interés, que no acepta imposiciones y tiene sus propios criterios.
La anhelada unidad aprista pos Alan García, más allá de sus decisiones personales, debe ser lograda en sintonía con esa revolucionaria mutación participativa de nuestro pueblo. No es posible lograr la ansiada unidad reuniéndose al interior del Aula Magna, en un congreso partidario cerrado donde unos cientos eligen cargos y dirigentes. Menos aún si es para repartirse candidaturas con vista a futuras elecciones. Escoger ese viejo camino es matar al partido por mano de los propios apristas. El congreso, más bien, debe abrir las puertas a las organizaciones populares para que participen en la realización de sus proyectos para mejorar la vida de millones de personas.
El aprismo del siglo XXI debe comprender que las carencias y necesidades son dramáticas: solo tres millones de trabajadores están en planillas con derechos asegurados, 10 millones de peruanos vive sin agua ni desagüe, el 85% de los agricultores no tienen acceso al crédito agrario, las comunidades nativas de la Amazonia y las comunidades campesinas andinas están abandonadas por el Estado. Tenemos un déficit en infraestructura social y productiva de aproximadamente US$ 200,000 millones y un sistema de inversión pública y privada que no es eficiente. Estos son los verdaderos retos que el aprismo debe enfrentar unido al país real.
La unidad del aprismo debe forjarse con el pueblo emprendedor que ha construido carreteras, caminos, colegios, viviendas, postas médicas; y que ha creado sus propios puestos de trabajo al margen del Estado y de la clase política, inmersa en conflictos subalternos. Si el aprismo no entiende que existe un nuevo país que busca crear riqueza, incluso en actividades al margen de la ley, se convertirá en una pequeña secta que viviría del recuerdo y de consignas bullangueras. El Apra que viene debe realizar su unidad con el pueblo y participar en sus luchas. Es lo que hacen miles de peruanos que dan su vida y su existencia en el combate por una sociedad moderna y justa.
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